miércoles, 19 de septiembre de 2018 Actualizado a las 18:19

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Política y salud mental: el reconocimiento social como facilitador de reparación

Política y salud mental: el reconocimiento social como facilitador de reparación
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Parafraseando una frase histórica del movimiento feminista, podríamos decir que la salud mental no sólo es personal, sino también política.

Tendemos a ocultar el malestar psicológico en el ámbito individual, callándolo, con incomodidad e incluso vergüenza, como si dependiera solo de nosotros/as estar bien y, por tanto, si no lo logramos, se trataría de nuestras incapacidades para lograr evitar que nos afecten los eventos y situaciones que vivimos.  De este modo, la elaboración y reparación de los eventos traumáticos, dolorosos o inaceptables, como procesos individuales a desplegarse en el privado de las consultas médicas y psicológicas.

Las estadísticas de salud mental asocian algunos de los cuadros sintomatológicos que recurrentemente se asocian con el género femenino, como los trastornos de ansiedad y los cuadros depresivos. Si bien estas manifestaciones se han relacionado con las condiciones de vida y los roles sociales, parece difícil ver la conexión entre las dinámicas generadas por las relaciones patriarcales, los discursos sociales, y los efectos psicológicos que esos mismos producen.

Por eso hemos querido desenredar algunas que visibilizan cómo esos discursos sociales se transforman en prácticas de la vida cotidiana.

Las manifestaciones actuales, los paros, las marchas, los carteles, las columnas, responden a la necesidad de participación en el reconocimiento social de fenómenos difíciles de asumir. Sin duda los requerimientos son políticos, son sociales, son históricos, son legislativos. Pero al mismo tiempo, son solicitudes personales y cotidianas, corporizadas en nombres y caras concretas,  peticiones hechas a cada uno/a de nosotros/as en el microespacio que nos toca habitar y con quienes nos toca con-vivir.

Primera hebra: “a las niñas buenas no les pasan cosas malas”
En otras palabras, si te pasa algo es porque tú te portaste mal. El motivo que subyace muchas veces a la consulta psicológica en los casos de acoso, abuso o violación es la necesidad de olvidar, de volver a ser “la de antes”. Los sentimientos de culpa, de defraudar al otro, de exponerse a la crítica de “habérselo buscado”,  experimentar la falta de contención y empatía, pueden profundizar enormemente -y a veces de manera fatal- el impacto del evento para quien lo vivió.

De este modo, la falta de reconocimiento y acompañamiento social hace más doloroso y difícil el proceso de reparación, depositado en la individualidad de lo privado.

Segunda hebra: “los paños sucios se lavan en casa”
Frente a crímenes ligados al ámbito sexual, se juzga a la víctima de cualquier comportamiento “sexualizado” (ropa y maquillaje que usaba, conductas promiscuas, etc.). La que parece una diferencia semántica -poner el énfasis en lo sexual más que en lo violento-, en realidad sostiene la connotación pecaminosa del evento, penalizando de manera implícita a las mujeres por su no-cumplimiento.

Además, en estos casos hay un mandato social vigente de “no ventilar los trapos sucios” para no dañarse ella misma en el ámbito público, pero al mismo tiempo, la mujer es cargada con la responsabilidad del daño a la imagen de los suyos.

Las sintomatologías citadas anteriormente, la ansiedad, la angustia, la depresión y varias más, han sido las consecuencias de los procesos adaptativos obligados que miles de mujeres han tenido que poner en acto para no ver, no escuchar, no hablar y poder soportar aquellos que era indecible y vergonzoso.

Las manifestaciones actuales, los paros, las marchas, los carteles, las columnas, responden a la necesidad de participación en el reconocimiento social de fenómenos difíciles de asumir. Sin duda los requerimientos son políticos, son sociales, son históricos, son legislativos. Pero al mismo tiempo, son solicitudes personales y cotidianas, corporizadas en nombres y caras concretas,  peticiones hechas a cada uno/a de nosotros/as en el microespacio que nos toca habitar y con quienes nos toca con-vivir.

Desde el punto de vista de la salud mental tal reconocimiento es una poderosa herramienta de reparación, al alcance de todas las comunidades. Tan poderosas, o más, que muchas horas de terapia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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