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Patricio Bustos, director del SML, torturado por Krassnoff:

“Nos tiraron desnudos, amarrados a un somier metálico con aplicaciones de electricidad”

por 22 noviembre 2011

“Nos tiraron desnudos, amarrados a un somier metálico con aplicaciones de electricidad”
Junto a su pareja fue golpeado y vivió la brutalidad de la dictadura en Villa Grimaldi. El médico escuchó los gritos del militar; órdenes que se transformaron en la cara más nítida de la represión. Aguantó el dolor de ser sometido a la parrilla eléctrica también junto a su compañera. De ser torturados al mismo tiempo. El funcionario público decidió no callar. Si usted todavía no sabe por qué causó indignación el homenaje a Krassnoff, acá tiene una respuesta.

El mediodía del 10 de septiembre de 1975 caía cálido sobre Manuel Montt con Providencia. El doctor Patricio Bustos entonces tenía 24 años, un trabajo en un laboratorio clínico y una compañera odontóloga.

Ambos habían sido militantes del MIR en Concepción; él incluso fue presidente de la Facultad de Medicina.

Fue entonces, esa tarde, cuando la fecha del 10 de septiembre se volvería dolorosa para siempre. Y cuando la cara y el nombre de Miguel Krassnoff se grabaría con sangre en su cabeza, en su cuerpo.

¿Qué puede sentir un hombre torturado por un criminal cuando sabe que 38 años después un puñado de gente lo quiere homenajear?
-Indignación.

Es lo primero que responde el profesional al frente del Servicio Médico Legal, que ve, además, todos los días también temas de Derechos Humanos. Ya no sólo los relacionados con la Dictadura; también la de los presos muertos en la cárcel de San Miguel, los muertos en una carretera o en Juan Fernández.

-Indignación. No cabe otra palabra –repite–. Me indigné como mucha gente. Reviví lo que me pasó a mí y mi compañera y otras personas que estábamos en manos de ese criminal, que no estaba solo. Estaba con Marcelo Moren, con Osvaldo Romo, con los trabajos que hacían Manuel Contreras, que iba a Villa Grimaldi. Reviví lo que eran esos minutos, pero al mismo tiempo la reacción solidaria que hubo de personas  que afortunadamente no estuvieron en manos de la represión habló bien de una decencia republicana, ciudadana. Las nuevas generaciones repudiaban a un representante tan conocido de la barbarie dictatorial.

En Chile está la permanencia de un  periodismo pinochetista, un cura pinochetista, un parlamentario pinochetista. Se construye esto y se legitima, a diferencia de lo que ocurre en Alemania, donde uno si hace apología al nazismo o a Hitler, va preso. En Chile hay un relativismo que hace que alguien diga que puede hacer todos los homenajes a quien ordenó esta barbarie.

-¿Por qué cree que aún hoy es posible que se realice un homenaje a un criminal?
-Primero, porque el criminal siempre pensó que iba a estar impune. Segundo, porque tiene cómplices como el alcalde Labbé. Y hablo de cómplices no en el sentido  metafórico, sino de personas que participaron de las mismas estructuras represivas. Hay al mismo tiempo un relativismo moral que se expresa en la frase de Iván Moreira cuando dice ‘yo homenajeo al mandante, pero no asistiría a un homenaje del ejecutor’. Entonces hay un relativismo moral  de parte de un sector de la derecha chilena que da espacio para que ocurran estas cosas, mientras sabemos que hay otro sector de la derecha chilena que repudia estos hechos.

-También demuestra que aún hay cosas que en Chile se esconden bajo la alfombra.
-Es que hay una ostentación y reivindicación del ícono de la represión más brutal. Entonces es una bofetada no sólo a las víctimas, sino también al tipo de país y democracia que queremos. Esto demuestra que el pinochetismo no ha dejado de existir  y aprovecha los espacios que se crean a partir de determinadas situaciones… En Chile está la permanencia de un  periodismo pinochetista, un cura pinochetista, un parlamentario pinochetista. Se construye esto y se legitima, a diferencia de lo que ocurre en Alemania, donde uno si hace apología al nazismo o a Hitler, va preso. En Chile hay un relativismo que hace que alguien diga que puede hacer todos los homenajes a quien ordenó esta barbarie. Ese relativismo da paso a estas situaciones.

