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Análisis

El movimiento social en punto muerto

por 2 noviembre 2011

El movimiento social en punto muerto
Si no se aprueba la inscripción automática, será el momento de una masiva campaña cívica de inscripción, como las que hacía el movimiento de los derechos civiles de Estados Unidos o el movimiento chileno de octubre de 1988. Así, en la votación municipal podrían votar millones de jóvenes que, en una proporción de nueve a diez, rechazan el accionar del gobierno en materia educativa. Luego vendrán las elecciones presidenciales y parlamentarias. Estas podrían constituirse en un verdadero plebiscito nacional.

Tras tamaño ejercicio de energía ciudadana, expresada en 5.658 manifestaciones sólo el 2011, los cambios no se producen en el ámbito político-institucional. Incluso se constata que el gobierno se endurece en contra del movimiento social. Duda si sacar adelante la reforma tributaria y la electoral. El proyecto de Ley de Presupuesto no asume la demanda estudiantil, ni siquiera a los ojos de algunos importantes senadores de gobierno.  La contienda política se encuentra en punto muerto. El temor es que estemos entrando en un empate catastrófico en que la presión social no pueda doblegar la resistencia gubernamental.  ¿Qué hacer? Armonizar las  dos formas de contienda política –la transgresiva y la contenida– en una estrategia de corto y mediano plazo. Para ello se requerirá fuerza, maña y paciencia. Insistir en más de lo mismo es una apuesta conservadora y peligrosa. Hay que cambiar el escenario político.

Las protestas en Magallanes consiguieron detener los aspectos más odiosos de la nueva política energética, pero la región no se siente reivindicada. El mundo mapuche se sabe nuevamente postergado. Las manifestaciones contra HidroAysén y las centrales hidroeléctricas no detuvieron la marcha de los proyectos, los que han obtenido victorias judiciales y siguen su curso. El movimiento estudiantil, abrumadoramente apoyado por la opinión pública, no logra las reformas constitucionales y legales que reclama. Destacadas voces empiezan a sostener que son reales las amenazas de la radicalización en la calle; el regreso desordenado a clases –hoy generalizado-; el peligro que los estudiantes más conscientes de la educación pública y de las universidades tradicionales se queden solos, y que cada vez más empecemos a discutir si no estamos destruyendo definitivamente la educación pública, ahora a nivel universitario, con la emigración hacia los planteles privados no tradicionales (sobre todo en regiones).

¿Qué hacer?

Algunos importantes estudiosos de los grandes procesos de cambio,  como han sido los nacionalismos, las democratizaciones, las revoluciones y los movimientos sociales de los últimos dos siglos, sostienen que una clave de los episodios de lucha exitosos es lograr que la contienda transgresiva se imbrique con la contenida. La primera es la episódica y pública en que actores recientemente auto identificados usan acciones y levantan propuestas que no tienen precedentes o que están prohibidos. La contenida es aquella en la que los que participan son todos actores previamente existentes que usan medios, órganos y procedimientos convencionales. Por cierto unas y otras formas de acción, para que sean políticas, suponen al gobierno como actor u objeto de disputa.

Cuando se cree que a través de la calle y plebiscitos extra constitucionales se lograrán los cambios estamos en la contienda simplemente transgresiva. Cuando todas las esperanzas están puestas en la tramitación de la Ley de Presupuesto y las negociaciones en el Congreso Nacional nos ubicamos en la contienda política puramente convencional. Disociarlas es garantía de fracaso. Lo que se observa hoy es justamente  un sostenido rechazo del movimiento social a usar las vías convencionales de acción política. Se teme que se vuelva a repetir lo que se cree es el fracaso del año 2006.   Los pactos intra élites, guiados por fríos cálculos estratégicos, y las rutinas institucionales de un Congreso elegido por el binominal y que requiere de súper mayorías para aprobar leyes, no son capaces de realizar los cambios que Chile requiere y la mayoría reclama.

En  concreto: continuar con el paro estudiantil no es idóneo ni viable para el objetivo de fortalecer la educación pública. Es el momento de cambiar de método e imbricar la contienda política transgresiva con la convencional, uniendo el corto con el mediano plazo.

Es cierto que sin las protestas sociales del 2006 y el 2011 serían impensables las reformas que el gobierno,  ha dicho, presentará. Pero también es cierto que sin acuerdos institucionales el movimiento estudiantil no sólo no verá alcanzado sus objetivos, sino que puede sufrir una derrota estratégica. Si no se logra nada, no sólo más de cien mil alumnos secundarios y universitarios verán perdido su año, si no que muchos se preguntarán si valió la pena tamaño sacrificio. Otros dirán que la democracia no vale nada desertando algunos a la indiferencia cívica y otros a la violencia política. ¿Es necesario correr este riesgo y pagar este costo? Afirmamos que no.

En efecto, es posible mantener las formas más creativas de protesta no convencional y que no signifiquen aumentar los costos que ha significado el paro estudiantil. Es necesario consolidar lo avanzado. Por otro lado, el propio debate dentro del gobierno demuestra que se pueden conseguir victorias en la Ley de Presupuesto. Es simplemente desastroso mantener el aporte basal a las universidades tradicionales, que ya eran ridículos, tras los daños de este año de movilizaciones que acarrean costos económicos evidentes.  Para evitarlo  es indispensable una mayor coordinación del movimiento social con las bancadas opositoras. Las contiendas políticas exitosas hacen uso de corredurías o intermediaciones que son centrales para tender puentes entre actores políticos y sociales, convencionales y nuevos, que antes estaban separados. ¿Alguien está jugando este papel?  Es obvio que el diseño de la  reforma de la educación chilena y el fortalecimiento de la educación pública no se pueden realizar en el corto plazo. Es igualmente sensato presumir que esos grandes proyectos de reforma no los elaborará un gobierno de derecha. ¿Los tiene la centro-izquierda? La respuesta es no. Entonces, por qué no asumir que los próximos meses son tiempo para elaborar y aprobar esos ante proyectos.

Finalmente, si el sistema político chileno aprueba la inscripción automática, en las elecciones municipales del próximo año se podrá jugar el futuro de la educación estatal chilena. Si no se aprueba, será el momento de una masiva campaña cívica de inscripción, como las que hacía el movimiento de los derechos civiles de Estados Unidos o el movimiento chileno de octubre de 1988. Así, en la votación municipal podrían votar millones de jóvenes que, en una proporción de nueve a diez, rechazan el accionar del gobierno en materia educativa. Luego vendrán las elecciones presidenciales y parlamentarias. Estas podrían constituirse en un verdadero plebiscito nacional. Las democracias son justamente semi-representativas o semi-participativas cuando se eligen representantes parlamentarios y, al mismo tiempo, se decide una cuestión que divide al país. Cada elector, al votar por una coalición u otra, podría  expresar su aprobación o rechazo a una determinada idea.

Si el movimiento social ha sido tan creativo, ¿no será el momento de cambiar de táctica y no caer en un pesado conservadurismo en los métodos de acción política? Los medios siempre son contingentes según las finalidades que se persigan, su disponibilidad, su idoneidad  y el contexto en el que se usan.  En  concreto: continuar con el paro estudiantil no es idóneo ni viable para el objetivo de fortalecer la educación pública. Es el momento de cambiar de método e imbricar la contienda política transgresiva con la convencional, uniendo el corto con el mediano plazo.

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