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Chahin, nuestro pasado reciente y la oportunidad perdida: el contexto del 5 de octubre

por 12 septiembre, 2018

Chahin, nuestro pasado reciente y la oportunidad perdida: el contexto del 5 de octubre
Si Chahin no tiene talante político como lo demostró con sus declaraciones que solo lograron desunir más a una feble oposición y le hizo un regalo gratis al Gobierno en su peor momento, por lo menos el confrontarse con el doloroso pasado de su organización en torno al Golpe, lo habría hecho tener una actitud más humilde ante la proximidad del 5 de octubre y habría impedido el forado que abrió al interior del sector opositor. Aún es tiempo de que recapacite. De no hacerlo, la enorme tragedia que se desarrolló entre el 11 de septiembre y el 5 de octubre se repetirá de nuevo. Pero esta vez no como tragedia, sino como comedia. Y en esta ocasión serán los bufones de la corte.
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En una coyuntura política donde la derecha se percibe desordenada por las concesiones contradictorias del líder a sus polos más liberal y de extrema derecha, y la aparición constante de sus pecados del pasado, unidos a las chambonadas de un sector donde muchos de sus personeros carecen de sensibilidad "ciudadana", el episodio de Quinteros-Puchuncaví –que da para un capítulo aparte– ha abierto una puerta inesperada para el Gobierno, por donde se empiezan a colar todas sus contradicciones entre el discurso y su práctica política.

El escenario estaba pintado para el reagrupamiento de la oposición, que había evidenciado un momento de aparente reordenamiento y consenso, roto por los alardes personalistas de algunas de sus figuras y con una DC cuyos líderes muestran iguales vaivenes que la derecha, vacilando entre constituir oposición o destruirla.

Pero el horno no estaba para bollos e inmediatamente después de ese esfuerzo unitario, se abren dos flancos: el primero, el descriterio de la DC en buscar hacerse dueños de un acto que simboliza una lucha ciudadana de cientos de miles que arriesgaron vida y libertad para restituir la democracia, obligándonos a hacer memoria y tener que recordar los pasos dados por los principales líderes de su partido en función del Golpe de Estado; el segundo, los conflictos internos del Frente Amplio, que tienden a cerrar la esperanza de que la política sea otra cosa que la expresión de intereses personales, sean ellos razonables y dignos de polémica. Lo cierto es que han estado muy por debajo de las expectativas que miles de chilenos se forjaron de ellos.

Pero la crisis no es solo política, lo es, además, estructural: corrupción en Carabineros y en las otras ramas de las Fuerzas Armadas, masividad del abuso sexual en la Iglesia católica, y ni hablar de la corrupción en muchas instituciones.  

Chahin, un pinganilla, en versión de Fernando Paulsen –tenía para el 5 de octubre de 1988 tan solo 11 años–, con sus declaraciones no solo pone un muro infranqueable con una parte significativa de la oposición sino que, además, borra con el codo la construcción política más colectiva del último medio siglo chileno, que costó años cimentar –por ejemplo, el histórico entendimiento PS-DC– y afrenta, con ellas, a millones de compatriotas actores de esa histórica jornada, entre los cuales me cuento yo y mis compañeros socialistas de la Universidad de Talca, quienes también aportamos nuestra gota de sacrificio, y también de alegría, a esa histórica efeméride, razón por la cual, en un plano más personal incluso, las palabras de Chahin no pueden pasar inadvertidas.

Del 5 de octubre al 11 de septiembre

Esa oportunidad perdida de la oposición, justo en la víspera de la conmemoración de las dos fechas más relevantes del siglo XX chileno –11 de septiembre de 1973 y 5 de octubre de 1988–, con el descriterio del actual presidente falangista Fuhad Chahin y del desconocido presidente radical en torno a excluir de la celebración del 30° aniversario del triunfo del NO al PC chileno, adelanta de paso el debate en torno a tan emblemática efeméride y nos obliga a recordar hechos que, a estas alturas, sería preferible no sacar del baúl, en especial si se trata de una nueva conmemoración del 11 de septiembre y el rol del PDC en aquella tragedia que se prolongó por 17 años.

Chahin, un pinganilla, en versión de Fernando Paulsen –tenía para el 5 de octubre de 1988 tan solo 11 años–, con sus declaraciones no solo pone un muro infranqueable con una parte significativa de la oposición sino que, además, borra con el codo la construcción política más colectiva del último medio siglo chileno, que costó años cimentar –por ejemplo, el histórico entendimiento PS-DC– y afrenta, con ellas, a millones de compatriotas actores de esa histórica jornada, entre los cuales me cuento yo y mis compañeros socialistas de la Universidad de Talca, quienes también aportamos nuestra gota de sacrificio, y también de alegría, a esa histórica efeméride, razón por la cual, en un plano más personal incluso, las palabras de Chahin no pueden pasar inadvertidas.

