El año en que torturaron a Arturo Prat - El Mostrador

Viernes, 19 de enero de 2018 Actualizado a las 20:10

Testimonio de ex preso polític

El año en que torturaron a Arturo Prat

por 14 octubre, 2004

Siempre me llamó la atención las barbaridades que solían decirse cuando el Golpe de Estado viniera. Es cierto que muchos estábamos preparados, pero la mayoría no. Y aunque una ínfima minoría estábamos preparados no lo estábamos como para enfrentarse a fuerzas militares adiestradas profesionalmente. Nos movía el triunfalismo de un gobierno aglutinado a un líder, a un estadista mundial y a un querido personaje llamado "Compañero Presidente". Ese era el líder mundialmente conocido y que, pese al dolor de arraigo político que sufría Nixon en Estados Unidos, Salvador Allende había sido electo democráticamente por una mayoría, que en el fondo era una minoría de representación votacional democrática en Chile.



Viene lo que se temía y lo que otros no creían creer apoyándose en el sentir democrático de la vieja Constitución democrática de 1921. El Golpe de Estado liderado en principio por el general Gustavo Leigh, pasa a manos inseguras de Augusto Pinochet, que junto a Merino y el "Rastrero Mendoza" como lo dijo el "Chicho" antes de inmolarse en "La Moneda" iniciaban los oscuros momentos políticos que durarían 17 años de terror.



Como militante socialista y con responsabilidades a nivel sindical y de "seguridad" dentro del partido, me puse disciplinadamente a las órdenes de dar batalla contra los insurgentes. En diferentes lugares del país ocurría lo mismo. Pero todo era un despelote que nadie sabía, porque en realidad nadie estaba preparado, pese a la fanfarronería de muchos de nuestros dirigentes de los partidos de coalición de la Unidad Popular.



Así, me pongo a luchar contra los militares golpistas, junto a otros defensores del gobierno socialista. Combatimos en el Cordón San Joaquín de Santiago. Y, posteriormente, en la Legua. Me tomaron preso en el Matadero Codecar que se ubicaba en Sierra Bella, del sector Norte de San Miguel, en Santiago.



Saltaban sobre nuestros cuerpos



El 20 de septiembre de 1973 caigo detenido y me entregaron (o mejor dicho me trasladaron de inmediato a la destartalada comisaría de La Legua) ahí sufríamos todos sin excepción alguna los tratos inhumanos de los carabineros. Saltaban sobre nuestros cuerpos sin darnos tiempo de cubrirnos ni protegernos. No se nos cubría la cara por lo que podíamos verlos y leer en sus rostros la bronca y el odio concentrado que mostraban contra los que caíamos en sus manos. Siempre éramos golpeados en la espalda en la medida que nos tendían de cara al suelo.



Los culatazos llovían por doquier y la sangre corría por las heridas cortantes que nos producían, ya sean a punta pié o por medio de algún objeto contundente, incluyendo sus armas de fuego. Esto ocurría cada vez que había un cambio de guardia. Estos eran constantes, por el miedo que tenían contra los revolucionarios que creían ver por todas partes.



Las balaceras se escuchaban por todos lados. Así en medio de una noche lluviosa nos trasladaron al Estadio Nacional. Los disparos lo hacían solo para amedrentar a la población y ellos para mantenerse en ese clima de tensión militar de "guerra" que ellos decían tener contra los "guerrilleros".



Cuando llegué al Estadio Nacional, pese a las condiciones físicas como me llevaban -tenía una costilla quebrada por los golpes y saltos que los pacos hacían cuando me tenían tendido cara al suelo- esposado en forma cruzada, o sea, una esposa me amarraba una mano y el otro extremo el pié y la otra entrecruzada hacía lo mismo. Así me dejaron caer como saco de papa. Esa fue mi entrada triunfal a lo que sería una seguidilla de torturas.



A mi llegada al Estadio Nacional, lo primero que me impresionó fue que los milicos, manguera en mano, limpiaban grandes manchas de sangre que dejaban los camiones que salían del estadio. Pensé rápidamente que tenía pocas oportunidades de escapar con vida.



