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El “infantilismo de izquierda” se apoderó del Frente Amplio

por 12 septiembre, 2018

El “infantilismo de izquierda” se apoderó del Frente Amplio
El Frente Amplio está viviendo una crisis de adolescencia, de crecimiento, pero también de identidad. Está en un punto de inflexión y tiene la oportunidad ahora de corregir la mala impresión que está dejando en la ciudadanía y, sobre todo, definir el rol que quieren cumplir en la política. La promesa que hicieron en 2017 está pendiente, no solo por su ambigüedad y lo difícil de cumplir –“somos las familias chilenas, mujeres y hombres de distintas edades y orígenes que compartimos un sueño común: cambiar Chile”– sino también porque, para cambiar el país, se necesita que la gente confíe en quien hace la invitación. Así como están ahora, eso es imposible.
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Hace solo un mes escribí, en este mismo espacio, acerca de las altas expectativas que se tenían del Frente Amplio (FA) y el fenómeno de la “promesa permanente” o la escasa trascendencia que podemos verificar a nueves meses del importante resultado que tuvieron en las elecciones de diciembre pasado: 20,34% en la presidencial y 20 diputados y 1 senador. Pero la serie de Netflix parece tener más de una temporada, porque las cosas van de mal en peor en este conglomerado.

Lo cierto es que en el FA están pagando el precio de arrogarse una cierta superioridad intelectual respecto del resto de la izquierda, acusándola de poseer todos los males de la política chilena. Las críticas que hicieron durante la campaña pasada a la ex Nueva Mayoría fueron bastante brutales, incluso daba la impresión de que el rival estaba en el oficialismo y no en la derecha.

También abusaron de la promesa de “aire fresco” para la política chilena. Insinuaron que tendrían un estilo diferente, se burlaron también de la forma en que los otros trabajaban en el Parlamento y aseguraron que “repartirían el poder”. De hecho, el segundo eslogan que utilizaron fue: “El poder de muchos”.

El espectáculo que hemos visto en el FA estas semanas, nos hace recordar algunas de las frases de Beatriz Sánchez durante la campaña para criticar la forma de actuar de otros partidos: “Va a ser un esfuerzo permanente darle la altura que se merece la política… hay que terminar con estas discusiones estilo reality para presentar ideas... lo de hoy fue una pelea callejera con cámaras, focos, luces”. Es decir, lo mismo que hoy está viviendo el FA.

¿Tiene salidas el Frente Amplio a esta crisis? Por supuesto, lo primero es asumir que están viviendo una crisis. Luego es necesario un “alto al fuego”, pero con un compromiso explícito de todos, como un requisito clave para iniciar una reflexión interna que implique volver a definir una agenda común y que proyecte un horizonte para los próximos tres años. No hay nada más ordenador para cualquier colectividad política que las próximas elecciones, y ya está en el horizonte la de gobernadores y alcaldes de 2020. Y, claro, un grupo conformado por 14 partidos y movimientos está obligado a darse una estructura de gobernanza que permita una representatividad proporcional y facilite la toma de decisiones. Pero en esta etapa es fundamental la disciplina en las comunicaciones. Basta de gustitos personales, y más comunicación oficial.

Entonces, del cambio de estilo hasta ahora solo hemos visto –algo positivo claro está– a diputados sin corbata, en jeans y, por supuesto, al estrafalario Florcita Motuda haciendo gala de sus disfraces y sus intervenciones curiosas.

La otra característica que ha tenido el Frente Amplio en esta etapa es que su imagen pública, vocerías y el espacio en que se desenvuelven está acotado al Congreso. Parecieran haber desaparecido de otros ámbitos. Incluso, su líder natural, Beatriz Sánchez, abandonó la tribuna del FA para transformarse en una analista política a título personal. Sus parlamentarios hablan sin filtro, sin reflexión, son de pensamiento hablado. Disparan a la bandada, se arrebatan con las palabras, se sobreexcitan con las redes sociales, les gusta la polémica y no tienen lealtades a la hora de expresarse en público. Si hasta pareciera que criticar a otro, sin importar si es de su propio colectivo, es considerado un atributo de “consecuencia”.