Talca: una pequeña historia

Creo que fue a mediados de 1987 –aunque en marzo de ese año el ingreso clandestino de Clodomiro Almeyda y su posterior entrega a la justicia de la dictadura ya habían enviado una señal potente sobre el comportamiento político futuro de esa fracción del PS– cuando la principal dirigencia de la colectividad llamó a inscribirse en los registros electorales.

Quien escribe estas líneas, por entonces dirigente estudiantil y “público” de la agrupación local, entendió rápidamente que, en esa lógica, la próxima señal de la colectividad sería llamar a votar No. Lo que para mí era de sentido común, no lo era para el resto de mis compañeros que, muy valientes y arriesgados como siempre, decidieron celebrar el aniversario de la JS con mangas y tomas de calle.

Como en muchas otras oportunidades y como buen “amarillo” en la jerga de la época, quedé en minoría y pagué las consecuencias: suspendido casi un mes de los cargos de representación pública, hecho que equivalía a una cierta degradación política y que, por supuesto, fue comunicado al resto de las juventudes políticas de la universidad.

Hago memoria de este hecho puntual porque creo que no fue fácil –desde liberales a comunistas y en especial entre las distintas facciones del PS– aunar el inmenso arcoíris de voluntades políticas que más tarde se expresaron en torno al No. En especial, la de los compañeros de las JJCC, que en junio de 1986 hablaban de la sublevación nacional y que solo dos años después, sin mucho entusiasmo, pero con una enorme disciplina y con su propio eslogan –No hasta vencer–, participaron de ese gran hecho político.

Efectivamente, como les pronostiqué a mis camaradas, la dirigencia del PS Almeyda llamó a votar No y Germán Correa participó de la foto histórica del 2 de febrero de 1988, que dio origen a la Concertación con 17 partidos.

Más por flojera –no quise hacer la larga cola en el Servel de Talca– que por sentido común y a diferencia de mis compañeros políticos y de pensión, me inscribí en Rancagua un día sábado pensando, también, que al año siguiente concluía mi carrera y debía regresar a “la histórica ciudad”, como anunciaba el gran Benito Limardo en Cooperativa, el contacto con radiofónico con la capital regional.

Por ese motivo regresé a Rancagua el 3 de octubre, para cumplir con mi deber cívico y participar como apoderado del No.

Me levanté muy temprano y a las 7:oo a.m. estaba en el liceo B-3 –el mismo donde había estudiado la enseñanza media– para presentarme en mi mesa como apoderado.

El ambiente estaba rodeado de una calma tensa. Todos sabíamos que aquel, sería un día decisivo y un optimismo moderado, luego de una notable franja televisiva, se apoderaba de quienes éramos partidarios del No.   

La participación en mi mesa fue impecable y, por supuesto, se impuso nuestra opción con mucha holgura. Luego a casa, a vivir la tensa espera que se confirmó con los primeros resultados que ofrecía la dictadura por boca de Alberto Cardemil y que daban por ganador al Sí. Hubo un segundo recuento, con mesas elegidas discrecionalmente que sembraron más dudas sobre las intenciones de Pinochet.

Luego la televisión cambió su programación y Chile quedó en vilo hasta que, pegados a la radio Cooperativa, la gran Manuela Robles le saca la declaración a Matthei, antes de ingresar a La Moneda a una reunión de la Junta, donde este reconoce el triunfo opositor. Lo propio hará un poco más tarde Onofre Jarpa en Canal 13.

En casa no hubo celebración y, ya pasada medianoche, extenuados pero tranquilos, nos fuimos a dormir.

Aún recuerdo que al día siguiente La Nación circulaba anunciando el triunfo del Sí. Compré La Tercera para enterarme de los pormenores del resultado y, leyendo entre sus páginas, en un recuadro aparecía la siguiente nota: “Caen terroristas en Talca”. Se me heló el cuerpo cuando, leyendo sus nombres, supe que eran mis compañeros de pensión, Ricardo (el Coco) y Agustín Soto, miembro de una destacada familia socialista, quienes por la alarma que generó un compañero sobre un potencial autogolpe, decidieron mover material de propaganda desde nuestra pensión a un lugar distinto la noche del 4 y, en su trayecto, fueron interceptados y detenidos por carabineros. El día 5, luego de haber sido golpeados brutalmente, fueron trasladados a un gimnasio donde les hicieron un montaje con bombas, armas de grueso calibre y granadas, entre otras. Brutal fue el impacto de quienes los vieron esa noche en TVN Red Maule, en especial sus familiares.

En una época sin celulares, sin correos electrónicos, ni menos WhatsApp, varios de quienes vivíamos en la misma pensión, y no sin antes sincerar la situación con nuestras familias, volvimos a Talca sin saber qué pasaría con nosotros.