El oficial de carabineros que me entregaba decía: "Aquí venimos a dejar al prisionero de guerra Arturo Prat Ibáñez". La disputa fue inmediata entre pacos y otra de milicos, quienes requerían mi presencia debido a que muchos me nombraban como jefe de operaciones militares. Otros decían que había combatido contra los pacos y aviadores en la Legua.



Balacera entre uniformados



Una descarga de balas cruzadas entre pacos y milicos hizo primero que nada que yo me agachara más de lo que ya estaba agachado producto de cómo me llevaban y ver caer dos carabineros acribillados por los militares. Creo que un milico salió herido de esta balacera entre ellos. Acto seguido me llevaron los milicos a un lugar dentro del estadio que no reconocía, pero que al escuchar los escalofriantes gritos ya sabía lo que me esperaba. Y no me equivocaba.



La tortura inicial fue brutal. Brusca y sin miramientos. No mediaba una sola pregunta. Solo golpes donde cayeran. Las patadas en los testículos y los garabatos era el rosario que escucharíamos por muchas horas, días, semanas y meses. Después supe que el primer lugar que estuve en el Estadio Nacional fue en los camarines.



Se torturaba en todos lados, escotillas, pasillos y bajo marquesina; este último lugar era un interrogatorio especial para los que ellos consideraban "importantes".



Sin saber dónde estaba, me encontré de repente frente a un montón de mujeres. Me mantenían alejado de ellas, pero no lo suficiente como para no percatarme lo que ocurría. A esta altura todo el que entraba al estadio era vendado. Podíamos ver por medio de la venda, cuando ésta se corría, pero a muchos les costo la vida. Otros que no nos detectaron podíamos ver lo que podemos contar.



Me llevaron a la piscina del Estadio Nacional. Ahí estaban las mujeres detenidas. Era humillante ver cómo se ensañaban con ellas y el grado de salvajismo que mostraban los milicos y pacos ahí.



Las mujeres, de diferentes edades, resistían estoicamente los vejámenes. Unas voces a mí alrededor me decían: "Ahora vamos a verte marxista concha de tu madre lo valiente que soy". Supuse de inmediato que eran mis torturadores, los de turno por el momento.



Masiva violación



Ahí me descubrieron y vi a una joven muchacha, de unos 15 años aproximadamente, que la tenían vendada y desnuda. Su cuerpo estaba amarrado de manos y pies a una banca y en hilera pasaban los carabineros y la violaban sin saber quién y cuántos eran los que hacían esta barbaridad. No sé si la chica murió o sobrevivió.



Después de presenciar esta masiva violación, los que me tenían maniatado me hicieron leer un papel que era un poema corto en la memoria de Salvador Allende que le habían encontrado a esta "revolucionaria" y decían que: "Que vengan a salvarte los revolucionarios puta de mierda". No me bajó pena ni nada, solo una bronca y un llanto de impotencia. Al darse cuenta los que me custodiaban me dijeron: "mira el marxista maricón, es llorón también".



"Hay que ablandarlos a estos hijos de putas para que entreguen la información que queremos". Esa era su consigna.



Después me tocó ver lo mismo contra una señora de avanzada edad y que después me enteré era una socialista y dirigente sindical de Correos de Chile. A ella se la violaron sin compasión. A mi me sacaron la venda y mudo presenciaba el espectáculo y cuando intentaba bajar la vista o cerrar los ojos era castigado inmediatamente.



Luego me llevaron a otro lugar, no muy lejano -me imagino-, ya que no tuvimos que caminar mucho. Ahora me hacían presenciar cómo quemaban y manoseaban a las mujeres. Me sentía tan mal que lo único que quería era que me soltaran las manos para matar a algunos de estos desgraciados por lo que hacían. No me importaban morir. Era un asco vivir así.



El ablandamiento empezó así. Presencié muchas otras cosas que le inflingían a las mujeres, de diferentes edades. Ese ejemplo me hizo nunca decaer y en momentos de flaqueza que me atravesaron en mis duros momentos, el ejemplo de ellas me hacía ser fuerte y no doblegarme.



