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Martes, 12 de diciembre de 2017 Actualizado a las 15:15

Opinión

Nueva Mayoría y los trabajadores: ese incómodo silencio

por 23 julio, 2013

Nueva Mayoría y los trabajadores: ese incómodo silencio
De no resolverse correctamente el programa laboral de la Nueva Mayoría su propuesta de cambio seria profundamente incoherente: los trabajadores serian ciudadanos bien situados en las reglas políticas –su voto valdría de verdad para las decisiones colectivas mayoritarias-, sus hijos tendrían derecho a la educación gratuita y de calidad, e incluso como ciudadanos podrán tener derecho a pensiones dignas en la vejez.

Al fin, con la reforma laboral hemos topado.

Ya comprometida la Nueva Mayoría y su candidata con reformas constitucionales y tributarias profundas, queda pendiente la última batalla para un cambio social de verdad en Chile: la derogación del Plan Laboral de la dictadura.

Pero lo que debería ser evidente, es sorprendentemente, a esta altura, un enigma.

O un silencio. De esos incómodos diríamos.

Nadie ha dicho ni una palabra sobre qué pretende hacer la Nueva Mayoría con las reglas del modelo laboral que implantó la dictadura: ese modelo de trabajo sin sindicatos y sin negociación colectiva.

Parece que no hay palabras ni ideas de la Nueva Mayoría para con los trabajadores.

Y ahí la duda es obvia: ¿Pretenderá el futuro gobierno de la Nueva Mayoría hacer un cambio de una sociedad neoliberal a una sociedad de derechos —como se ha prometido en todos los tonos— sin modificar el Plan Laboral de Piñera y Pinochet?

Sería tan sorprendente como decepcionante.

La propuesta laboral será de bagatelas y la sabemos de memoria: más capacitación, mejoras al seguro de desempleo, más fiscalización laboral, contratos para jóvenes, etc. En ese caso, distinguir el programa laboral de la Nueva Mayoría y el de Longueira será cuestión de expertos. Dicho de otro modo, las minucias de siempre, el férreo veto a “lo laboral” de los economistas neoliberales de la Concertación  y el eterno agradecimiento de “elite empresarial”.

Y es que los caminos de la Nueva Mayoría en materia laboral tienen la forma de dilema:

Por una parte, la Nueva Mayoría puede decidir vestirse con ropas usadas —las de la vieja Concertación— y hacer lo que ya hizo antes: reformas laborales “al estilo de los noventa” que digan relación con condiciones laborales mínimas. Para seguir “edulcorando” las difíciles condiciones de trabajo y salariales chilenas.

En ese caso, la propuesta laboral será de bagatelas y la sabemos de memoria: más capacitación, mejoras al seguro de desempleo, más fiscalización laboral, contratos para jóvenes, etc. En ese caso, distinguir el programa laboral de la Nueva Mayoría y el de Longueira será cuestión de expertos.

Dicho de otro modo, las minucias de siempre, el férreo veto a “lo laboral” de los economistas neoliberales de la Concertación y el eterno agradecimiento de “elite empresarial”.

Por otra parte, que la Nueva Mayoría decida hacer de Nueva Mayoría. Y hacerse cargo del principal problema de los trabajadores en Chile: la falta clamorosa de poder dentro de las relaciones laborales, lo que impide que tengan las más mínima incidencia en las condiciones laborales que los afectan.

Ese dramático dato tantas veces dicho: en el último año del último gobierno de la Concertación (2009) negociaron colectivamente menos trabajadores proporcionalmente considerados que en el último año de la Dictadura de Pinochet.

¿Qué hará, entonces, la diferencia entre que la Nueva Mayoría no sea sólo vino viejo en odres nuevos en cuestiones de trabajo?

Las vigas maestras del modelo del Plan Laboral son muy sencillas, de ser posible, tener trabajadores en soledad: sin sindicatos y entregados al dominio empresarial en  negociaciones individuales. Y, en caso contrario —persistencia de los trabajadores en organizarse—, tener muchos sindicatos pequeños involucrados en negociaciones colectivas a nivel de empresa en posiciones de extrema debilidad.

¿Cómo logró el Plan Laboral esa debilidad radical de los trabajadores?

Muy sencillo: privando a los trabajadores del derecho de huelga. En Chile, lo que se llama huelga no es tal, de hecho, es el único país del continente —uno de los pocos del mundo— donde los empleadores pueden reemplazar a los trabajadores que están en huelga.

Curiosa forma de huelga donde todo sigue igual para la empresa.

Por lo mismo, el corazón de la diferencia lo hace los cambios en la negociación colectiva y en –dicho esta- el derecho a huelga. En lo fundamental, en el primer caso, permitir que los trabajadores negocien en un nivel superior a la empresa sus condiciones colectivas de trabajo, y en el segundo caso, la eliminación del reemplazo empresarial de trabajadores en huelga.

De no resolverse correctamente el programa laboral de la Nueva Mayoría su propuesta de cambio seria profundamente incoherente: los trabajadores serian ciudadanos bien situados en las reglas políticas –su voto valdría de verdad para las decisiones colectivas mayoritarias-,  sus hijos tendrían derecho a la educación gratuita y de calidad, e incluso como ciudadanos podrán tener derecho a pensiones dignas en la vejez.

Pero esa ciudadanía sería una ciudadanía mutilada: quedaría a las puertas de la fábrica. De ahí para adentro, y en el espacio social más importante de las sociedades modernas como es el trabajo, no habría nada más que propiedad y autoridad empresarial, flexibilidad  y precarización laboral.

Cuál es la vereda por la que se quiere caminar, es hora de saberlo.

El incómodo silencio debe dejar paso a la incómoda propuesta.

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