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El impacto antrópico sobre los ecosistemas

por Ana María Cabello Quiñones 14 marzo, 2018

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Señor Director:

El Mundo ve con estupor los cambios que se generan en los ecosistemas, como los provocados en la desembocadura de los ríos, a las que no se deja llegar suficiente agua, o la utilización de técnicas como las redes de arrastre que literalmente han esquilmado irreversiblemente los recursos, cuyo indicador actual es que algunas de las especies comerciales más utilizadas por los seres humanos se encuentran por debajo de un 1% respecto a sus existencias de hace unas décadas, con los problemas serios de alimentación en aquellas regiones cuya dieta se basa en productos del mar. Según un reciente estudio (Worm, 2006), el conjunto de la fauna marina se encuentra en una situación de auténtico peligro lo que repercutirá en la calidad de vida de la especie humana ya que, entre otras cosas, el mar provee del 50 % del oxígeno que respiramos y constituye un filtro para la contaminación, además de una fuente de alimento esencial. En dicha investigación se señala que el 30 % de las especies marinas que eran capturadas, ya se ha colapsado, hecho que implica reducción de su número total en un 90 % desde 1950 y que, si no se toman medidas urgentes, las especies que en la actualidad se extraen , entrarán en situación de colapso antes de 2050. Los problemas y desequilibrios se potencian así mutuamente, colocando en peligro la supervivencia de la especie humana. Un ejemplo claro de ello lo constituye otro recurso esencial en retroceso: el de la masa forestal. En los últimos 100 años el planeta ha perdido casi la mitad de su superficie forestal. Y, como señalan informes de la FAO (Organización de la Alimentación y la Agricultura), la Tierra sigue perdiendo de forma neta cada año 11,2 millones de hectáreas de bosques vírgenes. Esto sucede, según informes del Fondo Mundial para la Naturaleza, como consecuencia fundamentalmente de su uso como fuente de energía (cerca de 2000 millones de personas en el mundo dependen de la leña como combustible), de la expansión agrícola y ganadera y de la minería y de las actividades de compañías madereras que, a menudo, escapan a todo control. Un informe del gobierno brasileño reconocía en 1999 que el 80% de la madera extraída de la Amazonía se obtenía sin permiso. Y las áreas taladas de bosque tropical en África corresponden a especies que tardan más de doscientos años en crecer.

Un problema al que se ha venido a sumar la deforestación que está provocando la explotación de la selva en África con gran impacto, además, en la biodiversidad. El mismo hecho se observa en Brasil a través de información satelital, cuya biomasa se ha diezmado sistemáticamente cada año, considerándose el pulmón de América, con pérdidas de especies entre 500 y 1000 algunas de ellas que no se alcanzaron a investigar. Esta disminución de los bosques, particularmente grave en el caso de las selvas tropicales, no sólo incrementa el efecto invernadero, al reducirse la absorción del dióxido de carbono y profundiza el cambio climático, sino que, además, agrava el descenso de los recursos hídricos: a medida que la cubierta forestal se reduce, aumenta lógicamente la escorrentía de la lluvia, lo que favorece las inundaciones, la erosión del suelo y reduce la cantidad que se filtra en la tierra para recargar los acuíferos. No olvidemos, por otra parte, que en los bosques vive entre el 50 y el 90 por ciento de todas las especies terrestres, por lo que su retroceso va acompañado de una gravísima pérdida de biodiversidad (Delibes y Delibes, 2005). Y aún hay más problemas derivados de la reducción de la masa forestal: conforme se va facilitando el acceso a los bosques con carreteras para recoger los árboles talados, etc., éstos se hacen más secos y más susceptibles a los incendios, lo que reduce aún más la masa boscosa y ello, a su vez, hace que menos agua de lluvia se filtre en la tierra… y así se abre una espiral realmente infernal: nunca ha habido incendios como los de estos últimos años en las selvas tropicales de Borneo, Java, Sumatra… La tala de árboles para la venta de la madera y la quema de terrenos para prepararlos para la agricultura, unidos a incendios espontáneos o provocados, llegaron a formar una columna de humo que se dispersó más de un millón de km2 y que afectó a 70 millones de personas de ciudades muy alejadas. En Chile, los incendios forestales del año 2017 han tenido efectos desastrosos en los suelos, en la erosión de ellos, en la pérdida de diversidad biológica y en el plano económico, miles de gentes se quedaron sin fuente laboral, sin viviendas y enseres, costos que deben asumir los propios habitantes, así como también el Estado y las organizaciones sociales o sin fines de lucro. La Geografía de los desastres y de los riesgos es ahora motivo de análisis profundos en la búsqueda de causalidad y efectos sistémicos inherentes a todas las alteraciones ecosistémicas que se generan, la mayoría de ellas atribuidas al impacto del ser humano sobre el paisaje. La Revista Electrónica de Geografía NADIR, de la Universidad Autónoma de Chile, Talca, pretende ser un elemento de conocimiento y acción, de motivación para los geógrafos y profesionales que se dedican a la interdisciplina de las ciencias sociales, generando este espacio de difusión para las investigaciones de medio ambiente, calidad de vida y desastres naturales, de suma relevancia en este siglo en el que estamos insertos.

Ana María Cabello Quiñones, Docente Geografía Universidad Autónoma de Chile, Talca

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