De ahí me llevaron fuera del estadio, no sé dónde. Era un lugar frío y hediondo. Ahí no me torturaron, pero al despertar y tratar de ver en la oscuridad me di cuenta que estaba rodeado de cadáveres. Estaban apilados y al parecer habían otros en la misma condición que yo, solo que nadie atinaba a hablar por los diferentes temores o miedos que sentíamos.



Pasé una o dos noche así y después me sacaron y me llevaron a otro lugar que después supe eran las caballerizas de Cerrillos. Ahí ubiqué a algunos camaradas, la mayoría eran desconocidos. Todos ellos tal vez militantes y simpatizantes de la UP.



"Prepárate porque entregarás hasta el alma''



Aquí la tortura era más sicológica. Oíamos gritos e interrogatorios. De repente, un balazo y la noticia que anuncia "otro huevón que cagó". La tensión era constante, cada vez se abría la puerta de detención, pero no pasaba nada. De repente se escuchaba al oído un: "Ya te llamaremos, prepárate porque entregarás hasta el alma". Así estuve por una semana.



Me volvieron al Estadio Nacional. Ahí me esperaban los interrogadores de la marina, la Fach, los militares y los carabineros. Los primeros sólo me pegaban sin misericordia y me preguntaba si tenía parentesco con el héroe nacional. Al saber que sí, la pateadura era sin misericordia.



Los de la Fach, propinaban golpes donde cayera, no sabían qué hacer. Sólo era una brutalidad. De repente, me hicieron un simulacro de fusilamiento. Confieso que ahí pensé que estaba muerto y miraba al aviador incrédulo. No sabía si en realidad estaba vivo o muerto. Después esto se hizo una rutina para varios. Pero el principio fue aterrador. Y así todos esperaban su turno.



Los militares eran más sádicos, por lo menos en el Estadio Nacional. Eran los que mandaban.



No sé si los pacos me torturaron ahí, lo único que presencié, fue que un oficial de pacos se me acercó y me espetó: "ya vay a ver concha de tu madre lo que te espera", y me dio un bofetón que me tiró como a un metro de distancia y se alejaba golpeándose entre mano y mano con una luma.



Todo parecía una novela de ciencia-ficción, en la mediada que era poco menos que increíble que esto ocurriera. Pero era una realidad. Me preguntaba si Chile sabía de esto o el simple individuo se imaginaba lo que nos ocurría en los diferentes lugares que nos encontrábamos detenidos.



En el caracol sur o norte, nos colgaban. La paloma consistía en amarrarnos de las manos por detrás del cuerpo y nos levantaban, nos dejaban en el aire y el que pasaba nos golpeaba. Seguíamos con una venda y un capuchón. Ahí se nos dormían las manos y después de eso nos dejaban caer. Era un dolor espantoso e indescriptible.



Le pegaban con rayos de bicicleta



Al pobre Ociel Núñez, militante de la Juventud Comunista y presidente en esos entonces de la UTE, lo colgaron y le pegaban con rayos de bicicleta. El pobre quedó marcado para todos los días de su vida.



Un día me llevaron bajo marquesina en el Estadio Nacional y mis torturadores -posiblemente esta vez de la Fach por las preguntas que hacían- empezaron a pegarme lumazos en el pecho. No eran golpes fuertes, pero sí constantes. Al rato después tenía el pecho tan hinchado, que cada vez que me tocaban me producía un dolor indescriptible. Las preguntas de rigor eran siempre las mismas, no habían cambios: "Cuántos pacos mataste -o milicos o de la Fach, según fuera el equipo de interrogadores-, cuántas armas tenías, de qué partido era, a quién le había entregado instrucciones militares y si conocía a alguien comprometido que diera nombres".



Después me metieron de cabeza en un baño con mierda y orines ahí seguían con las mismas preguntas. Me metían la cabeza y la sacaban cada un cierto instante, hasta que uno no daba más o no le quedaba otra que tragar algo de toda esa contaminación, como si estuviera ahogándose en el mar o piscina y no había otra cosa que hacer. Hubo varios enfermos por estas circunstancias, a mi no me pasó nada excepto vomitar y vomitar.



