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Los errores no forzados del oficialismo por imitación de Piñera

Asunto: Halcón y Camaleón

por 8 julio 2010

Asunto: Halcón y Camaleón
Alguien dijo que a Lagos le habían fallado las políticas públicas, pero no la política. El riesgo para Sebastián Piñera es el opuesto: que su equipo ejecute bien el diseño e implementación de las primeras, pero haga agua en su capacidad de comunicar sus aciertos por berrinches de Palacio que afectan la convicción democrática del Presidente.

Si alguien pensaba que la derecha se dividía entre liberal y conservadora sólo por las denominadas cuestiones “valóricas”, se equivocaba. En el ámbito político subyace también una grieta que separa los espíritus democráticos de aquellos con nostalgia del autoritarismo, o dicho en forma más adecuada al presente caso, entre aquellos que aceptan las reglas del juego de la libertad de expresión y aquellos que cuando ostentan el poder sienten la tentación de utilizarlo para intervenir dicho juego.

El viejo proverbio “los cuidados del sacristán terminan matando al cura” debe estar rondando en La Moneda. En las últimas semanas han desfilado por los medios de comunicación connotadas figuras de oficialismo haciendo contraproducentes defensas del prestigio del primer Mandatario. Primero por los desaires del mundo del fútbol (que llevó a un alcalde a pedir la expulsión del territorio chileno de Marcelo Bielsa, recordando tristes prácticas de otra época), y luego por la imitación del Presidente de la República en un programa de televisión, lo que pudiendo ser una cuestión meramente anecdótica fue convertida por sus partidarios en un problema de Estado.

En el próximo encuentro en Cerro Castillo la instrucción debería ser, para todos ellos, “no me ayuden tanto compadres”. No tiene nada de malo mostrarse leal y aguerrido; la torpeza política es aparecer histérico y sobregirado. Suponemos que cuando Allamand pide por los diarios una vocería más encaradora, se refiere a lo primero y no a lo segundo.

Estos errores no forzados no sólo contribuyen a alimentar a una Concertación ociosa y hambrienta de polémica facilona (que olvida que en sus tiempos llamaba “femicidio político” a cualquier crítica subida de tono contra Michelle Bachelet, incluidas las alusiones humorísticas), sino que fundamentalmente desperfila el buen trabajo que se estaba haciendo desde que el Ejecutivo retomó el control de la agenda tras la venta de LAN.

El viejo proverbio “los cuidados del sacristán terminan matando al cura” debe estar rondando en La Moneda. La imitación de Kramer pudo ser una cuestión anecdótica y terminó convertida en un problema de Estado.

Nuevamente, están bailando una música que ellos no pusieron. Alguien dijo que a Lagos le habían fallado las políticas públicas, pero no la política. El riesgo para Sebastián Piñera es el opuesto: que su equipo ejecute bien el diseño e implementación de las primeras, pero haga agua en su capacidad de comunicar sus aciertos por otros distractores artificiales de factura interna.

Sin embargo, esta discusión abre una vertiente que no puede ser asimilada a la mera inexperiencia del oficialismo. La libertad de expresión cobra toda su relevancia cuando su producto disgusta al gobernante. Si sólo se pudiera decir públicamente aquello que nos encanta escuchar, no tendría mucho sentido hablar de ella. Parte de la fortaleza política y moral con la cual Sebastián Piñera enfrenta a Hugo Chávez o a la dictadura castrista viene de esta íntima convicción democrática. La rabieta, berrinche o “malestar” de palacio se nota demasiado cuando se cita al directorio de TVN bajo el rótulo “Asunto: Halcón y Camaleón”. La fortaleza de las convicciones democráticas pierde peso.

El Presidente ha dado muestras repetidas de resiliencia. No lo botó una grabadora Kioto, no naufragó ante un Almirante, no lo sepultó el “cosismo” en sus mejores tiempos, no sucumbió ante la SVS… no se va a amilanar ahora ante la genialidad de un imitador y la complicidad de un animador.

Sebastián Piñera tendrá el pragmático derecho de evitar tensiones entre las dos almas que conviven en su gobierno respecto de las espinudas cuestiones “valóricas”. En ese ámbito, los liberales ya perdimos toda esperanza de presenciar una administración vanguardista. Pero si quiere hablar de “nueva derecha”, entonces donde no tiene derecho a vacilar es en la erradicación total y definitiva de los fantasmas de la intolerancia y el gatillo censurador, insumos de un autoritarismo que nadie quiere reeditar.

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