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Extracto del libro "La Familia, historia privada de los Pinochet"

La amante del general

por 8 junio 2009

Acaba de salir a librerías la investigación de los periodistas Claudia Farfán y Fernando Vega, que se adentra en la trastienda de la familia del ex dictador, desde los inicios del matrimonio Pinochet-Hiriart, hasta los escándalos financieros que aún no terminan de ventilarse en tribunales. Aquí, El Mostrador publica una parte del capítulo "El secreto que Pinochet se llevó a la tumba", donde se aborda la historia de la familia en Ecuador, en los años 50, donde el general conoció a Piedad, su gran amor.

El general Pinochet no pudo revelar a su mujer el secreto que le ocultó durante casi cincuenta años. Al final de sus días, ante la inminencia de la muerte, el anciano dictador recordó muchas veces a la hermosa quiteña de quien se enamoró mientras fue destinado a Ecuador junto a su familia. Y cada vez que esa imagen vino a su memoria, de manera inevitable lo invadió un sentimiento de culpa.

Sin embargo, tampoco en el ocaso de la vida se atrevió a confesar su traición a la mujer que lo acompañó durante parte importante de su existencia. Tuvo miedo de su reacción.

Tal como sucedió dieciséis años antes, en 1990, cuando el comandante en jefe del Ejército rompió en pedazos la última carta que le envió la bella quiteña de origen árabe que conoció en 1957. Tras meditarlo durante varias semanas tomó la decisión de borrar toda la evidencia que pudiese delatar la huella de su paso. Lo detuvo el hecho de que esa misiva hubiese sido escrita por su antiguo amor en su lecho de muerte, en el estado agónico que vivió como consecuencia de una larga enfermedad.

Además, en su larga misiva de despedida, ella admitía haberlo querido como a nadie en el mundo hasta entonces, muchos años después del primer día en que se vieron en la capital de Ecuador. No fue fácil para el viejo militar deshacerse de la carta, porque tampoco había dejado de querer a la joven de origen árabe. Pero el ex gobernante prefirió destruirla ante el terror que le produjo la sola idea de ser descubierto por Lucía Hiriart. Hubiese sido una deslealtad demasiado dolorosa para ella, quien siempre creyó que ese romance había concluido en 1959, apenas el general Pinochet abandonó Quito para regresar en forma definitiva a Chile.

Fue la verdad que él prefirió contarle con el propósito de ser perdonado, pero también con la intención de devolver a su mujer la tranquilidad que perdería sin saberlo a partir del momento en que respaldó la decisión de su marido de trasladarse a vivir a Quito.

Como muchas otras veces en su vida, la ex primera dama se sumó a una nueva aventura profesional de su marido con todos los costos personales y familiares que implicaba un traslado. Más aún, en este caso, en que el clan optó por radicarse en otro país. Lucía Hiriart aceptó acompañarlo porque entendió que era un gesto de reconocimiento a la carrera militar del entonces mayor de Ejército, quien fue elegido por el alto mando de su institución junto a otros destacados cinco oficiales para reformar la Academia de Guerra de Ecuador.

Entre ellos estaban el coronel Aníbal Mansilla, el teniente coronel Miguel Casals, y los mayores Carlos Matus y Francisco Gorigoitía. Este último trabó una amistad entrañable con Pinochet. Además, se trataba de una misión con carácter diplomático, impulsada al más alto nivel por los respectivos presidentes de las Repúblicas, el general Carlos Ibáñez del Campo y el entonces mandatario ecuatoriano José María Velasco Ibarra, pues ambos eran firmes defensores de una alianza estratégica entre los dos países, cuyo enemigo histórico común era Perú.

La familia luce sonriente en una fotografía que aparece en el libro Camino Recorrido. Fue captada en la cubierta del barco Marco Polo en abril de 1956, durante el viaje con destino a Quito. A juzgar por la expresión de los rostros, tanto el matrimonio como sus tres hijos mayores parecían entusiasmados por el periplo que iniciaban, aunque este no estuviera exento de preocupaciones, considerando que el militar ganaba lo justo para cubrir los requerimientos de una familia de clase media. Según la documentación que se guarda en la cancillería chilena sobre el viaje realizado por este grupo de militares en 1956, el ingreso del mayor Pinochet era de seiscientos dólares mensuales. En aquella época no era una cifra exorbitante, pero sí lo suficientemente elevada como para abrir al clan chileno las puertas de la alta sociedad de Quito. En primer lugar, hizo posible que el matrimonio arrendara una cómoda casa en el barrio La Mariscal, el más elegante de ese entonces en la capital de Ecuador.