Un día me sacaron al cerro Chena. Como siempre, estábamos amarrados y cuando llegamos nos hicieron saltar. Era el poso de los deseos, me dijeron después. Salté y me desvanecí de inmediato. Me hundía en la mierda y orines de los mismos compañeros que llevaban no sé cuánto tiempo ahí detenidos. Esto lo hicieron con pocos compañeros, ya que nos despellejábamos con el ácido de los excrementos y orines. Las preguntas eran las mismas, salvo que cuando esto me ocurrió, solo sentí carcajadas que desaparecieron de inmediato al desmayarme por los fuertes olores.



Nadie sabía de mí, me llevaban de un lugar a otro. Sólo interrogatorios tras interrogatorios y de ahí a otro lugar desconocido y vendado. La razón de mi detención se debió a que yo fui acusado de entregar armas en la industria metalúrgica de Indumet, en San Miguel, y posteriormente combatir en la Legua. Por razones obvias, todos mis torturadores aguardaban su turno.



Ahí me esperaba la tortura del potro



Después me llevaron a un regimiento, no sé cuál. En realidad no sé si fue o no regimiento. Ahí me esperaba la tortura del potro. Un compañero me había dicho que me aguantara y no tomara agua aunque me dieran. Por lo simple y bien aplicada de esta tortura, siempre quedé en la duda si eran los detectives los que la aplicaban. Ésta consistía en que me desnudaban y me amarraban a un catre de metal, me tiraban agua y aplicaban corriente. Por razones obvias, descubrí por qué le decían el potro a esta tortura. Me retorcijaba y trataba de zafarme de un imposible.



Cuánto duró, no lo sé. Nadie puede decir cuánto duraban estos tormentos. Eran una eternidad. Después de eso venía el interrogatorio. Muchos compadres se orinaban o se cagaban producto de esta tortura, por eso se recomendaba no tomar líquidos ya que después de esto, más encima, se escuchaba el tradicional insulto: "miren al marxista concha de su madre, ahora está todo cagado y meado".



Ya de vuelta al Estadio Nacional, después de este viaje que pensé no regresaría, me agarraron los detectives y junto a la las diferentes ramas de inteligencia de los militares, aplicaban la tortura más sofisticada a la brutal que aplicaban los milicos en general.



Los militares torturaban sin compasión. Hasta que empezaron a llegar los detectives. Estos sabían lo que tenían que hacer. Fue brutal y escalofriante. Empezaron a aplicar la corriente. La picana, como le decían, fue la reina de los torturas iniciales. Algunos no la resistieron y se fueron "cortados", como decían los torturadores. Otros la resistíamos.



Con sorpresa pude ver, cuando se movió la venda, que uno de los torturadores era un tipo que había estado en mi matrimonio celebrado en abril del 73. Cuando hacía recuerdos, siempre me pregunté quién era el sujeto y quién lo había invitado. Alguien me dijo que era un compañero del Central, que fue invitado.



Este fue generoso. Me dio un cigarro para fumar, cosa a la que me negué pese a ser un empedernido fumador. Como dato curioso puedo decir que llegué a controlar la corriente después de mucha aplicación, era como que presentía la descarga y empezaba a gritar.



Otra de las torturas que me hicieron fue sentarme en un sillón peluquero. Me amarraban y me ponían unos alambres en la boca. Cuando ponían la corriente, mordía los alambres. Tal vez sea por esa razón que hoy tenga parte de mi dentadura toda destruida. Mis compañeros me pusieron como broma el General Electric y en la cárcel, posteriormente, me saludaban como un general entre bromas y bromas.



Un día la silla del barbero se echó a perder y todos nos comunicamos este percance. Cuando nos sentaban y daban las órdenes, nos poníamos a chillar como berracos. Esto duró hasta que unos días después un fulano dijo: "Y de qué grita este hueon, si la silla está mala y no le pasa corriente". Al compadre de turno le dieron una pateadura que si está vivo, aún debe de recordarla. Todo esto ocurría en el Estadio Nacional.



A algunos pocos nos alcanzaron a aplicar el campanario en uno de los caracoles. No recuerdo cuál. Consistía en sacarle el péndulo a una campana grande y nos metían debajo por un espacio corto, ahí le daban a la campana, no muy fuerte, pero consistente. Después nos sacaban de ahí y escuchábamos no solo el tañir de la campana, sino que perdíamos toda la fuerza y coordinación por un par de días. Después no la aplicaron más ya que al parecer no les daba ningún resultado y más que nada parecíamos muertos en vida.



