miércoles, 17 de octubre de 2018 Actualizado a las 08:13

Opinión

Autor Imagen

Michelle: el programa es el poder

por 25 septiembre, 2013

Michelle: el programa es el poder
Recientemente su comando ha planteado de forma pública lo que ya muchos suponíamos que la presidenciable haría en una campaña sin competidores reales, sin partidos que sirvan de contrapeso y en medio de la resaca general de Fiestas Patrias. Y es que a falta de propuestas y de visiones de país, en medio de la indiferencia general de los chilenos Michelle ha impuesto a su elenco –donde, como se sabe, predominan ampliamente “los yes men”– su deseo personal más profundo: su entronización en el poder.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Viernes 6 de septiembre, estamos en Rancagua. Acabamos de presentar el libro Chile 73 y mientras comemos, Alberto Mayol, quien ha venido a apoyar el lanzamiento, medio en broma, me pregunta: “Tú como analista del bacheletismo y en el escenario de la aspiración de cambio constitucional, ¿no crees que la candidata va a aprovechar esa coyuntura para terminar proponiendo su propia relección?”. Le respondo: “Sí, en el contexto de la política actual, es perfectamente posible que ella quiera reelegirse”. Atrás, en el bar donde estamos resuenan los gritos y los cehachei, porque Chile acaba de marcar el tercer gol a Venezuela. También comienza a llover raudamente en la capital regional. El día no está para mucha ilusión.

Recientemente su comando ha planteado de forma pública lo que ya muchos suponíamos que la presidenciable haría en una campaña sin competidores reales, sin partidos que sirvan de contrapeso, y en medio de la resaca general de Fiestas Patrias. Y es que a falta de propuestas y de visiones de país, en medio de la indiferencia general de los chilenos, Michelle ha impuesto a su elenco –donde, como se sabe, predominan ampliamente “los yes men”– su deseo personal más profundo: su entronización en el poder.

Y no es que Bachelet sea muy distinta a Frei, Lagos o Piñera, cada uno de los cuales buscaron también, bajo diversas fórmulas, su propia eternización como gobernantes. Lo único distinto hoy es que en el contexto de la crisis general de la política, de la inexistencia de un contendor fuerte en la disputa presidencial, y de su arraigo ciudadano, es haberse atrevido a publicitar su aspiración más íntima, recubierta, eso sí, bajo el halo del sueño del cambio o reforma constitucional. Y para ser justos, era lo que faltaba en una coyuntura donde lo más ausentes han sido precisamente los contenidos programáticos. El comando de la más segura presidenciable ha sido un notorio ejemplo de ello. Repasemos la larga historia de desaguisados y contradicciones de su campaña: en medio de su discurso de aspiración al cambio, propone la constitución de elencos que están muy distantes o representan exactamente lo opuesto a esas transformaciones. Episodios en tal sentido sobran: ante la falta de contenidos de su equipo programático que estuvieran en coherencia con su relato, el grupo Nueva Economía –cosa inédita en las campañas presidenciales anteriores– compuesto por economistas socialistas, se atrevió a comienzos de septiembre a lanzar una propuesta que pedía acabar con el pensamiento conservador de la centroizquierda, iniciar –ante la evidencia de los abusos– una nueva era en la regulación de los mercados, así como también una estrategia de desarrollo que ponga énfasis en la regulación, la igualdad y la preservación del medioambiente (Primera Piedra, N° 534). Y, si bien obtuvo la más absoluta indiferencia del equipo programático de Michelle, no es menor que sea la primera vez que, desde el retorno a la democracia, un equipo de economistas socialistas se aparte de la línea oficial y lance, en medio del vacío político, su propia propuesta.

Y no es que Bachelet sea muy distinta a Frei, Lagos o Piñera, cada uno de los cuales buscaron también, bajo diversas fórmulas, su propia eternización como gobernantes. Lo único distinto hoy es que en el contexto de la crisis general de la política, de la inexistencia de un contendor fuerte en la disputa presidencial, y de su arraigo ciudadano, es haberse atrevido a publicitar su aspiración más íntima, eso sí, bajo el halo del sueño del cambio o reforma constitucional.

