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Opinión

La PSU me quiere gobernar

por 29 septiembre 2009

La PSU me quiere gobernar
La PSU es un artilugio para ponerle números a lo que en verdad carece de números, como es el conocimiento. Uno comprueba si alguien domina un determinado campo del saber cuando ve que el cuerpo de la persona se despliega armónicamente, con energía y precisión, en ese ámbito. Es lo que se ha dado en llamar la danza del conocimiento, el modo seguro de moverse de un piloto de avión, de un profesor experimentado, de un buen cocinero.

La PSU es un formulario oficial de preguntas y respuestas que los estudiantes egresados de educación media deben responder satisfactoriamente a fin de postular a la universidad. Las preguntas son habitualmente capciosas, y tratan de confundir al postulante, que a su vez debe ser más astuto que los astutísimos seres que redactan las preguntas.

No es que quiera ufanarme personalmente de nada, pero puedo contar que un párrafo que escribí yo en algún artículo o libro se ha usado en la PSU, preguntándose a los postulantes qué quería decir exactamente el autor, y ante las cinco respuestas posibles no fui yo mismo, que lo había escrito, capaz de responder. En verdad, el texto es abierto, literario, y no soporta la disección científica en base a opciones de respuesta que excluyan a las otras. O sea que el texto carece de una "respuesta correcta", porque lo correcto o incorrecto no forma parte importante de lo literario. Esta contradicción flota de manera insistente sobre toda la parte de la prueba que tiene que ver con historia, con idiomas o con las artes, saberes donde la interpretación subjetiva suele ser más relevante y más sólida que los hechos.

La PSU representa un esfuerzo de la sociedad por medir conocimientos. Hay quienes se esfuerzan por comprobar quien es el alumno que sabe más, y quien el que sabe menos. Necesitan hacerlo, tal como necesitan saber cuál es la mujer más bella del universo, o el poeta más exitoso, o la canción más romántica de la historia, y en verdad no es posible sancionar un ordenamiento objetivo y universal porque ni la belleza ni la poesía ni el romanticismo funcionan así.... En fin, gracias a este test logramos ordenar matemáticamente a los postulantes por sus puntajes. Los puntajes marcan la habilidad de los muchachos y muchachas para resolver este singular sudoku, eso es indiscutible, pero no necesariamente los conocimientos, destrezas y actitudes que corresponden a alguien que sabe de lo suyo. Quizá los jóvenes que hacen la PSU poseen adicionalmente habilidades sociales, musicales, digitales, deportivas, etc., que la prueba no mide. Los campos de conocimiento relevantes de la prueba no están confiados al criterio de los jóvenes, sino al de las autoridades ministeriales, a burócratas. ¿Tiene una joven de quince años el deber de concentrarse en las propiedades del precipitado de fenolftaleína más que, digamos, en asuntos de psicología o de moda o de barrio?

La PSU es un artilugio para ponerle números a lo que en verdad carece de números, como es el conocimiento. Uno comprueba si alguien domina un determinado campo del saber cuando ve que el cuerpo de la persona se despliega armónicamente, con energía y precisión, en ese ámbito. Es lo que se ha dado en llamar la danza del conocimiento, el modo seguro de moverse de un piloto de avión, de un profesor experimentado, de un buen cocinero.

Pero detrás de todo el fenómeno PSU está la necesidad de muchos por judicializar la pedagogía. Al final, se trata de saber si el (o la) estudiante es culpable o inocente. Con bajo puntaje, aparece a la vista la culpabilidad de aquel joven su pereza, su idiotez, su inadaptación, su carácter residual. Y para los afortunados que solucionan el sudoku, los inocentes, aquella tersura de inmaculado, lo inteligente, lo previsor, lo trabajador. No sabemos si realmente la prueba mide conocimientos. Pero sí es seguro que los postulantes, después de haberla hecho, quedan etiquetados, condenados, con su puntaje amarrado al tobillo a la manera de los antiguos presidiarios.

Lo judicial, sin embargo, sólo sabe de culpas o inocencias, y por eso atiende poco a los matices. Judicializar la enseñanza es, en verdad, contradecir el modo como aprendemos. Aprendemos durante toda la vida, y lo hacemos de manera silenciosa, a veces sin darnos cuenta, aprendemos de los amigos, del entorno, de los seres queridos, de la televisión, de internet, aprendemos imitando, equivocándonos, maravillándonos... aprendemos dormidos o despiertos. El aprendizaje es un continuo, y tiene que ver  no sólo con respuestas correctas, sino también con valores, con sorpresas, con descubrimientos, con curiosidades.

Puede que el fundamento ontológico de la PSU sea, quizás, la necesidad de visualizar la existencia (caótica, incomprensible) como un edificio ordenado donde cada cual ocupa el lugar que le corresponde. La PSU es un corte transversal que pretende reemplazar las entrañas de cada joven por un número. Pero en fin, dirán las mentes prácticas, es esta la única manera de garantizar que a la universidad vayan los más aptos. Y uno sabe que cuando se recurre a la frase "la única manera" podemos esperar después en cualquier cosa. Aparte de que hoy no son ya los jóvenes quienes van detrás de las universidades sino al revés, las universidades (con ese nombre funcionan muchas de ellas pese a no serlo) van detrás de los jóvenes, o sea de los clientes. Y ya en el terreno del mercado, la PSU es un nuevo nicho de productos y servicios, entre los cuales encontramos a institutos, sitios web, libros, manuales, etc., todos los cuales se afanan en adaptar el alma de los jóvenes a estos cuestionarios que se resuelven más con astucia que con sabiduría.

Finalmente lo más amargo de la PSU es que (como las notas) consagra a la educación como una cosa terrorífica, obligatoria, desagradable, cuyo premio no sería lo que descubrimos personalmente al conocer, sino un número más grande o más pequeño según sea la cantidad de respuestas acertadas, una recompensa externa que rebaja el valor del conocimiento y lo despoja de su belleza natural. Hay algo de deshumanización en todos estos tests y en todos los formularios. Como afirma el pedagogo John Holt, los seres humanos somos máquinas de aprender, y aprendemos autónomamente, por puro gusto, sin necesidad de instituciones, en cada momento de nuestra existencia. La pretensión de que el saber debe ser un producto medible porque o si no, no vale, la actitud pesimista de que lo importante es el test y no el goce de descubrir el mundo, son nubes negras y tristes que flotan sobre esta y cualquier otra PSU que pretenda gobernarnos.

*Guillermo Tejeda es académico de la Universidad de Chile.

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