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Análisis Político

Barrancones: la elite perpleja

por 31 agosto 2010

Barrancones: la elite perpleja
Los empresarios, instalados ahora en el muro de los lamentos, intuyen que el guión que operó en todos y cada uno de este tipo de casos durante los 20 años de gobierno de la Concertación, no va más.

De Jovino Novoa a Carlos Peña, de  Hernán Büchi a Jorge Pizarro, reveladora ha sido la reacción en bloque criticando el telefonazo de Piñera para frenar la termoeléctrica Barrancones. En distintos tonos, y con variopintas cuñas, el asunto produce una comezón en el establishment que entiende que el hecho político tiene implicancias que van mucho más allá de la buena salud de pingüinos y delfines.

La apelación al unísono al tema de la institucionalidad vulnerada parece ante todo el temor a lo desconocido. Los empresarios, instalados ahora en el muro de los lamentos, intuyen que el guión que operó en todos y cada uno de este tipo de casos durante los 20 años de gobierno de la Concertación, no va más.

Con un diseño de poder que privilegió los intereses de las grandes empresas como garantía de la paz social, el grupo que operó como accionista mayoritario de la coalición de centro izquierda entendía que las regulaciones en sectores como bancos, concesiones viales, inmobiliarias,  seguros de salud y energía, entre otras, escondía la lógica de la ley del embudo: ancha hacia el lado de los intereses de los consorcios, delgada para el de los consumidores, usuarios y grupos ciudadanos organizados. Si no, pregúntenle al entonces ministro de Obras Públicas, Eduardo Bitrán (un liberal con PhD en Estados Unidos) qué le pasó cuando quiso detener las concesiones para discutir con calma un nuevo marco regulatorio menos asimétrico.

La sacrosanta institucionalidad devino así en un tinglado repleto de recovecos y leguleyadas, que un selecto grupo de lobbistas y operadores, digitaba desde un lado y otro de la llamada “cooperación público-privada”. Una red bien aceitada que tocaba afinadamente las teclas en el Ejecutivo y el Congreso, en los directorios y los medios de comunicación. En ese mapa, todos sabían quién es quién, y qué había que hacer para sortear los lomos de toro puestos en el camino de la inversión, base del crecimiento económico. Ese diseño, por cierto, asignaba un rol de comparsa a la derecha política, a lo más como dique de contención justamente ante cualquier intento de cambiar las reglas. Eso, hasta ahora.

En distintos tonos, y con variopintas cuñas, el asunto produce una comezón en el establishment que entiende que el hecho político tiene implicancias que van mucho más allá de la buena salud de pingüinos y delfines.

Pero así como la Concertación gobernó rindiendo prueba de la blancura ante el empresariado y conjurando los fantasmas de las colas, las expropiaciones y el desorden fiscal, Piñera llega a La Moneda condicionado por la imagen del hombre de negocios depredador, insensible y abusivo, que buena parte de la ciudadanía asocia a ese gremio.

Y aunque nadie razonable pueda esperar que esto implique un cambio radical en el ritmo de inversión ni menos que se detengan las termoeléctricas, sí es un puntapié al orden del establishment. Las piezas han saltado lejos porque Piñera, para empezar, no es un empresario sino un inversionista. Por eso es que no tiene asiento en el directorio del CEP, donde no falta ninguna de las principales familias que contribuyen al PIB. No es menor tampoco que se haya convertido en Presidente construyendo su espacio a costa de la opción de la UDI, la verdadera red de poder institucional de la derecha chilena. Por si fuera poco proviene históricamente de la DC y no le debe un peso de campaña a nadie. Nada más peligroso para ese circuito de actores que un player libre para moverse a sus anchas.

Es notable que tanto desde la derecha como de la izquierda ya se empiece a hablar del peligro del populismo. Complejo escenario para la ansiedad de control de los fácticos este ejercicio presidencial personalista, pragmático, con amigos pero sin redes, tentado por la popularidad y cuya máxima amenaza es su falta de credibilidad en las encuestas. Constatada ya cómo es la nueva forma de gobernar, queda por ver cómo será la nueva forma de influir en la era Piñera.

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