Ricardo y Agustín tiempo después, cuando fueron liberados, y tras muchas marchas en su apoyo, nos confesaron que luego del montaje televisivo y al regresar a la cárcel de Talca, los mismos carabineros les habrían reconocido que “se salvaron porque ganó el No”.

Rescato esta pequeña vivencia ad portas de una nueva conmemoración de esa efeméride que, como antes lo hizo el 11, como lo relaté en una columna hace dos años, marcó a fuego a nuestra generación y más tarde nos arrojó casi naturalmente, y liderados por Los Prisioneros, al vendaval político de los años 80, transformándonos en los protagonistas de ese día memorable.

Epílogo: Chahin y un pasado que era mejor no recordar

Con sus desafortunadas e inoportunas declaraciones, el mandamás falangista no solo evidencia la ausencia de un mínimo de conocimiento histórico sobre el 5 de octubre, sino que, también, denota su desconocimiento sobre la cadena de hechos que desencadenaron el Golpe y en especial el rol de su partido en aquella tragedia y lo complejo y lento que fue el proceso de reconstrucción de confianzas, incluido el PC chileno –que votó e hizo campaña por el No– y que culminó aquel día memorable. Distinto fue lo que vino después y sobre eso tenemos opiniones encontradas.

El actual presidente falangista podría, por lo menos, averiguar toda la historia dramática –también heroica– previa al 5 de octubre y descubrir, quizá no lo sepa, el rol de algunos de los de los máximos dirigentes de su partido en el quiebre de la democracia en Chile, para tener una actitud más humilde al momento de, por sí y ante sí, apropiarse del triunfo del No.

Le recomendaría, por ejemplo, ya que no están vivos sus protagonistas, leer el intercambio epistolar entre varios de los próceres DC de la época –en especial el intercambio, a veces muy duro, entre Bernardo Leighton, Ignacio Palma y Frei Montalva–, donde se percibe la crítica de algunos dirigentes visionarios del PDC que percibieron el horror que significaría sumar al PDC al golpe; le sugeriría leer las memorias de Gabriel Valdés, donde se relatan los ingentes esfuerzos del ex senador, casi siempre en torno a una mesa, por detener tamaño horror; podría, por ejemplo, informarse sobre las múltiples confesiones que en privado hizo Adolfo Zaldívar sobre su autoría en el Golpe, menoscabando el rol de Aylwin y otros en ese hecho trágico; rememorar, por ejemplo, la humillación  que le hizo la Junta a Frei Montalva cuando, al ir a saludarla, como presidente del Senado, esta lo despojó de su vehículo oficial; ni hablar del papel colaboracionista del PDC en los primeros años de la Junta, que significó, entre otras cosas –incluida la delación de ex militantes de la UP– que varios falangistas se quedasen para siempre con Pinochet; podría, Chahin, informarse, por ejemplo, del enojo del general Prats –que está relatado en varios libros y testimonios– con Frei, por su tozudez para alcanzar un acuerdo que impidiese el drama en ciernes.

La propia carta de Frei Montalva al presidente internacional de la DC, Mariano Rumor, quien lo requirió ante la ola de denuncias que en Europa se hacía sobre la complicidad DC con el Golpe, justificando el actuar de su partido, de él mismo, y de Patricio Aylwin, en el 11 de septiembre. A confesión de partes, relevo de pruebas, es el viejo adagio que se repite una y otra vez en tribunales.

A mayor abundamiento, le sugeriría adentrarse por los vericuetos del Informe Church y de los archivos desclasificados de la CIA y del NSC norteamericano, donde se detalla el rol del PDC chileno en los episodios que culminaron con el 11 de septiembre. Varios de ellos –entre otros el estipendio mensual que recibía de la CIA Frei Montalva desde inicios de la década del sesenta– están reproducidos en el notable libro del ex asesor de Allende, el valenciano Joan Garcés, Soberanos e Intervenidos.

Si Chahin no tiene talante político, como lo demostró con sus declaraciones que solo lograron desunir más a una feble oposición y le hizo un regalo gratis al Gobierno en su peor momento, por lo menos el confrontarse con el doloroso pasado de su organización en torno al Golpe, lo habría hecho tener una actitud más humilde ante la proximidad del 5 de octubre y habría impedido el forado que abrió al interior del sector opositor. Aún es tiempo de que recapacite.

De no hacerlo, la enorme tragedia que se desarrolló entre el 11 de septiembre y el 5 de octubre se repetirá de nuevo. Pero esta vez no como tragedia, sino como comedia. Y serán esta vez dos bufones de la corte, sus principales protagonistas, los que, debido a sus palabras, con un Gobierno casi en el suelo, han colocado a la oposición en el mismo nivel. Como para un premio Guinness.

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