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Pablo Simonetti y ''La Razón d

Cultura - El Mostrador

"Lo peor que le puede pasar a un autor es que el lector empiece a leer"

por 1 agosto, 2007

''Lo que le tiene que pasar (al lector) es que esté viendo, que esté viviendo, que esté sintiendo'', dice el autor de ''La Razón de los Amantes'', texto que indaga en las relaciones de pareja, las aspiraciones de pertenencia a grupos sociales, el juego de egos y las pasiones.

Dejó la ingeniería por la literatura hace once años y en corto tiempo alcanzó el éxito. Su primera novela, Madre que estás en los cielos (2004), tiene a su haber quince ediciones en Latinoamérica, vendió más de treinta mil ejemplares y ha sido traducida a cuatro idiomas.



Pero eso no lo tiene intranquilo. Dice que mientras escribía no sintió presiones y que su segunda novela es muy distinta de la primera, aunque su esencia sigue presente. "Yo sé que estoy yo ahí, mi estilo, mis preocupaciones, mis obsesiones, el mundo sobre el cual yo escribo", cuenta.



En La Razón de los Amantes, Simonetti aborda la temática de un triángulo amoroso muy particular. Manuel y Laura son una pareja tradicional. Casi por defecto, tediosa y rutinaria. Todo se vuelve confuso y enmarañado cuando aparece Diego, un tipo joven e innovador que abandonó su carrera de abogado para dedicarse al periodismo independiente y online con su diario El Centinela, del cual el autor admite haberse inspirado libremente en El Mostrador.cl.



La dinámica, que se da en la relación entre estos tres personajes, incluye las dudas de los dos vértices respecto a la condición homosexual del tercero de ellos y los efectos y atracciones que van surgiendo. Pablo Simonetti dice que hablar de homosexualidad en sus obras ha devenido en que todos los periodistas le consulten sobre el tema y asume que esto, en un contexto de predominio de escenarios de alta sociedad, ha creado en torno a él un estigma insalvable.



Sin embargo, se esfuerza en destacar que "lo que me interesa es que los lectores no se sientan apartados de mi literatura por la creencia de que se van a tener que enfrentar con una naturaleza extraña, con un animal salvaje y desconocido. Esta es literatura en el sentido más puro, no hay una emboscada valórica", asegura.



Porque la condición sexual de uno de los personajes es tan sólo un pelo de la cola de la ola de acontecimientos, perversiones, deseos ocultos y traiciones presentes en La Razón de los Amantes. Motivaciones acerca de las cuales Pablo Simonetti conversó en profundidad con El Mostrador.cl..



-¿Cuánto afecta al ego convertirse en un escritor exitoso tan rápidamente?
-Esto no tiene nada que ver con el ego, al revés. Se produce una intimidad con uno mismo que te da mucha compañía, entonces no necesitas tanto reconocimiento desde afuera. No necesitas andar consumiendo la imagen de que los demás tienen de ti para sentirte que eres tú, sino que eres tú en el sentido de que, ya estar sentado en tu escritorio, frente a tu computador escribiendo, te salva del vacío.



-Una vez dijiste que te habías quedado "sin alma para escribir". ¿Cómo recuperaste ese espíritu?
-Eso fue por la promoción periodística de "Madre que estás en los cielos". En ese minuto no podía escribir, como ahora tampoco. Necesito estar muy conectado conmigo, con tranquilidad, con tiempo para leer, no estar apurado por el tiempo, por entrevistas. Mi mente ahora está muy alterada, en constante movimiento, necesito que esté en reposo, en un estado de contemplación. Lo que me empieza a volver el alma es cuando dejamos de hablar de mí y empezamos a hablar de la novela. Cuando ya no es sólo el acto de la salida de la novela, las lecturas de las personas que yo respeto y cuando esta novela toma vida y la creación no tiene solamente un sentido de figurar, sino que se enhebra en la trama social.



-¿Cómo son tus procesos creativos y de escritura?
-El proceso es diferente para cada novela. Con esta novela había hecho algunos intentos antes de "Madre que estás en los cielos". Tenía ciertas ideas vagas, unas tres o cuatro escenas que me flotaban en la mente y tenía que conectarlas. Entonces, primero puse a Diego a recordar estos momentos, e inmediatamente había, aparte de una manipulación de la información histórica, un juicio de lo que había pasado, una asignación de culpas. Soy yo culpable, es culpable Manuel o es culpable Laura. Eso no me gustó, porque finalmente habría terminado siendo algo así como un ensayo sobre el engaño y, además, todo esto desde uno de los involucrados, lo que lo hacía perder valor, incluso como ejercicio intelectual. Después de varios intentos encontré esta voz que asiste de manera casi cinematográfica, inmediata, cercana. La idea mía era producir la sensación en el lector de que estaba participando de las escenas.



