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Los costos del "desalojo" político del gabinete que Allamand alertó

Piñera y su presidencialismo extremo

por 16 febrero 2010

Piñera y su presidencialismo extremo
Las críticas del autor de la tesis del "Desalojo" a Sebastián Piñera por nombrar un gabinete sin personeros con experiencia política y alejado de los nombres promovidos por RN y la UDI podrían acrecentarse si el futuro Mandatario comete "el mismo error" cuando designe a sus subsecretarios. Según Claudio Fuentes no habría que sorprenderse si lo hace. El director del Instituto de Investigación en Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales vaticina que desde el 11 de marzo "observaremos una curiosa disputa entre un Presidente que ansiará concentrar poder y sus aliados que intentarán privadamente moderarlo". ¿Las dos almas del nuevo gobierno?

A partir del 11 de marzo de 2010 presenciaremos la instalación de lo que podríamos llamar un “presidencialismo extremo” en nuestro país. Discursiva, política e institucionalmente observaremos una curiosa disputa entre un Presidente que ansiará concentrar poder y sus aliados que intentarán privadamente moderarlo.

Discursivamente ya se ha instalado el poderoso slogan de la “unidad nacional”. Aquellos que no estén dispuestos a colaborar con el gobierno serán acusados de oponerse a un proyecto patriótico y nacional. El discurso es poderoso por cuanto apela a fibras presentes en nuestra sociedad y que se relacionan con la aspiración de vivir en una patria libre de conflictos, pero históricamente dividida.

La puesta en escena del anuncio del gabinete en el Museo Histórico Nacional apela precisamente a recuperar un sentido patriótico original, donde un grupo de hombres ilustrados establecieron las bases de lo que sería la República. Oponerse a este emprendimiento nacional sería equivalente a una traición. El presidente electo se convierte de este modo en un ícono nacional, sobre los partidos, que vela por los valores sagrados de la patria. Piñera y sus colaboradores actúan motivados -como se ha insistido- “por un profundo sentido de servicio y amor al país”. Ravinet se une a sus filas en aras de la “unidad nacional”. La continuidad histórica va de O’Higgins a Aylwin, y de Aylwin a Piñera.

Políticamente, los primeros días han reflejado una fuerte personalización en la figura del presidente electo y un distanciamiento de los partidos que lo llevaron al poder. El Presidente electo no consultó a los partidos al conformar su gabinete; se rodeó de cercanos y conocidos; le informó a los partidos de su coalición a último minuto sobre sus decisiones; y menos del 40% del gabinete corresponde a militantes activos de la UDI y RN.

Pero más que los colaboradores que invitó a participar, quizás lo más significativo fueron aquellos que no fueron invitados al festejo. El senador Pablo Longueira públicamente manifestó su intención de convertirse en ministro en campaña para eliminar los campamentos del país. Rodrigo Alvarez era una carta casi segura para participar del gabinete. El senador Sergio Romero era una propuesta segura de RN para el ministerio de Defensa. Teodoro Ribera—un militante histórico de RN—se anunciaba como el más probable canciller. Nada de ello ocurrió.

Los partidos fueron relegados a los márgenes y se les dejó poco espacio político para incidir en la nueva administración. Políticamente, Piñera dio un golpe de timón al querer imponer las nuevas reglas del juego político: él coloca la agenda, él decide quiénes serán sus colaboradores, él define el timing de su gobierno.

La de Piñera es una apuesta arriesgada: la experiencia demuestra que a mayor distanciamiento de los partidos, mayores son las posibilidades de fracaso.

Institucionalmente, el presidente electo se rodea de cercanos colaboradores en La Moneda. Su círculo estrecho (Hinzpeter, Larroulet, Brahm, Flores, Larraín -Felipe-) gestionará la agenda presidencial. Chile cuenta con uno de los Ejecutivos más poderosos de la región desde el punto de vista de las atribuciones del Presidente. Seguramente Piñera lo sabe, pues en su esquema de decisiones los actores claves se organizan en torno al Palacio: Interior, Presidencia, Hacienda y un segundo piso de corte ejecutivo—no estratégico como el de Lagos—marcan el diseño institucional.

En este esquema, los partidos de la UDI y RN no se sienten representados. Hinzpeter es ante todo leal al futuro mandatario. Larroulet es en definitiva un independiente. Ena von Baer no representa los intereses del grupo fundador de la UDI.

La solución encontrada -un comité político ampliado- no hará otra cosa que robustecer la figura presidencial. En efecto, el diseño contempla un espacio de toma de decisiones que incluye a los ministros políticos (Segpres, Segegob, Interior), los presidentes de RN y UDI, y representantes de las bancadas parlamentarias y de los alcaldes de dichos partidos. Un espacio amplio para dialogar con el Presidente, pero seguramente con nula capacidad ejecutiva. Un espacio donde el Presidente probablemente informará de su agenda, y los partidos intentarán balancear el poder presidencial. Mientras más actores se sienten en la mesa, mayores posibilidades que se diluya el poder de los partidos.

La experiencia de gobiernos anteriores demuestra que un factor clave del éxito -independientemente de la existencia de un segundo piso fuerte o débil- es, primero, la sintonía entre el Presidente y sus ministros políticos y, segundo, la vinculación entre el poder presidencial y los partidos de la coalición. Aylwin combinó en forma casi perfecta ambos elementos. Frei y Bachelet enfrentaron serias dificultades iniciales, seguidas por un período de mayor sintonía. El diseño de Lagos consideraba un sólido segundo piso y vinculaciones políticas a través de sus ministros políticos.

Piñera opta por un modelo con un fuerte control de la gestión desde la Presidencia, ministros “hacedores” y un equipo político con ejes gravitantes en Presidencia e Interior. Se trata de una apuesta arriesgada porque la experiencia demuestra que a mayor distanciamiento de los partidos, mayores son las posibilidades de fracaso.

Así, somos testigos de una intensa batalla dentro de la Alianza por contener las tentaciones de un “presidencialismo extremo”. Longueira, Larraín y otros profesionales de la política buscarán limitar informalmente los poderes de un Presidente que, legalmente, tiene muchas atribuciones para ejercer su poder.

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