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¿A qué edad le podemos exigir mérito a nuestros niños y niñas?

por 10 abril, 2018

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Si le preguntara a cada persona que va conmigo en la micro si creen que los hijos del presidente Piñera serán económicamente exitosos como su padre, no creo que alguien dude mucho en decir que sí. Y si le preguntara si eso se debe a las habilidades y al propio esfuerzo de sus hijos, creo que varias personas se reirían creyendo que estoy siendo cínico. Pero desde el punto de vista de la modernidad meritocrática la respuesta sería que sí. Algo no cuadra entonces, y creo que hay algunas ideas que están detrás de esa absurda afirmación.

Siendo conciso, el mérito puede definirse como el ejercicio de cierto nivel de habilidades más el esfuerzo para alcanzar ciertos objetivos (h+e=m). En este caso pensemos a nivel individual. Pues bien, creamos que en esta ecuación, las habilidades y el esfuerzo son las variables independientes. Esto es, estas dos variables explican el mérito (h+e). Analizando cada una de estas variables, pienso que hay algunos puntos para el debate.

Las habilidades pueden ser inherentes o adquiridas. Puedo ser muy alto y apto para baloncesto, pero debo aprender otras habilidades para poder hacerlo bien. Pero además las habilidades son socialmente valoradas según el momento histórico. Ser capaz de guiarse por las estrellas pudo haber sido muy valorado mucho tiempo atrás, pero ahora solo en casos extremos.

Hay una habilidad inherente y valorada en la historia humana. Esa es la inteligencia. Cuando los psicólogos establecieron cierto nivel de consenso conceptual respecto a qué es la inteligencia, lograron medirla y le llamaron coeficiente intelectual (IQ). Existe contundente evidencia de que el coeficiente intelectual es heredable, especialmente desde la madre (lo que pone nerviosos a los sociólogos). Pero también, hay evidencia de que el despliegue de ciertos aspectos genéticos depende de su interacción con el ambiente, que es lo que estudia la llamada genómica social. Es decir, no es lo mismo tener un coeficiente intelectual deficiente en contextos materialmente precarios que en condiciones materiales de seguridad y de estimulación (ahí los sociólogos nos calmamos).

El economista y premio Nobel, Dr. Gary Becker (muy citado por los economistas liberales), logró demostrar cómo las habilidades tempranas que se desarrollan antes de los 3 años de edad son claves para el futuro. De ahí viene el cálculo de eficiencia de la inversión en capital humano, concluyendo que hay mayor retorno invirtiendo en la niñez temprana. El senador Felipe Kast no estaba equivocado con su lema de campaña “los niños primero”. Pero me arriesgo a decir que es más probable convencer a los técnicos del actual gobierno con el argumento económico respecto a la inversión que con uno basado en aspectos éticos o de justicia social. De manera que lo problemático sigue pendiente.

Investigaciones en economía de la educación o del capital humano demuestran que a medida que crecen los niños y niñas, su nivel de habilidades se va diferenciando de acuerdo con el estrato de ingreso del hogar en el cual crecen. Es decir, los niños de hogares con ingresos más altos van aumentando su nivel de habilidades tempranas en la medida que crecen. Los niños de los hogares pertenecientes a los estratos más bajos se estancan. Esa trayectoria desigual se puede ver ya a los 7 años de edad.

El mérito es un fenómeno observable a nivel individual y en contextos específicos. Pero no puede fundamentar una visión de país, una estrategia de desarrollo o políticas sociales. No se trata de negar ni la importancia de las habilidades ni del esfuerzo. Se trata de evitar situar ambas cosas (h+e) en una caja negra y hablar solo de un resultado llamado mérito.

Bajo el gobierno de la presidenta Bachelet (de la cual no soy fan) se expandió la cobertura de salas cuna, programas de estimulación temprana y se instauró algo altamente necesario: se aplica por primera vez la Encuesta Longitudinal de la Primera Infancia. Este tipo de encuestas se hacen, por lo menos, desde la década de 1970 en los países del centro. Como sea, consiste en encuestar y aplicar un test de inteligencia a la madre y sus hijos. La idea es seguir con la encuesta con la misma madre y sus hijos cada dos años. Observando sus dos primeras mediciones, ya vemos el distanciamiento del cual hablan los economistas del capital humano, o más bien, vemos el comienzo de una trayectoria de desigualdad. Debemos esperar más años para tener pruebas más contundentes de las causas del desarrollo y subdesarrollo de nuestros niños y niñas. Y con eso, de los orígenes de la desigualdad social.