-Finalmente, es una especie de testimonio...
-Es una mirada muy cercana. El lector tiene una mirada casi omnisciente -porque al final nos damos cuenta de que el lector no sabía partes muy importantes de lo que había ocurrido- y, por otra parte, creo que el lector asiste a los hechos de una manera inmediata, entonces se empieza a fijar en ellos. Pero al mismo tiempo, todo lo que está ocurriendo tiene una fijación que quizás trasciende a las personas, a Manuel, a Laura y a Diego. Hay algo que tiene que ver con la relación de Laura y Manuel que no se termina de explicar, hay algo en esa relación que crea a Diego. Al aparecer Diego se concreta algo, una fantasía. También se concreta algo de su época, de su tiempo, de las expectativas a futuro que crean los cambios de milenio.



Manuel, Laura, Diego



-El personaje de Diego abandona su carrera de abogado para dedicarse a su diario en Internet. ¿Existe algún paralelo entre tu experiencia y este personaje? ¿Qué tanto hay de ti en Diego?
-Yo creo que hay de mí en los tres personajes. De Diego, claro, esta experiencia se trasladó un poco a él, aunque no está tratada propiamente en la novela, en la que él ya viene de vuelta, no asistimos a su cambio de folio. Pero sí, seguramente, hay una conexión inconsciente. Una amiga que ya leyó el libro me dijo "seguramente tú escribiste la novela el día en que tú más te odiabas, el día en que no veías ninguna posibilidad de salvación". Porque claro, Diego podría ser un alter ego mío cuestionado por su perversidad, su manipulación y que es pusilánime en las relaciones amorosas.



-¿Y los demás personajes, qué tienen de ti?
-En Manuel, yo creo que esa creencia un poco ingenua en los demás. Yo tengo una tendencia a confiar de buenas a primeras en la gente. Muchas veces me cuesta ver cuando otras personas tienen otras motivaciones que no sean solamente el contacto humano, emocional. Es como una ceguera, pero al mismo tiempo una bendición, porque cuando te encuentras con otro igual, esos encuentros son muy fructíferos.



-Se podría decir que Laura es muy similar a Diego, en cuanto a perversidad...
-Laura es un personaje bastante literario, tiene inspiración en Jane Austen y además es otra mirada más de un tema que yo siempre estoy tocando, que es el tema de la pertenencia. En su caso es una pertenencia social, ella es muy arribista. La idea de sentirse parte de algo, pero estar marginado. Esa es otra forma de margen. Una forma, en este caso, perniciosa.



-¿También Manuel trata de pertenecer?
-Claro, pero Manuel más que querer pertenecer al mundo de Diego, busca en él una idea de futuro de sí mismo. Y busca el amor de Diego. Su mundo le produce curiosidad, pero lo que le gustaría es pertenecer a Diego. Es como que levitara y se separara de la realidad que le toca vivir y quisiera empezar a vivir en una realidad paralela, desindexada de la anterior.



-¿Es el personaje de Manuel un héroe?
-Yo lo siento más como Ícaro. El sacrificio es por su adolescencia. Esta idea del fin del milenio, de decir "aquí viene el salto al futuro", es no tomar en cuenta que los pasos en la vida son muy pequeños, podemos ir cambiando poco a poco, no de una manera violenta e irresponsable. Es un héroe en el sentido de que es más honesto con sus sentimientos y con el amor que siente, pero también es un antihéroe porque el héroe crece, enfrenta una prueba y en ese momento se produce una madurez, un crecimiento. Y ninguno de los tres es muy maduro, porque el egocentrismo es también una forma de inmadurez. Yo creo que el tema de la madurez, de que todo tiene una consecuencia, de que el pasado existe a pesar de nosotros, es una sombra que está en la novela.



-Los personajes de la novela representan claramente a ciertos sectores y mundos. ¿En qué te fijaste para construirlos?
-Uno podría decir que son arquetípicos porque pertenecen a grupos sociales que son reconocidos, pero también me parece que son personajes contra discutidos. Uno podría pensar que Laura es una víctima, pero es bastante antipática. Nuestro héroe es ingenuo, adolescente. Si se quisiera hacer una lectura desde el punto de vista de los estudios culturales se podría decir: resulta que el gay y la mujer son los malos y el bueno es el heterosexual. Entonces, no me parece que haya arquetipos.



La Iglesia, el amor y los cuicos



-¿Por qué elegiste situar la novela en ese contexto histórico en particular?
-Podría decirlo, pero parecería un artista sublime que piensa todo antes de hacerlo. Pero no, son relaciones que he hecho después de escribir. Los contactos ahora se me hacen muy evidentes, de por qué esta fecha, esta época y no ahora. Me gustaban esos momentos, inspiraba escribir algo que estuviera ocurriendo el día del cambio del milenio, el día que Lagos fue elegido Presidente, el día que vuelve Pinochet de Londres y también Semana Santa. Estas fechas cargan los momentos, las escenas, los pasajes, de otro sentido.



