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El Declive de la Democracia en América Latina

por 3 abril, 2018

Hace pocos días fue publicado el “Índice de Democracia 2017” de la revista “The Economist”. La conclusión principal del informe es desoladora: Hay un declive de la democracia a nivel global, y sólo 20 países califican como “democracias plenas” en el mundo. Los 10 primeros son países europeos, Australia y Canadá. Es decir, la democracia (en su acepción liberal) sigue siendo un fenómeno básicamente circunscrito al mundo Occidental. Y sorprendentemente, Estados Unidos no califica en este rango, mientras en América Latina sólo Uruguay es considerado un país con “democracia plena”. Nuestro país no alcanza a integrar este primer grupo, y está en el rango (aunque en el nivel superior) de “democracia defectuosa”.  Esto no es de extrañar, si se considera el deterioro de las instituciones que hemos visto en Chile en los últimos años, así como la injerencia del dinero en la política, o las facultades desmedidas y rol contra-mayoritario de entidades como el Tribunal Constitucional, lo que hace que distinguidos politólogos hablen de Chile hace ya tiempo, como una “democracia semi-soberana”. Ojalá fuese tan fácil entonces, pensar que los problemas de ausencia y deficiencias democráticas en la región, se limitan sólo a casos como los de Cuba y Venezuela. Pero no es así. En la mayoría de los países de América Latina, vemos hoy una serie de fenómenos que han generado un debilitamiento de las instituciones y creciente escepticismo con la democracia. El “destape” de escandalosos casos de corrupción, es uno de los más importantes.  Esto ha llevado a la destitución de varios Presidentes en la región, mientras una mayoría que continúa en el poder, tiene muy bajos índices de aprobación. El caso más extremo es el de Temer en Brasil, un mandatario sin legitimidad y con sólo un 5% de respaldo.

Así, lo que hoy existe en realidad, es un rechazo generalizado a las élites de poder en América Latina, principalmente a la clase política, y el gran empresariado. Los altos índices de pobreza, y la escandalosa desigualdad que persiste en la región, no hacen sino agravar este rechazo ciudadano, a las instituciones de la democracia.

El impacto público de la corrupción se amplifica además en momentos de estancamiento y recesión económica, porque ahí se pierde la tolerancia con irregularidades que en períodos expansivos es más fácil pasar por alto. Así, lo que hoy existe en realidad, es un rechazo generalizado a las élites de poder en América Latina, principalmente a la clase política, y el gran empresariado. Los altos índices de pobreza, y la escandalosa desigualdad que persiste en la región, no hacen sino agravar este rechazo ciudadano, a las instituciones de la democracia. Si a lo anterior, agregamos las amenazas a la libertad de expresión o la concentración de la información que hay en América Latina, la expansión del narcotráfico, los graves problemas de seguridad pública,  la polarización política creciente, o la pugna entre poderes del Estado, no es de extrañar que la valoración pública de la democracia esté en declive, y se encuentre en un momento delicado (el alto abstencionismo, es también un síntoma de lo anterior). Y esto no se trata de un problema de derecha o izquierda. Cualquier análisis imparcial revela que las prácticas anti-democráticas se encuentran en todo el espectro político. Esto ya lo había advertido el destacado politólogo argentino Guillermo O´Donnell en los años noventa, cuando habló de la emergencia de las “democracias delegativas” en América Latina (en referencia a Fujimori, Menem, y otros que abusando del poder del gobierno, buscaron neutralizar a las otras instituciones y contrapesos dentro del Estado). Entonces, a los casos que siempre destaca la prensa conservadora de la región (los populismos y regímenes de izquierda) habría que agregar el reciente fraude electoral en Honduras, la destitución por corrupción de PPK en Perú, o los oscuros manejos del Temer en Brasil, como casos graves de deterioro democráticos, en este caso, de gobiernos de derecha. Lamentablemente, la gestión del actual Secretario General de la OEA, no ha sido equilibrada en este sentido (desautorizó a su propio representante cuando denunció el caso del fraude en Honduras). Los organismos regionales deben tener entonces, una mirada de largo plazo y sin sesgos ideológicos respecto al deterioro de la democracia en nuestro continente.  Porque al final, sigue muy vigente la frase que alguna vez dijo Winston Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno inventado por el hombre, con excepción de todos los demás”.

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