En esa zona de la ciudad residían embajadores, ejecutivos extranjeros y adineradas familias de origen árabe. Con el paso de los años, sin embargo, la gente más pudiente se trasladó a otras áreas de la ciudad y el lugar donde vivió la familia Pinochet pasó a ser un barrio más bien bohemio. Del pasado esplendoroso de La Mariscal quedan varias mansiones de dudoso gusto. Hoy, en su mayoría, han sido transformadas en hoteles económicos que sirven de alojamientos a turistas o profesionales jóvenes. La casa que habitó el matrimonio chileno junto a sus tres hijos tampoco existe. No obstante, los vecinos más antiguos recuerdan con exactitud donde vivían los Pinochet-Hiriart casi cincuenta años antes, porque el golpe de Estado de 1973 hizo del anónimo mayor de Ejército que los saludaba con gentileza cada mañana, uno de los personajes más célebres y controvertidos que recuerdan haber conocido en su barrio. Ubicada en el número 445 de la calle Carrión, la vivienda que ocupó la familia del dictador era una de las más sencillas de ese sector de Quito.

Similar a las construcciones que habitaban los profesionales de la clase media-alta ecuatoriana, era de color verde oscuro, de dos pisos y tenía tres dormitorios. En la pieza más amplia se ubicaron los padres. En la más pequeña se asentó el primogénito, Augusto, mientras sus hermanas Lucía y María Verónica debieron compartir una de tamaño intermedio. Al igual que sus vecinos, la ex primera dama contaba con el servicio de una empleada que se encargaba de las tareas domésticas. Los primeros meses de vida en Ecuador parecieron transcurrir con relativa calma para todos ellos.

Los tres hijos tuvieron tiempo para adaptarse en forma progresiva al nuevo entorno que los rodeaba, pues llegaron en abril a Quito y las clases en sus respectivos colegios comenzaron en octubre. Por decisión de la madre, los tres hermanos fueron matriculados en establecimientos de formación católica. Lucía y María Verónica ingresaron a Los Sagrados Corazones de La Dolorosa. Enclavado en una pequeña colina, cerca de la casa donde vivió la familia, la antigua construcción de piedra, al estilo de los tradicionales colegios europeos, albergaba entonces a las niñas y jóvenes que provenían de las familias más adineradas de la ciudad.

Hasta el día de hoy, el establecimiento mantiene parte del estatus de aquella época, y sus funcionarias niegan toda posibilidad de indagar en el desempeño escolar que tuvieron las dos hijas mayores del general. El matrimonio pudo inscribir a sus hijas en ese colegio gracias a la categoría que le daba la misión militar que cumplía el padre de la familia en la Academia de Guerra. Los oficiales chilenos fueron aceptados con la deferencia con que recibían allí a las delegaciones diplomáticas. En cierto sentido, esta receptividad era una expresión del reconocimiento a la preparación profesional del Ejército chileno, que compartía gran parte de las altas esferas políticas y militares de Ecuador en ese entonces.

Por esa razón, no fue extraña para nadie la presencia del mayor Pinochet y de su señora en innumerables fiestas o comidas organizadas por la elite de Quito en embajadas, en exclusivos clubes de la ciudad y en sus propias residencias. Pero esa faceta era sólo una parte de la vida social que llevó el matrimonio chileno en la capital ecuatoriana. En muchos otros momentos de su estancia, la familia se caracterizó por una cotidianidad bastante más austera y acorde a los ingresos económicos de un oficial de Ejército. Los fines de semana, por ejemplo, solían subirse al auto Chevrolet del año 56 que le proporcionó en forma gratuita la institución al padre, y partían con rumbo a las afueras de la capital para realizar un picnic con los otros militares que integraban la misión chilena.

En otras oportunidades, iban de paseo a una piscina que estaba a media hora de Quito, de nombre «Cununyacu», donde disfrutaban de un animado día de sol con plena libertad, sin verse en la obligación de medir su comportamiento como sí debían hacer en las recepciones oficiales a las que eran invitados. Sin embargo, era en este último mundo donde la mayor de la hijas del matrimonio parecía sentirse más a gusto.

Lucía, de trece años de edad, se integró a un grupo de jóvenes de su colegio relacionado con los círculos más conspicuos. Deslumbrada, entonces, por un estilo de vida que admiraría hasta el día de hoy, la primogénita del clan reemplazó la amistad que tenía con los hijos de los otros oficiales chilenos por la de sus nuevos conocidos en Ecuador. Así fue como se hizo frecuente divisar a Lucía en el exclusivo "Quito Tenis Club" de la ciudad, donde no todos tenían permitido el acceso. Participaba allí en encuentros bailables junto a sus nuevas amigas, la mayoría de las cuales era cuatro o cinco años mayores que ella. Una de sus confidentes en aquellos años fue Margarita Pérez de Hurtado, quien años más tarde se convertiría en primera dama de Ecuador.

Tras su abrupto regreso a Chile, Lucía se mantuvo en contacto con algunas amigas a través de cartas que se enviaron en forma periódica durante un par de años. Sin embargo, a juzgar por el relato de sus ex compañeras de colegio, la hija mayor del general Pinochet guardó para sí el motivo que causó su repentina despedida. Recuerdan que fueron días en que el semblante de la chilena se veía especialmente triste. Años más tarde, una de las pocas veces que se referiría a la historia de Piedad, la primogénita confidenció a uno de sus ex maridos que el quiebre matrimonial de sus padres fue una experiencia muy dolorosa para ella.

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