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Análisis Político

La derecha ingobernable

por 4 abril 2011

La derecha ingobernable
En Palacio el análisis fue certero: sorteada la comisión de la Cámara que debía ver la acusación, había por delante un mes completo de show. Lo que vendría era un tsunami mediático y político de proporciones que debilitaría aún más a un gobierno incapaz de controlar la agenda a pesar de su potente ofensiva de proyectos sociales.

Un amigo periodista que cubría derecha hace años me explicó por qué le gustaba reportear ese sector. “Lo que pasa es que pese a que son (eran) gobierno, las peleas en la Concertación son como la de los negros del Bronx: amenazas, palabras fuertes, algunos golpes pero luego siguen todos en las esquinas del gueto. En cambio en la derecha la lucha es como en El Padrino: se mandan a matar mientras comulgan peinaditos en la misa y bautizan a los niños”.

Y es que terminado el régimen militar, la derecha vivió por años una verdadera guerra civil, con querellas intestinas y pugnas de ego -poderes fácticos incluidos-, que, como bien sentía mi amigo, se robaban la película. El propio presidente Piñera fue protagonista de más alguno de estos, como el Kyotazo. Cómo olvidar la foto de Longueira, Allamand y Fra-Fra por ahí en los 90 inscribiendo un minuto antes que expirara el plazo la lista parlamentaria del sector en el registro electoral, después de un verdadero póker de nervios aderezado de desconfianzas y recriminaciones mutuas.

En algún momento la tensión empezó a decaer. Los años morigeran las pasiones y los ímpetus que daban espectáculo empezaron a ser desplazados por una aparente racionalidad, imprescindible si se quería llegar a La Moneda.

Pero el episodio Van Rysselberghe ha sido un verdadero Déjà Vu.

El epílogo de este capítulo se empezó a escribir el viernes cuando La Moneda decide que la intendenta no va más. El sábado se reúnen los ministros Hinzpeter y Larroulet con la directiva de la UDI para comunicarles la decisión. El escenario que se configuró a partir de la presentación de la acusación constitucional colocó al gremialismo en una posición mucho más débil que la tuvo en febrero para impedir la destitución. El mismo viernes, en el acto por los 20 años del asesinato de Jaime Guzmán, mientras los senadores Larraín y Chadwick hacían noticia señalando que Van Rysselberghe debió renunciar en febrero, Jovino Novoa seguía defendiendo a brazo partido a su protegida política. La fractura en la cúpula era evidente.

Con esto, La Moneda queda notificada de que el que controla la tienda es Larraín. Si la quieren usar, el ministro Hinzpeter y el Presidente tienen que pedirle las llaves de Antonio Varas a él. Por eso también el mandatario es el principal derrotado de este episodio: sin operadores eficaces en los partidos la nueva forma de gobernar es candidata seria para una rutina de Bombo Fica.

Por la tarde del sábado La Moneda informaba a los parlamentarios de RN atrincherados en la VIII región que la decisión estaba tomada. Habían ganado. El timming en política es fundamental y si se esperaba al martes próximo el asunto no tendría vuelta atrás. En Palacio el análisis fue certero: sorteada la comisión de la Cámara que debía ver la acusación, había por delante un mes completo de show. Lo que vendría era un tsunami mediático y político de proporciones que debilitaría aún más a un gobierno incapaz de controlar la agenda a pesar de su potente ofensiva de proyectos sociales. Y lo peor: el clima en el cual el Presidente Piñera llegaría al Congreso a dar la cuenta del 21 de Mayo iba a cortarse con cuchillo.

Como en toda reyerta política que se precie de tal, el asunto deja ganadores y perdedores.

El primero que se anota una victoria es el Presidente de RN, Carlos Larraín. El timonel no dio su brazo a torcer frente al Presidente en la reunión a la que fue convocado esta semana en La Moneda. Nadie lo movió de la decisión de dejar a sus diputados en libertad de acción, y desde ese momento el piñerismo no tuvo más remedio que contar uno a uno los votos. El resultado era que el libelo sería aprobado.

Con esto, La Moneda queda notificada de que el que controla la tienda es Larraín. Si la quieren usar, el ministro Hinzpeter y el Presidente tienen que pedirle las llaves de Antonio Varas a él. Por eso también el mandatario es el principal derrotado de este episodio: sin operadores eficaces en los partidos la nueva forma de gobernar es candidata seria para una rutina de Bombo Fica.

La Concertación también saca cuentas alegres. Más por errores no forzados del adversario que por mérito propio. La acusación era jurídicamente bastante débil (la mentira en la política es tan habitual como el café). Por ende esta es una buena dosis de poder para un sector anémico del mismo, que empieza a sentir los rigores del invierno que significa vivir fuera de ese lugar tibio y mullido que es el aparato estatal.

El polvo de la derrota también lo mordió el senador Jovino Novoa, cuya bravata contra el ministro del Interior de Febrero -leída como clave para que el gobierno no defenestrara a la intendenta en esa ocasión-, se convirtió en un boomerang. Como si no hubiera sido suficiente la negativa para que un UDI químicamente puro entrara al gabinete (Longueira y Chadwick) Novoa y su agenda de ponerle un muro de contención a la aplanadora piñerista nuevamente choca contra la realidad.

Pero lo verdaderamente complejo de todo este embrollo es que en la Alianza volvió recargado el fantasma de la ingobernabilidad. Ese espíritu de fronda que parecía contenido y que si vuelve a irrumpir como constante puede dejar a este gobierno como un mero paréntesis. Y eso sí sería una derrota de proporciones históricas para el sector.

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