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La ciudad y el origen de la literatura nacional

por 22 abril, 2018

La ciudad y el origen de la literatura nacional
Pese a que los propósitos formativos de los intelectuales liberales del siglo antepasado, sumado a su afán de superar la herencia colonial, en términos generales fueron saludados y valorados por las generaciones posteriores, hay quienes perciben que la supuesta ruptura con el pasado no fue tal. En rigor, el pensador uruguayo Ángel Rama, en su imprescindible “La ciudad letrada”, respecto a la etapa inicial del republicanismo latinoamericano arguye que las escrituras (las letras, los textos) buscaron, igual que durante la Colonia, imponer un molde y encuadrar a la vida social. De hecho, Rama plantea que ante el dilema entre seguir el orden escritural español o de crear uno nuevo e independiente de los resabios coloniales, ganó el primero, pues, tema no menor, la norma que nos rige en esos menesteres es la de la Real Academia Española.

Pero yo quisiera convidaros antes a discurrir acerca de lo que es entre nosotros la literatura, acerca de los modelos que hemos de proponernos para cultivarla, y también sobre el rumbo que debemos hacerle seguir para que sea provechosa al pueblo”.

J. V. Lastarria, discurso inaugural de la Sociedad Literaria, 1842.

A nivel internacional, y desde 1995, el 23 de abril fue instaurado como el Día Mundial del Libro, en razón de la conjunción temporal en esa misma jornada, pero de 1616, de la muerte de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso (aunque el primero de los nombrados falleció, en verdad, un día antes). Vaya noches las que vivió el mundo de las letras hace 402 años. Pero no cabe duda que la obra de esos colosos alimentó las plumas (y los teclados) de innumerables buenos escritores que han venido después, en las más diversas latitudes. Como en Chile, donde tras la obtención de la independencia del colonialismo español, sus próceres letrados se dieron a la tarea de forjar un movimiento literario local, de la mano, entre otros varios, de José Victorino Lastarria.

“No ha muchos años, en una tarde de octubre, me paseaba sobre el malecón del Mapocho…”. Con esa frase inicia Lastarria su relato breve “El mendigo”, publicado en diciembre de 1843 en la primera revista literaria del país, El Crepúsculo, y considerado por no pocos como el puntapié de partida de la literatura nacional. El académico Bernardo Subercaseaux dice que esta obra se inserta en el sentido misionero que se auto asignaron los jóvenes intelectuales de aquel entonces y que el mismo Lastarria, al ser cabeza de la Sociedad Literaria, quiso dar el ejemplo con su ensayo de novela.

Podemos reconocer también en “El mendigo”, junto con propósitos identitarios y de pedagogía social, el afán expreso de condenar al oscurantismo colonial y de constituirse en el big bang cultural de la nueva sociedad republicana, tarea en la que se empeñó esta docta pléyade de la que también fueron parte Francisco Bilbao, los hijos de Andrés Bello, Manuel Antonio Matta y muchos más. Como muy bien señaló Bernardo Subercaseaux, la labor consistía en “fundar una literatura y, simultáneamente, una nación (pues) solo como expresión de la sociedad nueva podrá la literatura contribuir a transformar la mentalidad colonial en conciencia nacional y cumplir así la misión de utilidad y progreso que Lastarria le asigna. Un programa, en síntesis, que se centra en la idea de emancipación”. Así, en la narración de Lastarria se distinguen las coordenadas ideológicas y culturales en que la latitud está dada por los principios ilustrados y la longitud, a su vez, por el romanticismo decimonónico.

De alguna manera, eso sí, pese a que los propósitos formativos de los intelectuales liberales del siglo antepasado, sumado a su afán de superar la herencia colonial, en términos generales fueron saludados y valorados por las generaciones posteriores, hay quienes perciben que la supuesta ruptura con el pasado no fue tal. En rigor, el pensador uruguayo Ángel Rama, en su imprescindible “La ciudad letrada”, respecto a la etapa inicial del republicanismo latinoamericano arguye que las escrituras (las letras, los textos) buscaron, igual que durante la Colonia, imponer un molde y encuadrar a la vida social. De hecho, Rama plantea que ante el dilema entre seguir el orden escritural español o de crear uno nuevo e independiente de los resabios coloniales, ganó el primero, pues, tema no menor, la norma que nos rige en esos menesteres es la de la Real Academia Española.

En la época en que Lastarria publicó su relato, recordemos en 1843, Santiago contaba con muy pocos espacios públicos de esparcimiento. A la Plaza de Armas (un peladero, un sitio casi eriazo si no fuera por la pila de agua al centro, la misma que podemos observar hoy), se sumaba el paseo de las Delicias, aupado por Bernardo O’Higgins, y los antiguos Tajamares del Mapocho, estos últimos ya un poco dejados de lado por los santiaguinos y de lo que devendrá su posterior olvido y entierro bajo los parques construidos años después. Pero es precisamente al alero de esta gran pared, que servía de contención para las crecidas del Mapocho, en donde Lastarria sitúa el encuentro de sus personajes, cuando al crepúsculo de una jornada el narrador cuenta que “El aura de la tarde era fresca y aromática; yo dejaba flotar a su impulso mis cabellos y permanecía reclinado sobre la muralla, mirando las corrientes del río: ellas se llevaban consigo mis pensamientos y mi vista y se precipitaban bulliciosas hasta estrellarse en esas ruinas adustas que ha dejado en su paso el antiguo tajamar…”.

Precisamente, siguiendo la línea argumentativa de Ángel Rama, en “El mendigo” de Lastarria nos encontramos ante un texto de escritura muy formal, rígida, que reproduce el habla cortesana, la lengua pública oficial. Aunque el grueso de la historia narra las peripecias de un indigente que deambula por los bordes del Mapocho, personaje que si bien tuvo educación inicial, su forma de expresarse a través del narrador no se condice con la de alguien que estuvo, casi toda la vida, ligado al bajo pueblo y que, incluso, pasó varios años en diversas prisiones. En ello también repara Bernardo Subercaseaux cuando indica que “lo que hace Lastarria es desvitalizar a la fuente, transformar a personajes verosímiles en entes sin espesor ni coherencia ficticia, personajes sin otro relieve que aquel que les otorga el maniqueísmo anti español”.

Sin embargo, más allá de lo ideológico y de la forma escritural, quiero destacar que en esta obra inicial de la literatura nacional, tal cual va a ocurrir dos décadas más tarde con el primer best seller criollo, el “Martín Rivas” de Alberto Blest Gana, en el relato de “El mendigo” nos encontramos con la clara presencia de la ciudad, sobre todo en los primeros párrafos. Es cierto, se trata de una ciudad mínima, de una pequeña urbe que bordeaba las cien mil almas apenas, pero que en la década de 1840 ha comenzado su expansión hacia el poniente, rompiendo el marco del fundacional casco histórico.

En la época en que Lastarria publicó su relato, recordemos en 1843, Santiago contaba con muy pocos espacios públicos de esparcimiento. A la Plaza de Armas (un peladero, un sitio casi eriazo si no fuera por la pila de agua al centro, la misma que podemos observar hoy), se sumaba el paseo de las Delicias, aupado por Bernardo O’Higgins, y los antiguos Tajamares del Mapocho, estos últimos ya un poco dejados de lado por los santiaguinos y de lo que devendrá su posterior olvido y entierro bajo los parques construidos años después. Pero es precisamente al alero de esta gran pared, que servía de contención para las crecidas del Mapocho, en donde Lastarria sitúa el encuentro de sus personajes, cuando al crepúsculo de una jornada el narrador cuenta que “El aura de la tarde era fresca y aromática; yo dejaba flotar a su impulso mis cabellos y permanecía reclinado sobre la muralla, mirando las corrientes del río: ellas se llevaban consigo mis pensamientos y mi vista y se precipitaban bulliciosas hasta estrellarse en esas ruinas adustas que ha dejado en su paso el antiguo tajamar…”.

Poco más adelante, antes de dar paso definitivo al relato -trágico y fatalista- que rescató de su interlocutor, el narrador vuelve a lugarizar el paisaje que enmarcó su conversación con el mendigo, con una descripción que si bien es breve, no deja de llamar la atención también porque se trasunta una idealización de esa franja ribereña del Mapocho, muy en línea, por lo demás, con la añoranza bucólica del romanticismo: “La luna principiaba a rayar sobre los Andes, y su luz rielaba sobre las ligeras y bulliciosas aguas del río, figurando en ellas una prolongada cinta de plata extendida en desorden sobre la arena; todo estaba en calma”.

El Mapocho y sus riberas. En sus cercanías, “el aspecto duro y melancólico de una ciudad envejecida”; más lejos, “una confusa aglomeración de edificios lucidos, de torres esbeltas y grandes”; por ahí, a la vista, “el puente grande del río que se ostenta majestuosa y soberbiamente sentado sobre sus formidables columnas” (el Calicanto). También la extensa pared de los tajamares y el cerro San Cristóbal son mencionados por Lastarria y corresponden al trozo de ciudad, del Santiago de la primera mitad del siglo XIX, que sirve de contexto a la historia que, reiteramos, si no es la primera novela de la literatura nacional, sí podemos asegurar que está en sus orígenes.

De esta forma, cuando una vez más rendimos tributo a los libros y a quienes los hacen posible; cuando recordamos a los titanes de nuestras respectivas lenguas; junto con promover la lectura y acciones concretas que permitan masificarla, como quitarle el impuesto del IVA a los libros en Chile, también queremos reivindicar, más allá de la crítica, a quienes trazaron un camino que, entre otras virtudes, nos llevó a tener después dos premios Nobel. Y en ese paso, en el nacimiento de la literatura nacional, en la mente y en la pluma de Lastarria, en su obra “El mendigo”, además queremos resaltar que también ya estuvo muy presente la ciudad.

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