Ahora me refiero al esfuerzo. Concepto superlativo y difícil de medir para los que buscamos convenciones operacionales de fenómenos individuales y sociales. Hicieron mucho esfuerzo mis padres que llegaron hasta tercero básico caminando sin zapatos en el campo, pero también hay esfuerzo en un niño de tiempos actuales, en la ciudad y con zapatos, en llegar a cuarto medio criado en un ambiente familiar y vecinal lleno de inseguridad y anomia (o heteronomía respecto a los caminos aceptados para ser exitoso). Es esfuerzo de un niño en Siria o Yemen sólo aprender a leer. Es esfuerzo también que un niño haitiano aprenda español y lidie con la exclusión de él y su familia, en un país donde los rubios dicen ser discriminados. Es un esfuerzo también, para una hija de un importante político chino, poder estudiar y cocinar para ella misma en un dormitorio universitario de Harvard y pasar todos los cursos. Y así el lector puede dar mas ejemplos.

Lo cierto es que investigaciones realizadas en los Estados Unidos nos hablan de que el esfuerzo entre afroamericanos y blancos pobres pueden ser similares, pero tienen diferentes resultados. Cuando niños, los afroamericanos tienen mejores expectativas de su futuro que sus amiguitos blancos. Probablemente el fenómeno Obama incremento tales expectativas. Sin embargo, cuando el investigador vuelve a verlos en la adolescencia, un afroamericano tiene mas probabilidades de abdicar de sus expectativas que su amigo pobre blanco. El desincentivo es tan fuerte en ese país, que un blanco con antecedentes penales tiene más probabilidades de tener empleo que a un afroamericano sin dichos antecedentes.

Veamos en casa. Hace unos años, dos investigadores de la Universidad de Chile vieron como estudiantes de economía de una misma universidad y con similar rendimiento académico (indicador de esfuerzo y habilidad cognitiva) tienen destinos diferentes en sus trabajos respecto al prestigio y remuneración. Lo que explicaba esta diferencia eran variables como colegio y barrio de origen, y tipo de apellido (nativo-mestizo vs. extranjero).

El mérito es un fenómeno observable a nivel individual y en contextos específicos. Pero no puede fundamentar una visión de país, una estrategia de desarrollo o políticas sociales. No se trata de negar ni la importancia de las habilidades ni del esfuerzo. Se trata de evitar situar ambas cosas (h+e) en una caja negra y hablar solo de un resultado llamado mérito. La modernidad meritocrática que promueve el liberalismo económico no es una visión normativa de la sociedad a la cual llaman meritocracia. Es una entelequia para justificar la innegable transmisión intergeneracional de la desigualdad. Y sí, nos recordaran a Alexis Sánchez u otras figuras talentosas. Pero nadie habla de aquellos que hicieron el mismo esfuerzo, pero no con las mismas habilidades de un superdotado. Esos niños sin merito que quedaron atrás, simplemente fracasaron, por no decir un chilenismo que el lector puede agregar.

Las habilidades y el nivel de esfuerzo solo pueden ser evaluados de acuerdo con diferentes contextos y estructura de oportunidades. Y esto aplica desde muy temprana edad. Si queremos hablar de mérito como valor socialmente valido, necesitamos de condiciones fundamentales de desarrollo humano desde una perspectiva de los derechos sociales, no de supuestas recompensas condicionadas por un concepto unidimensional de esfuerzo. Las políticas sociales contra la pobreza y favorables a la movilidad social no pueden basarse en un imaginario tan gelatinoso como es la meritocracia. En Chile no todos nos gestamos ni nacemos en condiciones justas. El estrés de la pobreza, de las deudas, del maltrato, el dilema de si esa madre podrá tener anestesia al parir, o si será forzada a tener cesárea o no, son sólo algunos ejemplos de que en la temprana infancia no todos partimos de la misma línea. Finalmente, les dejo una pregunta a los emisarios del partido por la meritocracia: ¿A qué edad le podemos exigir mérito a nuestros niños y niñas?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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