Patricio Bustos Agencia UNO Todos los Derechos Reservados

-¿Y cómo evalúa la reacción del gobierno en la respuesta a la carta?
-La primera reacción, de parte de la encargada, fue pésima. La ignorancia supina, dañina para el mismo gobierno de alguien que no conoce al personaje… O sea, que no conozca a ese personaje, que no pregunte ni googlee qué significa ese periodo del 73 al 78. Cualquier persona que sabe de Derechos Humanos sabe que es el tiempo de retiro de televisores, cuando se exhuman los cuerpos de las víctimas, se dispersan y se arrojan al mar, se dinamitan, se hacen desaparecer. Es un homenaje al periodo más ostentoso de la brutalidad represiva. Entonces, separemos: la ignorancia supina es dañina. Comparto la segunda reacción que fue la renuncia de la misma encargada a su cargo.

Los gritos de Krassnoff

Después de ser detenido en Manuel Montt, Patricio Bustos fue conducido a Villa Grimaldi. Estuvo siete meses desaparecido. Fue torturado en Tres Álamos, Cuatro Álamos, Puchuncaví y el cuartel Almirante Silva Palma, en Valparaíso. También fue operado en la Clínica Santa Lucía, clandestinamente.

-¿De qué lo operaron?
-De un hematocele. Es sangre entre el escroto y el testículo. Eso fue producto de los golpes, de las patadas del “guatón Romo”, de Marcelo Moren, y de otros.

-¿Qué recuerda de Krassnoff?
-El tono y su soberbia. Osvaldo Romo y él eran los únicos que usaban su nombre verdadero. La prepotencia de la sensación de la impunidad que ellos infundían. Gritaba y agredía a las personas amarradas, vendadas, de todas las edades. Ahí llegó Carmen Andrade, la ex  subsecretaria del Sernam, con uniforme escolar. Ahí llegaban niños de dos años, ancianos de más de 80, maltratados.

-Estuvo en el mismo lugar de tortura con su pareja en Villa Grimaldi. ¿Cómo vivió eso?
-Krassnoff nos torturó juntos. Nos tiraron a la parrilla eléctrica, desnudos, amarrados a un somier metálico con aplicaciones de electricidad. También me desnudaron, me golpearon con pies y manos y me aplicaron electricidad, me quemaron con cigarros.

-¿Usted siempre supo que su torturador era Krassnoff?
-Cuando se elaboró el informe Rettig, a partir de las fotografías, fueron fácilmente reconocibles. Recuerdo su rostro completo. Su  presencia y golpizas eran sistemáticas y eran por castigo también. No sólo era búsqueda de información. A veces nos pegaba sin hacer ninguna pregunta para reemplazar la indefensión absoluta por una actitud de dignidad frente a ellos. Ellos torturan para obtener información y para anular a la persona y cuando no consiguen las dos cosas continúan castigando por no colaborar.

La entereza con que Patricio Bustos termina su relato abruma, conmueve. Insiste en que su testimonio ya no es desde la rabia ni desde la pena. Es un gesto para que el país no pierda la memoria.

-¿Puede encender su grabadora de nuevo, por favor? –pregunta– y por primera vez sus ojos azules tiemblan.

“El dolor más grande son los compañeros que me faltan: Jorge Fuentes Alarcón que estuvo conmigo, que fue secuestrado en Paraguay. Lo llevaron a Buenos Aires y en Chile desapareció como parte del operativo de la Operación Cóndor. Me falta Ignacio Ossa Galdames, profesor de la Universidad Católica, a quien asesinaron delante mío. Y Guillermo González de Asís, que también era del MIR y que desapareció en Villa Grimaldi. Esas son las cosas que más me duelen. Por eso desde ayer circula una lista, que yo también firmo y que se llama  ‘a mí me torturó Krassnoff”, con personas vivas. Las personas que él mató no pueden hablar, pero quedamos los demás. Y no vamos a callar porque no tenemos nada de qué avergonzarnos. Ellos sí”.

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