Jueves, 8 de diciembre de 2016Actualizado a las 11:05

Opinión

Una verdad incómoda

por 7 agosto 2009

Una verdad incómoda
Al fin y al cabo el poder es el único común denominador posible entre René Alinco y Eugenio Tironi, entre Guido Girardi e Ignacio Walker, entre Osvaldo Andrade y Andrés Velasco. El único inconveniente es que esta dura verdad, esta voluntad vacía de todo contenido, ha quedado tan al desnudo que Marco Enríquez ha podido monopolizar sin problema todo el sex appeal propio de una campaña presidencial.

Hay una virtud que el candidato Frei ha mostrado que le sobra y que nadie le podría negar sin cometer una injusticia grave: la perseverancia. Gracias a ella, dejó en el camino a Soledad Alvear,  José Miguel Insulza y Ricardo Lagos. Es indudable que la primera condición de todo candidato es una buena dosis de apetito por el poder, y por ahí fallaron sus (no) contendores. Frei quiere, y esa voluntad férrea le ha permitido llegar hasta donde está cuando, hace un año, nadie daba un peso por él. Frei se lanzó cuando todo indicaba que no era su momento, perseveró cuando nadie creía en él, e insistió cuando nadie más parecía estar disponible, y ahí lo tenemos, cual Lázaro resucitado intentado resucitar a una Concertación que se resiste a morir.

 Si la voluntad es su fortaleza, es al mismo tiempo su debilidad: es candidato porque mostró una voluntad que los otros no, y es candidato porque los otros pesos pesados de la coalición gobernante ni siquiera estuvieron dispuestos a entrar a la cancha. Entonces, a cambio de una primaria Frei-Lagos, los chilenos tuvimos derecho a un mal remedo de primaria regional, con  debate transmitido sólo para la Quinta de Tilcoco, y un buen pugilato final. El cuadro de un Frei discurseando mientras Escalona y Gómez se insultaban a medio metro terminó siendo quizás la mejor postal de las contradicciones internas de un Frei capturado por una Concertación moribunda, en la que las injurias han terminado por reemplazar a las ideas, y en donde cada día cuesta más ocultar la motivación exclusiva que los une: el poder.

 Frei quedó así, atrapado por una coalición que muestra unos signos de agotamiento material que son demasiado evidentes, y cuyos síntomas resulta casi inoficioso detallar. Baste decir que la Concertación se quejó durante quince años de los "enclaves autoritarios" que le impedían ser mayoría en ambas cámaras, pero, cuando finalmente logró esa ansiada mayoría, le duró menos que un suspiro. Y si no duró fue porque, de un tiempo a esta parte, carece de idea matriz: con los años ha terminado por transformarse en una simple administradora de cuotas de poder. Vacía de contenidos, huérfana de ideas, sin doctrina ni proyecto común, Frei tuvo que resignarse a ser el candidato de una coalición a la que nadie en su sano juicio le promete un futuro esplendoroso.

 Dadas estas circunstancias, Frei podría haber intentado elevar un poco el nivel del debate, tratar de infundir una nueva mística a la desgastada Concertación. Pero no quiso o no pudo: para eso habría necesitado convicciones fuertes e ideas centrales. Y no las tiene. Frei no está sólo preso de la Concertación, lo está también de sus propias contradicciones, de sus propios silencios y de su propia historia. ¿Quién es, a fin de cuentas, Eduardo Frei? ¿Qué ideas precisas tiene Frei de lo que debe ser el Chile de los próximos 20 años? ¿Qué de nuevo nos puede ofrecer un ex presidente que no brilló en su primer mandato?

