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Segunda vuelta en la Usach

por 13 julio, 2018

Segunda vuelta en la Usach

Había prescindido escribir una nueva columna sobre la elección de la Universidad de Santiago, que hoy tiene su día de definición en el balotaje. Lo había decidido a pesar de muchos escritos acusatorios que me llegaron a mi correo o de comentarios hostiles, luego de la primera columna. Y la razón para privarme de ese derecho es que me parece que escribir columnas que traten de incidir encima de la elección, sin tiempo de respuesta, es inadecuado.

No me gustó que el mismo día de la elección de primera vuelta, el viernes pasado, en este medio saliera un reportaje cuyo presunto carácter de denuncia y su aparente aspecto atemporal calzaran justo con un esfuerzo de debilitar al candidato que oficia de rector (y de pasada a la universidad toda e incluso a las universidades públicas en general). No juzgo intenciones, solo refiero consecuencias evidentes.

Prefiero que los últimos días haya debates donde los votantes puedan razonar frente a dos posturas (cosa que felizmente ha ocurrido antes, en primera vuelta, y ahora en segunda vuelta, lo que es un mérito indiscutido del actual rector, ya que los candidatos que van por delante suelen esforzarse para que ello no ocurra y no ha sido así el caso). Prefiero, insisto, los debates que los esfuerzos de desacreditación. De hecho, aunque no me parecía prudente escribir una columna con una sola visión en la última semana, sí le había ofrecido a un destacado académico y columnista que pertenece al equipo del candidato Vidal que escribiéramos una columna en conjunto esta semana, donde cada uno iba respondiendo al párrafo del otro, sin censura, sin correcciones y definiendo por sorteo quién partía y terminaba. Así podríamos sistematizar con argumentos académicos y réplicas el debate sobre esta elección final Zolezzi/Vidal. Dicho académico felicitó mi idea y accedió de inmediato, pero luego no quiso o no pudo escribir la columna y desapareció este esfuerzo de su agenda.

Pero al mismo tiempo sí apareció en este medio una nueva columna, ayer (a un día de la elección), la de Héctor Vera, a quien no solo conozco, sino que he tenido el gusto de trabajar con él en investigaciones hechas a pulso, con pasión académica de ambos equipos y con resultados fructíferos en impacto y, más importante, en calidad. En resumen, que respeto mucho su trabajo. Pero eso no quita que tenga la profunda convicción de sus equivocaciones en varios juicios. Y creo que es pertinente responder, antes que nada para ponderar hechos, no interpretaciones. Me parece que, dado que apareció algo escrito estos días, al menos los electores merecen dos visiones sobre lo mismo. Como ya dije en otra columna, tengo razones que exceden los puntos señalados por Héctor Vera para apoyar antes a Mella y ahora a Vidal. Pero si quiere discutir sobre los temas que plantea, estaré encantado de hacerlo también. Porque quienes creemos en la candidatura del actual rector Juan Manuel Zolezzi como la mejor para el período que viene, creemos además que podemos jugar este partido, el del debate, tanto de local (con los temas que tenemos fuerte) como de visita (con los temas que los otros candidatos consideran que les son propios). Y aquí va una visión sobre dichos temas, los que supuestamente no nos resultan fuertes. Para ello necesitaré, en todo caso, resumir brevemente la visión de Héctor Vera.

En su relato hay un sinfín de imprecisiones, en ningún caso malintencionadas, pero que se basan en mitos urbanos cuya ponderación requiere un análisis con más información. Muchas de esas imprecisiones provienen de una imagen genérica de la situación de la Universidad de Chile, que conozco con detalle, por ser mi anterior lugar de trabajo y por haber participado muy activamente en la campaña del hoy rector Vivaldi en su primera elección (en la última, dado que no tengo más funciones universitarias que en la Usach, no participé pues me parecía inapropiado).

El argumento fundamental del profesor Vera es que los déficit democráticos de la Universidad de Santiago contrastarían con el enorme avance en democratización de la Universidad de Chile, sobre todo basado en el Senado universitario, de participación triestamental. Conozco muy bien la experiencia de la Universidad de Chile, fui académico allí por muchos años antes de llegar a la Usach. Y me fui de la Universidad de Chile no por razones muy democráticas, ya que sufrí acoso laboral, me bajaron el sueldo cuatro veces, cada vez a la mitad que la anterior; me cambiaron de oficina en cinco ocasiones (con aviso de un día y expulsión física incluida de nuestro equipamiento) en cinco ocasiones, estuve dos años sin pago alguno cumpliendo funciones normales, que incluían representar a la Universidad de Chile en instancias institucionales (Observatorio del Libro por ejemplo) y todo ello a vista y paciencia del rector de entonces, con el conocimiento del Senado, en fin. Y no era un caso aislado. Por lo que en términos de protección de derechos, al menos es discutible el carácter democrático de la Casa de Bello. Pero vamos a argumentos propiamente institucionales. El Senado universitario nunca fue un logro y una iniciativa de rector alguno, fue una lucha y una conquista de la comunidad. Un esfuerzo que comenzó a inicios de los noventa, que se ancló en una movilización en 1998, que creció con articulación fundamentalmente biestamental y que terminó en la creación del Senado triestamental. Y luego de su creación, la lucha ha continuado. Ese Senado no ha logrado vencer en muchas ocasiones a los liderazgos feudales de las facultades, incluso en el marco de sus competencias normativas. Y ni que decir la cantidad de veces que una instancia técnica como la Dirección Jurídica ha logrado revertir o redireccionar pasos del Senado. Y vamos más lejos. Desde hace más de un lustro se ha intentado instaurar un nuevo estatuto, luego de los parches realizados por el gobierno de Lagos (a última hora del mismo). Pues bien, resulta que luego de una propuesta con miras a un referéndum que permitiera pasar el proyecto de estatuto al Poder Ejecutivo y Legislativo (pues es una ley de la república y no depende de disquisiciones internas de las universidades), resulta que el Senado tuvo un estatuto terminado y aprobado, pero el siguiente Senado retrocedió y hoy, un lustro después, se está más lejos que más cerca del nuevo estatuto y hasta los estudiantes se olvidaron de él.

Imaginar que la Universidad de Chile va varios pasos adelante es desconocer la realidad: avanzó en estructuras, pero cada día que pasa (es la verdad) es más débil que antes y su democratización en tanto tal se convierte en formal, no sustantiva. Y eso pasa porque el sistema público de universidades sigue asediado a pesar de las luchas y del enorme apoyo popular. El Estado hoy está agotado en financiar un mercado y las universidades públicas, en vez de luchar por un cambio de régimen total, se disputan en sus escenarios internos el poder de un territorio cada vez más pequeño, hasta que lleguemos al tamaño de un macetero.

¿Por qué pasa todo esto? Porque el argumento de resolver lo interno de las universidades (en este caso de la Usach), ha estado permanentemente sosteniendo la tesis del ‘cambio’, como si los nombres y no las ideas y sus actos fueran la base de una transformación. No digo que un nuevo liderazgo no pueda ser positivo, solo hay que decir que tratar de instalar el argumento más sencillo y muy útil en una era líquida, que dice “es bueno cambiar” sin sostener en específico qué; o señalar la democratización como una idea genérica, cuando el mundo universitario requiere democratizaciones de alta complejidad, porque no es una comunidad política como una república, sino que trabaja con una necesidad aristocrática (los mejores en su área) que debe ser ponderada con los derechos a la igualdad de sus miembros.

La tesis de la gobernabilidad interna de la universidad de Héctor Vera toca un tema relevante, pero excede en su interpretación las posibilidades de desarrollo que provee. Creer que resolver el panorama interno de las universidades como condición para navegar el escenario externo es tan falso como decir que el crecimiento de un país debe ir primero (es decir, antes) y que después se debe producir la igualdad. La sociología enseña que los actores de una sociedad padecen los hechos sociales, que los fenómenos de la sociedad pesan sobre nuestros destinos y que no ocurre a la inversa. Lo enseñan Marx, Durkheim y Weber, está difícil hacerle el peso al argumento cuando lo tres están de acuerdo. La sociología enseña que los grandes nombres navegaron la historia más de lo que la produjeron.

La fantasía voluntarista de creer que un proceso interno de la Universidad de Santiago producirá un proceso externo en el país es enteramente falso. El nicho ecológico es esencial para sobrevivir. Habitar un ambiente ácido es problemático para los humanos. Perdemos habilidades o sencillamente perecemos. Quien gane esta elección debe saber navegar el escenario externo, tratando de mejorar sistemáticamente la institucionalidad interna. Pero no podemos tener el paraíso dentro si el infierno está afuera. Es el momento de ponderar los hechos, salir de los excesos y comprender que el futuro es algo por construir en el juego con otros actores, en un escenario determinado. No estamos solos en nuestro pequeño universo, pues por grande que sea nuestro campus hay un mundo allí afuera. Y es allí donde se distribuye el poder. Si usted vota hoy, simplemente pondere este hecho. La conclusión debe ser suya. Pero una pregunta crucial es: ¿quién enfrentará mejor este desafío? Ustedes ya conocen mi respuesta. Pero lo importante es saber ahora cuál es la de cada uno, con la información suficiente y la seriedad necesaria.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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