-¿Y el contexto social? ¿Este mundo privilegiado en que se desenvuelven?
-Yo creo que hay más de una razón. Una es una crítica social, no diría velada, puede ser desembocada. Y hay una mirada cruda de cosas que pueden ser muy valiosas, como la pertenencia, los privilegios, pero muchas veces no somos conscientes del precio que se paga por ello. Aquí ese precio queda expuesto a los ojos del lector. También es una sociedad que conozco, que me ha tocado conocer, entonces tengo una observación de estos guiños de clase que pueden llegar a ser muy activadores de la imaginación, que es lo que a mí siempre me interesa, estar despertando la imaginación del lector. Lo peor que le puede pasar a un autor es que el lector empiece a leer. Lo que le tiene que pasar es que esté viendo, que esté viviendo, que esté sintiendo. Entonces, una observación minuciosa de los detalles circunstanciales y de las formas sociales, son siempre nuevas luces que tú vas encendiendo para que el lector nunca se quede ciego.



-En la novela hay muchas menciones a la Iglesia Católica, ¿Qué tanta importancia le das al tema de la religión en la novela?
-Creo que Chile es un país que tiene una matriz católica en su formación como república yo diría, hay mitos o imágenes que son parte de nuestra iconografía cultural, como la muerte de Jesucristo. Siempre los personajes tienen una dimensión dramática narrativa y también una dimensión histórica, cultural, política. Y todas estas pátinas que uno les va dando a los personajes, los van robusteciendo. De una idea plana, constituir un volumen de algo que está como tierra en el suelo y de repente se levanta. La Iglesia Católica es para mí también una obsesión. Yo fui muy católico, educado en colegio católico, mi familia es muy católica. Yo tengo una relación de amor -odio fuertísima con esto. Son nuestros ritos y está casi grabado, tengo que vivir en una constante desprogramación para percatarme de toda esta lógica y todos los traumas que uno acarrea.



-Los clásicos traumas de los educados en colegios católicos...
-Claro. Ahora, si te fijas, la generación nueva no acepta los ritos. Manuel incluso va a una iglesia para encontrar un lugar donde estar tranquilo, pero ninguno va a los ritos de Navidad o de Semana Santa. Son celebraciones, momentos para salir de viaje, eso pasa con la generación actual. En cambio la generación antigua, los padres de los protagonistas, todos van a participar de los ritos y las actividades de su parroquia.



-¿Definirías tu novela como una novela de temática homosexual?
-No. A mí me parece que es una historia de amor y de pasión en que uno de los lados del triángulo es homosexual. Pero no hay un tratamiento homosexual en específico, sino que está mucho más centrado en la sicología de los personajes y en la manera en que van enfrentando las cosas que les ocurren. No hay banderas de agitación, no hay una búsqueda de la identificación del lector gay.



-¿Por qué se te ocurrió problematizar en torno a un triángulo amoroso?
-El triángulo amoroso es algo que ha estado visitado por la literatura hace muchos años y este triángulo tiene una nueva posibilidad al tener este personaje homosexual. Hubo varias novelas que leí y que me inspiraron, como Anna Karenina, El fin de la aventura y El revés de la trama, de Graham Greene. Esta idea de los triángulos me daba vueltas y me aparecía en las lecturas, que me inspiraron para decir, yo puedo tomar este aprendizaje y volcarlo en algo nuevo. Cuando uno comienza a escribir piensa los personajes y en lo que les ocurre. Yo creo que quizás sea una proyección de mi estado de ánimo en ese minuto, que estaba en la lucha de aceptar la vida tal cual es o quebrarla y salir detrás de algo nuevo. Ése es el leit motiv de la novela. El aprendizaje de que el pasado existe, a pesar de que nosotros queramos quebrar con él.



-¿Qué pasa con el tema del ego en la novela?
-Tanto Diego como Laura adolecen de un problema de egocentrismo y de egoísmo bastante grande. Más egocentrismo que egoísmo. Realmente necesitan una confirmación del mundo acerca de su existencia. Y Manuel, que es un hombre generoso desde la primera escena, sabe escuchar, sabe aceptar a las personas como son, no es un hombre que esté luchando con otros por un espacio. Satisface esta carencia que los otros demuestran muy patéticamente durante la novela. Uno entiende por qué se relacionan. El ego se alimenta y cada vez se hace más agresivo, porque el inicio del problema del ego es no estar contento con la vida que uno tiene, consigo mismo o con las expectativas. Es estar viviendo la vida de acuerdo a la imagen que tiene de uno la gente o la imagen que queremos crear. Los egocéntricos adolecen -y adolecemos- de un sentido de nosotros mismos.



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