Tampoco resulta ajeno el hecho que prácticamente a menos de dos meses de la primera vuelta, no sepamos nada aún del tema laboral. Para colmo en el anuncio de reforma constitucional, y contra lo que la propia candidata señaló hace algunos meses en Punta Arenas, se vuelve a insistir en que “los intendentes regionales seguirán siendo un cargo de exclusiva confianza del gobierno”; en ese contexto, no resulta casual tampoco que, cuando un integrante de la comisión de seguridad del comando planteó la posibilidad de discutir una nueva política de drogas distinta a la de los gobiernos anteriores, el resto del equipo haya guardado el más absoluto silencio; que, además, una de las aspirantes al ministerio de Economía les hubiere señalado a los representantes de Conadecus que no tenía ningún problema en incorporar las propuestas de la agrupación –notoriamente distintas a las de Espacio Público– a cambio que no siguieran haciendo ruido o que, más absurdamente, el rango constitucional de los derechos de los consumidores no sea reconocido en la comisión respectiva, pero sí en la promesa de reforma constitucional; o que mientras se debatía el tópico mapuche, uno de los que lidera dicha instancia haya enfatizado que dicha agenda es de por sí, tan compleja, que lo más conveniente era no abordarla en la propuesta programática; o que, en definitiva, lo que más se evidencie en calle Tegualda sean las aspiraciones gubernamentales de sus integrantes: que Alberto Arenas ya no sería ministro de Hacienda y que en su reemplazo suena hoy fuerte Guillermo Larraín, lo que deja fuera de la silla musical, también a De Gregorio y que Mario Marcel reemplazaría a Marfán en el Banco Central, hasta que Vergara abandone el cargo. En fin, es el equipo de la promesa del cambio donde, sin embargo, campean los economistas neoliberales.

Y si es que faltaba un ingrediente para seguir condimentando el desaguisado en que está transformada la política hoy y cuyo aroma alcanza, por extensión, al comando de Michelle, aparece, justo en fiestas patrias –¿será por la resaca?– la verdadera feria persa de declaraciones y de apoyos cruzados a candidaturas. Lo que ya había cobrado expresión en algunas regiones –los parlamentarios como brokers– y donde, nuevamente, sobresalía el partido de la aspirante, con un ex presidente del PS, Ricardo Núñez, declarando su apoyo al candidato comunista Lautaro Carmona, mientras que la vicepresidenta de la organización, la senadora Isabel Allende, lo hacía en favor de la hija del actual alcalde de Copiapó Maglio Ciccardini; o la comedia que libran en la región de O’Higgins el diputado Juan Luis Castro y el senador Juan Pablo Letelier, ya que mientras el primero, y su corriente, evidencian cada vez más apoyo a la aspiración senatorial del DC Juan Carlos Latorre; el segundo, en tanto, tampoco se anda con chicas y si de apoyos cruzados se trata, explicita cada vez más guiños a la candidatura del PPD Eduardo Vergara en Rancagua. Sin embargo, lo que se pensaba que era propio de los feudos electorales provincianos, se transformó rápidamente en un problema nacional para la Nueva Mayoría, al iniciarse la guerra de apoyos cruzados, esta vez teniendo como protagonistas a sus máximos dirigentes: curiosamente el PC, enemigo acérrimo del PDC, le entregaba su adhesión al candidato Alberto Undurraga en Santiago Poniente, haciendo aún más inexplicable la actual posición política de los comunistas, hecho que también alcanzó al propio PS y enfrentó la opinión de su secretario general –muy cercano al comando y a la candidata– y destacados militantes con el timonel Osvaldo Andrade, obligando a este último a rectificar y aclarar el apoyo senatorial del partido de Allende en favor de Guido Girardi. ¿O es que el comando decidió ahora, y no a contar de marzo, ir “a por el díscolo senador”?

La iniciativa propuesta por su equipo respectivo, no sólo tiene una mala lectura porque simboliza nada más que el deseo íntimo de un aspirante –reelegirse–, sino que, sobre todo, porque va contracorriente de lo planteado por el movimiento estudiantil y social desde 2011. Uno de los problemas mayores de Chile es hoy, el excesivo centralismo y presidencialismo. Por lo tanto malamente una propuesta como la indicada puede resolver líos institucionales del país. Por el contrario, según lo señalan los propios informes de organismos internacionales, el problema de Chile es precisamente el presidencialismo que se pretender reforzar. La medida propuesta va en contra no solo del sentido común, sino de la propia corriente internacional: disminuir el centralismo y el excesivo presidencialismo dotando de más poder a las regiones o territorios.

Sin embargo, la iniciativa es inequívocamente un símbolo representativo de que no es sólo la derecha la que está inmersa en una profunda crisis, sino la propia oposición, incluso en algo tan básico como es la existencia de un relato —¿no se han dado cuenta que Michelle, también sigue bajando?—, cuyo vacío pretende llenar Bachelet recurriendo a ese viejo precepto  de que “el programa es el poder”.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV