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Editorial

Tu encuesta y otra más

por 13 mayo 2009

Tu encuesta y otra más
En el actual escenario electoral se corre también el riesgo de que las encuestas sean instrumentalizadas más allá de su legítimo papel de medio técnico de la política, y se  usen para validar imágenes distorsionadas de la realidad o resulten en simples operaciones políticas.

Chile, por los defectos de su sistema electoral, es una democracia de competición limitada y representación popular estrecha. De ahí que la calidad y transparencia de los instrumentos y mecanismos de comunicación política sean relevantes para evitar que se distorsione o manipule la percepción de la ciudadanía, más allá de lo que una sana competencia democrática permite.

En el transcurso de los últimos meses se han redoblado las exigencias públicas en torno a la calidad de la política, la que aparece marcadamente con una baja calificación por parte de la ciudadanía en todos los sondeos de opinión pública. Una mayor inclusión electoral, un comportamiento político más transparente de los partidos y una separación nítida entre política y negocios, son algunos de los aspectos centrales de ese debate.

 Sin embargo, nuestra institucionalidad política sigue presentando persistentemente zonas ambiguas y malas prácticas. Principalmente por falta de regulaciones claras, y la tendencia permanente de los actores políticos a instrumentalizar todos los aspectos, buscando beneficios u oportunidades prácticamente en el límite de la legalidad o la ética pública, y sin preocuparse por afianzar una cultura de la confianza y la transparencia en su funcionamiento.

Así ha ocurrido con el financiamiento electoral público o el funcionamiento de los partidos a la hora de designar candidatos en cada elección.

En el actual escenario electoral se corre también el riesgo de que las encuestas sean instrumentalizadas más allá de su legítimo papel de medio técnico de la política, y se  usen para validar imágenes distorsionadas de la realidad o resulten en simples operaciones políticas.

Desde que el año 2000 se transformaron en un potente instrumento de poder, han crecido en importancia hasta el punto de reemplazar los relatos programáticos de los candidatos, o corregir los aciertos o fracasos de un gobierno. La prueba más fuerte de ello fue la elección presidencial del año 2006 en la que evidentemente instalaron la candidatura presidencial de Michelle Bachelet, hasta ese momento una outsider de la competencia.

En la agenda actual la competencia sobre los nuevo y lo viejo de la política, las imágenes del cambio y los cortes doctrinarios transversales, tienen en  las encuestas un potente instrumento para cristalizar realidades. Sin que quede suficientemente claro para la ciudadanía que son parte de una industria mayor de opinión pública y mercadeo, cuyo objetivo siempre es centrar un foco de atención sobre un producto y facilitar su posicionamiento en la opinión de la gente. Es decir, no son solo un instrumento de interpretación de tendencias sino también de generación de opiniones.

Por ello resulta tan importante su certidumbre metodológica, la que depende del tamaño de la muestra, el universo que cubre, la técnica que se emplea, entre otros muchos aspectos. No es lo mismo una encuesta cara a cara que una telefónica, ni una muestra pequeña donde el margen de error es igual o superior a tres o cuatro por ciento, que una que entrega incertidumbres inferiores al  2.5%.

También son hechos reconocidos que mientras más distante esté en el tiempo el evento que trate de medir, menos fina es su predictibilidad. Como menos finas son las encuestas telefónicas donde  el 50% o más de las llamadas resultan fallidas, lo que altera enormemente la muestra.

La carencia de normas claras sobre estándares metodológicos y las obligaciones o responsabilidades en el uso de las encuestas permite que cualquiera pueda comunicar resultados, muchas veces sin otro objetivo que impactar con cifras a los medios de comunicación  para obtener titulares. O que estos sucumban a la tentación de construir sus propios titulares sin el debido rigor técnico.

En todo caso, la validez mediática de la encuesta siempre es otorgada por el medio que la acoge o produce, lo que no es en sí reprochable, a condición de que se informe adecuadamente el perfil técnico de la encuesta.

En un acto de perfeccionamiento democrático que sería muy deseable en Chile, junto con la información técnica completa debería exigirse que las encuestas  indiquen quien la encomendó y la fuente de su financiamiento, especialmente de aquellas referidas a candidaturas. Esa es una de tantas formas mediante las cuales se puede cautelar el derecho de las personas a una información completa y fidedigna y a elegir con libertad.

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