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martes, 24 de abril de 2018 Actualizado a las 19:56

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Una sexualidad sana: el gran desafío para el progreso de la Iglesia chilena

por 17 abril, 2018

Una sexualidad sana: el gran desafío para el progreso de la Iglesia chilena
Mientras los consagrados, consagradas y laicos sigamos teniendo dificultades para vivir nuestra propia afectividad y sexualidad de una manera adecuada, sana, integrada y positiva, será muy complejo progresar dentro de la Iglesia en esta dimensión fundamental de la existencia humana.

Las recientes declaraciones del arzobispo de Santiago en relación con la Ley de Identidad de Género que se está discutiendo en el Parlamento; la ausencia crónica de formación sexual en la educación chilena y la persistente oposición para que esta suceda desde el Estado (recordemos a las Jocas); el complejo escenario para los católicos, dada la condena por 90 años de cárcel por abusos sexuales de un sacerdote en México; la detención de un monseñor del servicio diplomático del Vaticano acusado de distribuir pornografía infantil y el protocolo lanzado recientemente por el arzobispo de Paraná, demuestran con creces los conflictos, confusiones y crisis que vive la jerarquía de la Iglesia católica.

Ello, sin lugar a dudas y en parte importante, se debe a las barreras que imponen su propia madurez afectivo-sexual, la escasa preparación para enfrentar estos temas y a los altos prejuicios que –en el caso de algunos de sus miembros– les impiden involucrarse “viendo y escuchando” y compulsivamente lo hacen “juzgando y condenando”.

En la Iglesia la formación tanto afectiva como sexual es, al parecer, el pariente más pobre de la tan nombrada formación integral.

La historia demuestra que la sexualidad dentro de la Iglesia católica ha estado por mucho tiempo bajo sospecha. En efecto, en varios de los padres de la Iglesia se leen reflexiones que la asocian al pecado, como que “el matrimonio es un remedio para la concupiscencia”, según un sacerdote católico hablaba a un grupo de feligreses en la Gruta de Lourdes en Francia a inicios de los 80.

Sin ir muy lejos, durante el verano pasado, el párroco de una ciudad del sur de Chile –al celebrar la misa dominical y en el marco de un bautizo masivo– desarrolló su homilía hablando contra la sexualidad, acusando a las películas de EE.UU., en particular Fever Night, y a las teleseries de la TV abierta, de ser las causantes de las perversiones contemporáneas, mientras la lectura del Evangelio era la de la sanación del leproso por parte de Jesús (Mc1, 40-45). El sacerdote perdió una gran oportunidad de evangelizar a las familias que se acercaban con esperanza, gracias al primer sacramento que recibían sus hijos.

Mientras los consagrados, consagradas y laicos sigamos teniendo dificultades para vivir nuestra propia afectividad y sexualidad de una manera adecuada, sana, integrada y positiva, será muy complejo progresar dentro de la Iglesia en esta dimensión fundamental de la existencia humana. Todos estamos llamados a hacer un trabajo de maduración, a solicitar ayuda especializada cuando tengamos que enfrentar barreras que no podamos sortear y, en eso, es central la vida en comunidad, el estar con otros y, en el caso nuestro, contar con la cercanía familiar.

No nos engañemos, son estas últimas las que dejan a las personas consagradas y a los miembros laicos de la Iglesia ser permeadas por el Espíritu, las otras son necesarias, pero no indispensables. Sin lugar a dudas, como el mismo Papa Francisco I lo señala, “sin la fe y sin la oración, la fraternidad es imposible” y para los que somos partes de la Iglesia él justamente nos pide que, “en estos días, miremos a Cristo. Miremos su vida y sus gestos, especialmente cuando se muestra compasivo y misericordioso con los que han errado. Amemos en la verdad, pidamos la sabiduría del corazón y dejémonos convertir”. Somos la comunidad eclesial como un todo la que hoy está impelida a reflexionar, orar y actuar.

Hay que estar atentos, ya que varias y varios de nosotros y los consagrados, nos vamos poniendo amargos con el paso de los años, no reflejamos el amor y la esperanza que nos movilizó en nuestra vocación cristiana, lo que pone en duda la madurez de nuestra fe y esto le resta legitimidad a la Iglesia en el momento de evangelizar.

El Papa Francisco I nos ha conmovido con su carta, donde uno de sus párrafos justamente apunta a esta reflexión. Él nos dice: “A veces cuando tales males nos arrugan el alma y nos arrojan al mundo flojos, asustados y abroquelados en nuestros cómodos 'palacios de invierno', el amor de Dios sale a nuestro encuentro y purifica nuestras intenciones para amar como hombres libres, maduros y críticos”.

Más allá de los dogmas, documentos y aportes de muchos dentro de la Iglesia para avanzar con seriedad y rigurosidad en este ámbito, queda siempre la duda sobre si efectivamente esto se considera en la aceptación de las personas que optan por la vida consagrada o aquellos que seguimos la vida matrimonial, si luego en la formación –de una buena cantidad de años– esto es trabajado con la delicadeza y profundidad que requiere, y si posteriormente se acompaña su desempeño ministerial y matrimonial con un real apoyo para seguir madurando.

En el caso de consagradas y consagrados frecuentemente la acentuación de la formación intelectual, la seducción en el aprender idiomas, las lecturas para la adquisición de un bagaje cultural adecuado, siguen siendo prioridad en desmedro de los aprendizajes urgentes para vivir en comunidad, para escuchar a los demás, para instalar en la existencia la gratuidad, para establecer relaciones sanas y crecedoras, para adiestrarse en el desarrollo de una afectividad equilibrada y para abrirse a los demás en una permanente actitud de servicio.

No nos engañemos, son estas últimas las que dejan a las personas consagradas y a los miembros laicos de la Iglesia ser permeadas por el Espíritu, las otras son necesarias, pero no indispensables. Sin lugar a dudas, como el mismo Papa Francisco I lo señala, “sin la fe y sin la oración, la fraternidad es imposible” y para los que somos partes de la Iglesia él justamente nos pide que, “en estos días, miremos a Cristo. Miremos su vida y sus gestos, especialmente cuando se muestra compasivo y misericordioso con los que han errado. Amemos en la verdad, pidamos la sabiduría del corazón y dejémonos convertir”. Somos la comunidad eclesial como un todo la que hoy está impelida a reflexionar, orar y actuar.

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