Revisemos lo ocurrido en los últimos días, lo que parece corroborar esta extraña forma de hacer política.

En un hecho inédito en el Parlamento chileno, dos presidentes de comisiones abandonaron sus cargos a partir de ácidas críticas realizadas… desde el propio Frente Amplio. Pamela Jiles acusa deslealtad, Alberto Mayol las emprende contra Jackson –“le interesa conservar los beneficios del liderazgo, pero no los costos”–, luego lanza un libro llamado Frente Amplio en el momento Cero y cuestiona la posición del conglomerado en la discusión del CAE. El diputado Crispi le responde que es fácil criticar desde el diván –¿habrá querido decir del de su casa o del psicólogo?–. Boric condena a Venezuela y se le tiran varios encima, Boric condena a EE.UU. por querer intervenir en Venezuela. Bea Sánchez dice que deben dejar de mirarse el ombligo. Morisevic lamenta que los dardos en su contra vengan desde adentro y, mientras tanto, Florcita Motuda canta a capela en el Congreso sin parecer estar interesado en nada más.

¿Tiene salidas el Frente Amplio a esta crisis? Por supuesto, lo primero es asumir que están viviendo una crisis. Luego es necesario un “alto al fuego”, pero con un compromiso explícito de todos, como un requisito clave para iniciar una reflexión interna que implique volver a definir una agenda común y que proyecte un horizonte para los próximos tres años. No hay nada más ordenador para cualquier colectividad política que las próximas elecciones, y ya está en el horizonte la de gobernadores y alcaldes de 2020. Y, claro, un grupo conformado por 14 partidos y movimientos está obligado a darse una estructura de gobernanza que permita una representatividad proporcional y facilite la toma de decisiones. Pero en esta etapa es fundamental la disciplina en las comunicaciones. Basta de gustitos personales, y más comunicación oficial.

Y, de seguro, y al igual como le pasó a la Concertación en su momento, que partió con 17 partidos y terminó con 4, en el FA se debe pasar del pragmatismo con que se constituyeron y filtrar a aquellos grupos que no compartan las bases programáticas que definan para el futuro. Es mejor siempre hacer la pérdida luego que sufrir después, para poner de acuerdo a grupos que cada vez van teniendo menos puntos en común. La pregunta es si el Partido Pirata, el MDP o incluso Mayol comparten la esencia del FA o su apuesta está en una izquierda más radical, trasnochada y con aire setentero.

El Frente Amplio está viviendo una crisis de adolescencia, de crecimiento, pero también de identidad. Está en un punto de inflexión y tiene la oportunidad ahora de corregir la mala impresión que está dejando en la ciudadanía y, sobre todo, definir el rol que quieren cumplir en la política. La promesa que hicieron en 2017 está pendiente, no solo por su ambigüedad y lo difícil de cumplir –“somos las familias chilenas, mujeres y hombres de distintas edades y orígenes que compartimos un sueño común: cambiar Chile”– sino también porque, para cambiar el país, se necesita que la gente confíe en quien hace la invitación. Así como están ahora, eso es imposible.

Lenin describió, hace justo cien años, el concepto de “infantilismo de izquierda” para reflejar a un grupo al interior del Partido Comunista Soviético que identificó como jóvenes “pequeños burgueses”, los que levantaban un discurso de cambio muy radical, pero que no eran capaces de entender adecuadamente el manejo del poder. Lo hacían desde una tribuna privilegiada. Lenin les recomendaba, en ese número de su revista Kommunist, que siempre era mejor hacer los cambios desde adentro y no tentarse por modificar todo.

Ojalá en el Frente Amplio estén aprendiendo la lección, porque aún pueden ser muy importantes para la política chilena. Creerse superior al resto, pensar que la renovación solo equivale a la edad o que las formas son más importantes que el contenido, siempre han sido malos consejeros.

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