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La derrota política de los dioses de la Modernidad

por 10 agosto, 2018

La derrota política de los dioses de la Modernidad
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"y yo que tan sin rienda al mundo he dado
el tiempo de mi vida más florido,
y siempre por camino despeñado
mis vanas esperanzas he seguido,
visto
ya el poco fruto que he sacado
y lo mucho que a Dios tengo ofendido
conociendo mi error, de aquí adelante
será razón que llore
y que no cante".

Si con esta dolida estrofa concluía Ercilla su epopeya "La Araucana", yo la leo hoy como una exacta y conmovedora despedida a la modernidad.

Sé que me adelanto, que hegemónicamente aún se la considera vigente, pero mi convicción es que ella ya ha ido demasiado lejos, que hemos derrochado nuestras energías siguiendo vanas esperanzas, y aunque brilla por su productividad, ha sido mustio su fruto interior.  Por ello es razón que llore y que no cante.

Se ha leído a la modernidad como portadora de un impulso libertario o emancipador, iniciado para muchos con el acto de liberación de Lutero respecto de la autoridad de la Iglesia; seguido por la libertad de pensamiento y de investigación ejercido por los científicos e  intelectuales racionalistas constructores de la modernidad, y masificado con las emancipaciones burguesas y sociales.

Sin embargo esta impulso emancipador que decretó la muerte de Dios, sólo significó reemplazarlo por un politeísmo de ídolos con pies de barro, a saber: la razón, el mercado, la tecnología, la ideología.

Así, la muerte de Dios que liberó al hombre del autoritarismo de la Iglesia Medieval, divinizó a la Razón o Logos -discurso que se presume verdadero, universalmente válido.

La hija práctica de la ciencia, la tecnología, fue endiosada proclamando que ella emanciparía al hombre de la esclavitud del trabajo y de las carencias materiales.

En el campo del cambio social y político, se produjo el endiosamiento del pensamiento ideológico, que consistió en otorgar una cualidad de verdad a una construcción teórica para el destino de la humanidad, para la dirección de la historia humana.

Por cierto que esta convicción choca en mí con el temor a que en la recuperación de su autoconfianza, las élites vuelvan a una sobreconfianza que las lleve de nuevo a creerse portadoras de verdades por las que se darán nuevamente el derecho a intentar imponerlas por la fuerza, triunfando o siendo derrotadas en el intento, con toda la destrucctividad y dolor humano de por medio, y sin que al final ocurra una situación mejor o superior, sino una nueva vuelta inútil de lo que se ha dado en llamar historia.

Estos endiosamientos se coronan con la divinización del propio ser humano. Al no reconocer en el universo nada por sobre su medida, el ser humano se instaló como medida de todas las cosas; sin depender de un poder superior, buscó la acumulación de poder; sin existir un ser ante quien dar cuenta, se creyó libre y constructor de su propio futuro; al definir un mundo sin verdades reveladas, se proclamó revelador de la verdad. Así se autoinstaló como cúspide de la creación.

Ahora bien, todos los dioses de la modernidad han encontrado en el último tiempo su propia sepultura. La divinización de la Razón ha sido quemada por la nueva ciencia posmoderna, particularmente la física y la biología, que han llegado a impugnar la capacidad de la razón para aprehender el mundo tal cual es.

La tecnología divinizada ha dejado hasta hoy sus promesas incumplidas, a lo que ha sumado el daño ambiental.

La divinización de la ideología ha caído a partir de la desarticulación de los socialismos reales. No era cierto –se reconoce en la práctica- que la realidad se movía en la dirección de lo augurado por la ideología marxista, pues sin llegar a la igualdad, el orden social se quedaba atascado en una sociedad burocrática, autoritaria y represiva.

Y la divinización del propio ser humano ha caído por la constatación que cada vez se generaliza más de esta incapacidad de realizar desde la modernidad el bien prometido, estando por tanto el ser humano desprovisto de las condiciones para ello.

Si Dios para un mundo con Dios representa una figura de contención, confianza, protección, seguridad, dirección y sentido, la caída de los dioses de barro de la modernidad que reemplazaron la promesa de cubrir esas necesidades, al no cumplirlas, han hecho que hoy predomine la desconfianza, la desprotección, la inseguridad, la incertidumbre y el sinsentido.

Consecuentemente, con la pérdida de confianza en todos los dioses de la modernidad, se ha derrumbado la confianza en las élites creadoras y administradores de dichos dioses, incubándose la desconfianza -consciente o inconsciente- hacia su ejercicio de sus poderes: no saben, no pueden, no quieren. Si la ciencia no sabe, si la técnica no puede, si la ideología no conduce, la humanidad no tiene dirección ni sentido.

Llegados a este punto, cabe plantearse que la crisis más honda del paradigma de la modernidad es la de una pérdida de confianza en la capacidad humana de encaminarse por sus acciones intencionales hacia un fin deseado.

A partir de esta desconfianza radical se instala en las élites un temor paralizante, escondido -detrás de este vacío de sentido- a través de ejercer la administración y gestión de la modernidad; y hay  tras esto una resignación que es consecuencia de no mirar a los ojos la pérdida de confianza en sí mismas.

La redignificación de las élites no puede construirse sobre cambios de forma, sino que requiere un nuevo espíritu. En ausencia de éste, su permanencia en la conducción social, desde el vacío de sentido, va minando su calidad moral. Por ello considero enormemente relevante que las élites progresistas encuentren un nuevo paradigma con horizonte de sentido.

Por cierto que esta convicción choca en mí con el temor a que en la recuperación de su autoconfianza, las élites vuelvan a una sobreconfianza que las lleve de nuevo a creerse portadoras de verdades por las que se darán nuevamente el derecho a intentar imponerlas por la fuerza, triunfando o siendo derrotadas en el intento, con toda la destrucctividad y dolor humano de por medio, y sin que al final ocurra una situación mejor o superior, sino una nueva vuelta inútil de lo que se ha dado en llamar historia.

Pero no veo otra opción que arriesgarse, pues la conducción actual de la humanidad por parte de las élites desde el paradigma de la modernidad va en una dirección autodestructiva.

Mi convicción es que este nuevo espíritu posible para la conducción social ya existe, desde lo que se ha denominado paradigma holístico,  como horizonte de sentido y matriz para la conducción de la humanidad, salvaguardando en todo momento que no caiga en una nueva divinización, y que no se vuelva ideología.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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