 Dicen que se ha puesto estatista. Puede ser, pero para eso debería aclararnos por qué diablos privatizó todo cuanto pudo mientras fue Presidente. También debería explicarnos que quiere decir "más Estado" en momentos en los que el Estado chileno hace agua por todos lados, y no sólo por falta de recursos. Si pasa lo que pasa en el Sename, si pasa lo que pasa en el Félix Bulnes y en el Hospital de Talca, si pasa lo que pasa en Chiledeportes y en la educación pública: ¿qué puede querer decir "más Estado" en un país como el nuestro? No tengo un pelo de liberal, y por lo mismo no arranco despavorido cuando escucho la palabra "Estado", pero debo confesar que al Estado chileno le guardo cierta distancia. ¿No sería mejor intentar hacer mejor lo que el Estado hace mal, y sólo luego encomendarle nuevas tareas? Pero no es el fondo lo que importa, sino la eficiencia del slogan: pura voluntad de poder.

 Dice que está dispuesto a debatir todos los temas, incluso el aborto terapéutico. Pero, al hacerlo, se traiciona a sí mismo y a su propia historia política. Si el Frei de 1993 se negaba tajantemente a abrir cualquier discusión respecto del aborto, el de 2009 parece bien dispuesto a ceder al chantaje pseudo progresista del inenarrable Guido Girardi, si acaso eso le sirve para ganar. ¿Cómo explicar un cambio tan profundo en un tema tan sensible? ¿Acaso el Frei 2.0 abandonó ya todas las convicciones en la frenética lucha por el poder? Ganar, ganar: tal parece ser la única obsesión que ocupa la mente de Frei. Y está bien, pues se trata de la obsesión natural de todo candidato. Pero al mismo tiempo, Frei debe ser capaz de responder claramente para qué quiere ganar. Porque ésa es la pregunta de fondo, al menos la que nos interesa a los votantes: ¿para qué quiere usted ganar?, ¿sólo porque no puede vivir sin el poder?, ¿o porque la gran familia concertacionista se lo pide a gritos? Como razón para pedir el voto, es un poco insuficiente.

En su favor, cabe decir que, simplemente, no puede hacer más: al fin y al cabo el poder es el único común denominador posible entre René Alinco y Eugenio Tironi, entre Guido Girardi e Ignacio Walker, entre Osvaldo Andrade y Andrés Velasco. El único inconveniente es que esta dura verdad, esta voluntad vacía de todo contenido, ha quedado tan al desnudo que Marco Enríquez ha podido monopolizar sin problema todo el sex appeal propio de una campaña presidencial. Así, mientras la diputada Saa insulta, mientras Escalona amenaza, mientras los radicales exigen influencia programática para contentarse luego con unos pocos cupos, la Concertación le ha regalado al diputado díscolo toda la cancha, toda la iniciativa y todo el espacio para desplegar un discurso atractivo (y eso que el gobierno, en un notable ejercicio democrático, se negó a dar la inscripción automática y el voto voluntario para las elecciones de diciembre: caso contrario, la paliza hubiera sido memorable).

En todo caso, a estas alturas, la única pregunta que le interesa a Frei es si acaso ese motivo, desnudo y todo, expuesto al público en toda su crudeza e imposible ya de ocultar, le alcanza para ganar. Y la respuesta es que sí: tiene tantas ganas, tanto apetito que eso podría bastarle. Sobre todo porque Piñera y la derecha muestran un entusiasmo mucho más moderado, por decir lo menos. Por lo mismo, el verdadero adversario de Frei no es tanto Piñera como Marco Enríquez. Del cómo logre neutralizarlo, de cuánto logre alejarse de él en primera vuelta, de cuántos de sus votos logre cosechar en la segunda; de esos factores dependerá en definitiva si Frei tiene o no éxito en su empresa. Pero en todas estas materias, hasta ahora, su comando ha demostrado una aptitud bastante cercana a cero. De continuar en la misma línea, no es descabellado pensar que toda la perseverancia de Frei sólo haya servido para retrasar algunos meses la inevitable procesión a un pequeño villorrio de la Quinta Región Cordillera: Caleu.

*Daniel Mansuy es Master en Filosofía y Ciencia Política.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes