Discurso de Adolfo Zaldívar ante la Junta Nacional del PDC - El Mostrador

Miércoles, 22 de noviembre de 2017 Actualizado a las 21:28

Discurso de Adolfo Zaldívar ante la Junta Nacional del PDC

por 26 enero, 2003

Camaradas, nuestra preocupación debe ser una sola y ninguna provocación nos debe apartar de ella: Volver a instalarnos en el corazón del pueblo de Chile. Debemos luchar por recuperar su confianza y juntos volver a dignificar la política y abordar tareas concretas: Más y mejores empleos, mejor educación y salud con dignidad.



Nosotros no estamos por mantener un pueblo inculto, irredento, al que podamos encandilar con playas de utilería y lluvias artificiales, mientras las calles siguen repletas de mendigos y vendedores de mercancías manufacturadas por los presos de cárceles chinas o por un plato de arroz.



No estamos con aquellos que desean a ese mismo pueblo inculto, miserable y resentido para que mañana, si quedan al margen del poder, les sirva de carne de cañon para hacer oposición.



Nosotros debemos estar junto a ese pueblo, nuestro pueblo, para darle formación, dignidad, esperanza y oportunidades. Nacimos en política para servir a los más necesitados, para moldear una sociedad chilena más justa y equitativa, donde con armonía generemos movilidad social, fortaleciendo una nueva clase media destinada a equilibrar las profundas desigualdades que, como sociedad, nos afligen y que angustian a quienes con sensibilidad social y compromiso político constatan que aún tenemos un 20 por ciento de pobres.



Tomás Moro, quien ofrendara su vida por sus principios, dijo: "El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral". Por eso, la Democracia Cristiana sólo tendrá razón de seguir existiendo si es capaz de volver a encontrar su justificación moral para ejercer el poder.



La afirmación anterior es tan cierta para nosotros como que, ni más ni menos, el origen de nuestro Partido arranca en los años 30 del siglo XX, con la decisión de un grupo de jóvenes que, basados en la Doctrina Social de la Iglesia, fundamentan su acción política en desarrollar un proceso que hace profundas transformaciones sociales, económicos y culturales en nuestra patria, y que más allá de fundar un partido logran impulsar un movimiento que les permite llegar al gobierno en 1964 con Eduardo Frei Montalva, como Presidente, logrando que sea el referente de la política chilena hasta nuestros días.



Tiempo después, sufriendo circunstancias adversas y marcados por el fracaso político que significó el desencuentro de la sociedad chilena en 1973 fuimos nosotros, tanto los fundadores y las nuevas generaciones, quienes nuevamente reencontramos la justificación para actuar en política y convocar al pueblo, esta vez fue en valores aún más ancestrales del cristianismo, que se expresan en el Sermón de la Montaña, como es la trascendencia de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, la concepción de la dignidad y libertad del hombre, y la no violencia lo que nos permitió avanzar por un camino y una fórmula política eficaz para recuperar la democracia y culminar la tarea con la llegada de Patricio Aylwin a La Moneda.



El pueblo nos creyó y siguió en ambas ocasiones porque junto con nuestro actuar, basado en los valores que legitiman nuestra acción política, advirtió que éramos consecuentes con éstos y que indicábamos un camino posible y realista. Fuimos capaces de hacer realidad la utopía.



Ahora el desafío es que a 12 años del reencuentro con la democracia nos encontramos en una encrucijada, un nuevo desafío que nos obliga a enfrentarlo. Debemos hacerlo con una respuesta igual de fuerte y contundente que en los años 30 y 80, es decir ser auténticos, consecuentes y eficaces.



Les pido camaradas que tengamos conciencia del desafío que estamos llamados a superar que, curiosamente, es una etapa más del desarrollo político y social de nuestro país, donde ha sido la propia Democracia Cristiana una de las fuerzas que más ha impulsado su ascenso, desde la ya lejana década de los 30 del siglo XX.



Dos veces hemos estado a la altura de las circunstancias y fuimos decisivos para resolver correctamente las ecuaciones políticas de ambas ocasiones. La primera para la gigantesca transformación social y la segunda para encontrar una definición no violenta y recuperar la democracia.



Ahora habrá que dar otro gran paso: Entrar al desarrollo con más igualdad y solidaridad; ir a la globalización sin perder nuestra identidad, ni marginar a ningún sector del país, e intentar erradicar definitivamente la extrema pobreza. Pero sobre todo, camaradas, para fundar las bases de una sociedad con más igualdad y justicia, lo que sólo puede asegurarse con una verdadera y real movilidad social; ahí está la clave y lo que de verdad permitió a otras sociedades resolver este desafío.



Hoy, sin los signos evidentes y propios de una convulsión social y política, la sociedad chilena enfrenta un punto de inflexión condicionada por cambios, tanto en lo tecnológico como en lo espiritual, difusos e imperceptibles por carecer del conflicto ideológico. Eso genera confusión y se tiende a relativizar toda acción humana, justificándola en aras de una supuesta modernidad.





Tal vez este último escenario es el más complejo para actuar en política por lo que se hace imprescindible volver a las raíces, no para quedarse en el pasado sino para contar con un firme punto de apoyo que permita ser consecuentes y pioneros ante la nueva época que se está configurando, defendiendo los mismos principios que han justificado nuestra acción en política: El bien común, la dignidad de las personas y un compromiso irrenunciable con los más débiles y los pobres; donde la capacidad de creación tiene un sentido superior, que va más allá de la sola acumulación de bienes materiales.



La gente espera que seamos conductores con la misma mística, convicción y consecuencia, de quienes tuvieron esa responsabilidad en las décadas del 30 y del 80. Debemos encumbrarnos a la altura del reto y señalar un camino de libertad con responsabilidad para adentrarnos en el siglo XXI.



No pretendemos erigirnos en referentes morales de nadie, porque estamos conscientes de nuestras debilidades, pero creemos que la política no puede desentenderse de esa condición; en consecuencia debemos actuar de cara al país, sin evadir responsabilidades en la hora presente.



En tal sentido, camaradas, no puedo dejar de valorar y apreciar el papel de la prensa y la justicia en la crisis que hemos vivido este año. Sin una prensa inquisitiva una sociedad no se entera cabalmente de sus propios males y sin una justicia honesta e independiente jamás logra erradicarlos. Su acción seria y responsable es una garantía para enfrentar los cambios de época a que ya aludimos.



Camaradas, estamos frente a la encrucijada de hacer bien las cosas. Si hemos tenido el instinto e inspiración correcta para sortear la crisis, si sabemos que la única forma de volver al corazón de los chilenos es pasando del pensamiento a la acción propositiva, les pido que concentremos todas nuestras energías en las próximas elecciones de alcaldes y concejales. Necesitamos poder llevar a los mejores de cada comuna. Que sean testimonio de vida de los valores que representamos. Que sean personas que hagan de sus postulaciones un sentimiento de servicio público y que sean capaces de capturar el apoyo popular para obtener un nítido triunfo democrático.



¡A las calles camaradas! ...que la enseña partidaria flamee en cada rincón de nuestro amado país. Que vuelvan los viejos camaradas a las filas reverdecidas de la Marcha de la Patria Joven... ¡y ustedes jóvenes del nuevo siglo!... marchen a lo largo y ancho del país junto a nuestro pueblo y nunca más se detengan, jamás desfallezcan, marchen por la libertad, por la dignidad de los más pobres, por la justicia social, por los niños, por los ancianos, por la democracia y siempre...siempre por Chile.



Gracias camaradas,



Santiago, 25 de enero de 2003.



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