El show de los libros - El Mostrador

Jueves, 14 de diciembre de 2017 Actualizado a las 10:20

Radiografía a industria editorial

El show de los libros

por 17 octubre, 2008

En dos semanas se inaugura la Feria Internacional del Libro, el evento más importante del rubro, que deja al descubierto la precariedad, el esfuerzo y el camino que falta para que estemos en un buen nivel. La convivencia entre las transnacionales españolas y los editores locales es tirante y aunque el libro sea una bandera común, cada uno defiende la suya.

Eduardo Castillo llegó a la presidencia de la Cámara Chilena del Libro el mismo año que la democracia, en 1990. Pero desde 1981 era miembro del directorio y parte del equipo que se atrevió a armar la feria detrás del Museo de Bellas Artes, con apenas doce stands, durante la administración edilicia de Carlos Bombal. Desde su estreno a la cabeza del gremio, Castillo se ha movido de la testera pero nunca del directorio.

Y le ha tocado estar al frente en la época de oro de una industria que, a pesar de la piratería y las quejas inherentes al rubro, goza de buena salud. “Entre 1987 y 1997 crecimos al 10% anual -por sobre el PIB-, se instalan las editoriales extranjeras, hay más librerías, nace el Consejo Nacional del Libro. Después entramos a una meseta de reordenamiento que coincide con la Crisis Asiática y el auge de la piratería”, afirma Castillo. Según este, en tiempos de la Nueva Narrativa, de la vuelta a la democracia, del boom literario, la industria en términos globales facturaba la friolera de 100 millones de dólares al año, considerando todas las compras, públicas y privadas.

El maletín millonario    

Esa crisis económica fue la peor en treinta años. Algunas librerías bajaron sus ventas a un tercio pero Castillo siguió a la cabeza y soportó el ventarrón. Hoy la feria tiene 800 stands y 300 escritores esperando que unas 250 mil personas lleguen a la Estación Mapocho durante los tres fines de semana de la muestra, que abre desde el  31 de octubre hasta el 16 de noviembre.

En el camino, la industria recuperó su vigor. En 2003 el libro como negocio empezó a levantarse. “Ya el 2007 conseguimos un crecimiento sostenido importante, con otro mapa de actores en el mercado. Se consolidan cadenas como la Feria Chilena del Libro, Antártica  y José Miguel Carrera. Estamos hablando de US$ 120 millones al año”, dice Castillo, enfatizando el aumento de los montos que desembolsa el Estado para el sector. Sólo por concepto del Maletín Literario la industria percibirá por vía fiscal unos US$10 millones y eso sin contar las compras de libros escolares. 

Fue la licitación del maletín lo que probó las buenas relaciones entre la Cámara y la institucionalidad cultural. El año pasado, los asociados se enteraron de la iniciativa a través del anuncio presidencial del 21 de mayo y por “casualidad”. Supieron que el proyecto estaba avanzando y reclamaron porque, según ellos, se estaba invitando a participar sólo a algunos sellos y además el tiempo les jugaba en contra para hacer ofertas. Yasna Provoste, entonces ministra de Educación, los recibió y consiguieron que se ampliaran los plazos para poder entrar a la licitación. Castillo lo explica con una pequeña lección de comunicación estratégica: “Nunca hay que tener los puentes cortados, puedes tener diferencias de opinión, pero hay que estar bien con todos y no excluir a nadie, además no trabajamos para la Cámara sino para el país”, dice. La relación más notoria de la Cámara con una autoridad del establisment  cultural es la que mantienen con su ex Gerente Corporativa Nivia Palma, que desde su puesto al frente de la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos (DIBAM) ha sido la principal impulsora del Maletín Literario. Aunque una fuente del Consejo Nacional del Libro descarta cualquier interferencia: “Ella no se va a arriesgar a intervenir a favor de nadie, es demasiado prolija y el sistema que diseñó le impide meterse, además”.
    
Los descolgados de siempre
 
Como sea, la reactivación de la industria en el último par de años representó también la primera crisis real entre los asociados. Algunos editores dedicados a autores chilenos formaron la Asociación de Editores de Chile, que funciona desde 2001, aunque el quiebre se produjo en 2005 cuando en los estatutos de la Cámara  se les prohibió estar en el directorio si pertenecían a otra asociación. “Fue una manera de decir ‘mejor vámonos”, explica Sebastián Barros, a cargo de la Editorial Pehuén.

Para Barros el punto es el desequilibrio de fuerzas entre los “independientes” y la Cámara, básicamente dominada por las transnacionales españolas, entre las cuales están el Grupo Planeta y Random House Mondadori, entre las más conocidas. Una relación endogámica entre editores y vendedores, pues “sus representados, básicamente distribuidores, son los que poseen los libros que se venden mayoritariamente en las librerías. Nosotros somos los que tenemos la mayoría de los libros de edición chilena, pero no tenemos la mayoría de los libros que se venden en librerías”, indican desde la asociación.

Hasta agotar stock

La feria, a través de la sociedad Prolibro, es la dueña de la muestra. Un librero no asociado paga 1.6 millones por un stand, mientras que un asociado paga hasta un 30 por ciento menos. Estas diferencias provocan molestia entre los editores chilenos, aunque las relaciones no están rotas. “No estamos necesariamente enemistados, pero nos hemos distanciado. Hay un cartel de las editoriales españolas con sus gerentitos chilenos que no quieren que les muevan el naipe, esa es la verdad, y nos tratan de aportillar cada vez que pueden. Pero son inamovibles y es mejor ser amigos que pelearse”, refrenda un miembro de la Asociación de Editores de Chile.

Hoy Eduardo Castillo es uno de los hombres más influyentes dentro del panorama editorial del país. “Entiendo que  él está contratado,  es un funcionario de la Cámara, no es sólo un socio elegido. Creo que es la misma razón por la que cualquier empresa mantiene un gerente. En este caso porque es funcional a los intereses de los socios”, dice Sebastián Barros.

Aunque las dos asociaciones han actuado en bloque en algunos temas, como en la obligación  de tener sólo  autores chilenos para el Maletín Literario. En otras, como que el Estado ayude a priorizar la difusión y edición de autores locales, financie fletes o traducciones para las editoriales chilenas “la Cámara ha mostrado que sus intereses son opuestos”, explica Barros.

La participación del Estado en la difusión de la literatura nacional es uno de los temas pendientes, así como la reducción de IVA, el precio fijo para los libros, como en España y Francia, y otras políticas públicas que mejoren los niveles de lectura.

Por mientras, la Cámara intenta armar una feria sin grandes estrellas. Trascendió que Gabriel García Márquez, ícono de Colombia, el país invitado, no podrá venir por problemas de salud. Y aunque el proceso de producción toma cerca de dos años la feria no es gravitante en el concierto latinoamericano. “Lo grave es que se ha transformado en una feria de liquidación más que de novedades, esperemos que este año no sea así”, concluye Barros.

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