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En otra columna el diplomático había insinuado una comparación entre Bachelet y Mary Poppins

La ácida pluma que sepultó a Marcelo Rozas

por 2 abril 2009

La ácida pluma que sepultó a Marcelo Rozas
Culto y muy respetado por sus amigos, en la DC es uña y mugre con Gutenberg Martínez, fue parte del histórico grupo de los “salvadoreños”, y algunos incluso ven su huella en el famoso “Carmengate”.  Fanático de los libros y el cine, el filósofo que terminó de irritar a la Presidenta, ya había insinuado en una anterior publicación de prensa que no dejaría de cultivar la crítica al poder aunque fuera parte del juego. Mal que mal, siempre ha coqueteado  con los medios: desde la radio y una editorial, hasta la revista Hoy, a la que intentó convertir sin éxito en la más irreverente de la transición.

Marcelo Rozas lleva años asociado a los medios. A fines de los 70 fue director de la radio Balmaceda, vinculada a la DC,  y luego fue el penúltimo director y propietario de la revista Hoy, históricamente asociada a la Falange. Pero nunca una columna como la que escribió el 19 de marzo en Capital le había salido tan cara.

En el texto Rozas criticaba la Cumbre Progresista de la semana pasada refiriéndose a los líderes invitados como exponentes del “socialismo de balneario”. Mucho antes de que Bachelet le pidiera a Mariano Fernández que llamara a Rozas para comunicarle que tenía 30 días para dejar la embajada en la República Checa, la presidenta ya lo contaba entre los funcionarios que estaban a punto de agotar su línea de crédito con ella.

El 28 de marzo de 2007 Marcelo Rozas firmó en La Tercera una columna titulada “¿Qué hará Mary Poppins si Irán se instala en América Latina?”. En ella Rozas rebate  una frase  de José Luis Rodríguez Zapatero para afirmar la tesis de que no cualquiera puede ser presidente, dirigir la orquesta o “mover el palito”, refiriéndose a la batuta del liderazgo. Jamás nombra a Bachelet, pero define a los políticos “Mary Poppins”, aquellos que actúan como niñeras de un país que de tan bien que anda, no necesita mayor conducción.

“La orquesta suena bien, pero mientras la economía funcione relativamente bien, el precio de las materias primas tenga un nivel internacional aceptable, seguirán existiendo los políticos tipo Mary Poppins, que podrán dedicarse a cuidar que fumemos menos, mejorar un poco la salud, otro poco la educación, otro poco la vivienda, como una buena niñera. La pregunta es: ¿que hará Mary Poppins si Irán se instala en América Latina? En esos momentos hay que decirle suavemente a la mujer al oído: 'Necesitamos a Zubin Mehta o a Duke Ellington'”, escribe Rozas en el último párrafo, tal vez el más ilustrativo, que demuestra también el estilo irreverente que ha cultivado a lo largo de su vida.

El The Clinic que no pudo ser

En 1989 Rozas entró a la propiedad de la revista Hoy, una publicación que por más de doce años estuvo contra la dictadura, pero siempre fiel a la fórmula Time. Desde el primer número en que tuvo el control, dejó entre otras cosas de escribir la columna del director, hasta entonces el baluarte editorial más sagrado de la publicación, que sólo había dejado  de aparecer cuando el gobierno de Pinochet la censuró expresamente.

“Diría que no hubo cálculo,  no hubo un proyecto general que fuera para un lado u otro, si algo nos cargaba era creernos que íbamos para algún lado”, dijo Rozas para el libro Revista Hoy: 1108 ediciones con historia, de las periodistas Paula Mobarec y Dominique Spiniak.

“Él y su equipo querían hacer algo rupturista, como lo hizo The Clinic años después, contra la iglesia y el poder, rompieron con el esquema antiguo y eso provocó que el público y los suscriptores se alejaran”, dice el ex director Abraham Santibáñez. En el equipo que dirigía Rozas estaban entre otros Antonio Martínez, Mauricio Gallardo ex editor general de LUN, y Axel Pickett.

La idea de Rozas de “seguir la transición pero sin estar dentro de ella” como dijo en el libro, no duró mucho tiempo y en febrero de 1994 se concreta la venta de la editorial Araucaria, gestora de la publicación a un grupo de empresarios encabezados por Sergio Melnick. Rozas quedó con una participación minoritaria mientras el director fue Ascanio Cavallo, hasta el cierre de la revista en 1998.

Descrito por sus amigos como lector compulsivo y fanático de la música, Rozas tiene conexiones que atraviesan la natural esfera política de la falange. Entre sus amigos en la Alianza se se cuentan Andrés Allamand, Juan Antonio Coloma y Hernán Larraín. Mientras, en el PS mantiene buenas relaciones con Ricardo Núñez y Marcelo Schilling, y además comparte membresía en el grupo München, junto a Jorge Burgos, José Miguel Insulza y otros notables del llamado Mapu-Martínez, suerte de accionistas controladores de la Concertación. Cuando todos coinciden en Chile se juntan sagradamente a comer los jueves.

Carmengate

En la Democracia Cristiana es fácil identificar su tendencia gracias a su amistad con Soledad Alvear y Gutenberg Martínez, la que mantiene desde que Rozas estudiaba Filosofía en la Universidad Católica y era dirigente de la JDC. Gracias a esa posición, como encargado de relaciones internacionales, viajó a fines de los 70 hasta El Salvador para apoyar con trabajo político al presidente DC de ese país, José Napoleón Duarte, en el intento de frenar las guerrillas de izquierda, junto a un equipo de otros DC entre los que estaban el ex alcalde de Chaitén, José Miguel Fritis, Giacomo Marasso y el ex miembro del Tribunal Constitucional, Mario “Peta” Fernández, entre otros.

Rozas iba y venía a Chile donde mantenía la editorial Andante, dedicada, con fondos de Estados Unidos, a publicar libros de ciencias sociales contra la dictadura de Pinochet. La amistad con Gutenberg Martínez, según fuentes falangistas, lo involucra en el famoso episodio de la adulteración de los padrones del partido en 1988, mediante el que se eligió a Patricio Aylwin como candidato presidencial por sobre Gabriel Valdés. El escándalo se conoce como “Carmengate”. “El Carmengate pasa fundamentalmente por él”, asegura un antiguo militante DC que lo conoce desde mediados de los 80.

Todo este bagaje internacional, incluido su cargo en la Agencia de Cooperación Internacional (AGCI), cargo que ocupaba antes de ser embajador en República Checa, lo convierten en “un analista muy consultado, es una persona muy inteligente”, dice su amigo el diputado Roberto León, quien se comunicó con Rozas horas después de que se conociera su salida del Servicio Exterior por la columna en Capital. “Está muy tranquilo, él no es alguien que necesite trabajar para pagar sus cuentas, lo hace porque le gusta”, dice León.

Marcelo Rozas es casado con Michelle Reymond Larraín, que heredó un importante patrimonio, de hecho fue ella la que figuró como propietaria de la revista Hoy cuando se hizo el traspaso de la editorial Araucaria. Ahora cuando vuelva a Chile el 1 de mayo tal vez pueda cumplir el deseo que siempre transmitía a sus amigos: “Decía que si pudiera se quedaría todo el día leyendo”, cuenta Abraham Santibáñez.

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