Se acercaba el día de dejar el estadio por un partido internacional. Aquí se escaparon tres tupamaros que estaban en el nacional. Los militares decían "si son tupas, se escapan. Si no, están cagados". Y eran tupas.



Simulacro de fusilamiento



Antes del traslado, la Fach me hizo otro de sus simulacros de fusilamiento, solo que esta vez fue casi cierto. Digo casi cierto porque el milico que estaba con un arma en la mano me dijo que le quería mandar a decir a mi madre ya que me iba a matar. Solo atiné a decirle que era inocente. Se sonrió -esta vez estaba sin venda y él tenia unos mostachos grandes que le tapaban la mitad de la cara y unos grades lentes oscuros que le tapaba el resto, por lo que él estaba seguro que no lo reconocería- y me dijo: "miren el hueón, otro marxista inocente". Acto seguido, me apuntó y sentí el balazo que me pegó en el pecho. Caí de rodillas y con una expresión sin descripción. La bala era casi real porque fue a fogueo, cosa que no habían hecho antes, solo hacían el simulacro. Quedé muy mal emocionalmente y a patadas limpias me sacaron para afuera del cuarto preparado para esto y me subieron a una micro donde nos llevaron a Valparaíso. Otros partían a la cárcel de Santiago.



Cuando llegamos a Valparaíso, me metieron en un barco, que según algunos compadres era el Lebu. Lo pasamos mal por unos días y me sacaron cagando, como dijo uno de turno, y de vuelta a Santiago.



Llegamos a la cárcel por la tarde y se esparció la noticia de mí llagada rápidamente cuando un compañero me reconoció. Era lo que yo quería, porque si me mataban, a lo menos, quería que supieran que era yo y que me habían matado en la cárcel. Eso era lo que pensaba en ese momento.



Muchas cosas pasaron aquí, pero lo más importante de decir era que el fiscal Sánchez nos interrogaba de madrugada o tarde por la noche. No nos torturaba él directamente, era el bueno de la película, él mandaba a torturarnos y así fue la fregatina hasta que descubrieron mi militancia socialista y otras cosas más.



Me pusieron varios lugartenientes y el proceso se tituló "Cordón San Joaquín-proceso Las Industrias" que llevó adelante la Segunda Fiscalía de Santiago, a cargo del mayor del Ejército Ricardo Sánchez, que después de la guerra lo hicieron comandante. Por lo menos, eso fue lo que él me decía después de cada interrogatorio en la cárcel pública.



Cuando nos llevaron de día al Consejo de Guerra, no podíamos creerlo. La gente caminaba como si nada hubiese ocurrido. En esos momentos nos dimos cuenta que después de casi un año, el mundo seguía su marcha. Nada se había detenido y mudos los que íbamos a recibir nuestras condenas nos mirábamos tratando de entender esta nueva sociedad que no conocíamos y de la que pensábamos tenía una fuerte oposición a los militares.



Uno preso, se hacía una ilusión equivocada. Sólo las visitas de nuestros parientes era la droga que nos hacía sentirnos humanos y estar contentos por el momento que duraba la visita. El que era de lejos, estaba cagado. No tenía a nadie que lo viera.



Después de varias otras cosas que ocurrieron, me pusieron en un avión junto a cuatro compañeros más y de ahí nos juntamos con nuestras esposas. Canadá era la parada de libertad que esperábamos. No nos bajamos del avión y permanecimos unidos y con terror al saber que a algunas personas los habían bajado a la fuerza en Perú y habían desaparecido.



Llegamos a Canadá y desde entonces he vivido aquí. Muchas otras cosas han quedado en el baúl del recuerdo, incluyendo otras torturas que no quiero mencionar porque cuando las narramos entre nosotros, hoy en día, nos dicen los que no conocieron estas cosas, que son inventadas o como hoy en día la ciencia-ficción es una moderna palabra, nos hemos vuelto muchos de nosotros cuentistas.



Arturo Prat Ibáñez
Militante socialista
Canadá.

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