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La carta a Carolina Tohá de los vecinos indignados por el masivo concierto de Los Jaivas en el Parque Forestal

por 21 agosto, 2013

La carta a Carolina Tohá de los vecinos indignados por el masivo concierto de Los Jaivas en el Parque Forestal
Los miembros del Comité de Adelanro por la Preservación de la Naturaleza y Patrimonio del Parque aclaran que no están contra la realización de actos culturales, pero cuestionan la realización de una actividad masiva en un sector rsidencial no apoto para ello, y que generó gran contaminación acústica, toneladas de basura y el uso de todo el sector como un enorne baño público. Lea aquí la misiva que le enviaron a la alcaldesa de Santiago:
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Estimada Alcaldesa de Santiago:

Por más de una década, la comunidad de su ciudad ha visto cómo se deteriora progresivamente el Parque Forestal. Desde que se vendieron los derechos de agua y sacaron las acequias de riego, a más de concesionar a privados el cuidado de las áreas verdes, una parte significativa de los árboles comenzó a secarse y enfermarse con el resultado irreversible de todos conocido: la avenida de plátanos orientales y otras especies han sido mochadas a la mitad de la altura que habían alcanzado en un siglo de vida, perdiendo gran parte del follaje, o simplemente desapareciendo.

Algunos residentes del sector, pensando que esta destrucción progresiva del patrimonio forestal del parque era reversible, o al menos que se podía detener, se organizaron. Entretanto, se lidió con un intento de pavimentar ciertos entornos y modificar el trazado para imponer dentro del mismo explanadas duras (lo que lamentablemente no se logró detener en la Quinta Normal, donde la solución más pavimento en vez de más riego y cuidado para árboles centenarios que den sombra terminó por imponerse). Los mismos residentes organizados han intentado lidiar con otra forma de destrucción progresiva de los parques, y más ampliamente de la calidad de vida urbana, que es mucho menos visible, en tanto pertenece al orden de lo audible, lo que lamentablemente no se contabiliza ni se fiscaliza, pero sí deja un rastro significativo en la salud mental de los habitantes. De más está decirle que las promesas que se han recibido una y otra vez a lo largo de estos últimos cinco años de parte de diversas instancias del Municipio y la Intendencia, en el sentido de que no se autorizará la amplificación acústica en el parque y se fiscalizará la contaminación sonora –lo que ya no es un asunto de buena voluntad o de decisiones de políticas ciudadanas, sino de respeto a la ley de contaminación ambiental y salud pública en una zona residencial– no han sido cumplidas.

Es la razón por la cual esos mismos vecinos, algunos de los cuales hemos pasado no horas o días en el Municipio, sino semanas enteras trabajando con funcionarios municipales en terreno, mesas técnicas y comisiones, están algo más que cansados. En lo que nos concierne –y nos disculpará que hablemos a título personal en algunos momentos de lo que sigue– por primera vez nos ha ganado el pesimismo: ya no
estamos seguros de que exista la voluntad política de preservar el Parque Forestal para la comunidad, de que en veinte o treinta años más, tras la destrucción definitiva de la mejor parte de su patrimonio botánico, no esté convertido en un terreno irreconocible (seguramente en manos de los especuladores inmobiliarios, que lo habrán transformado en un jardín con arbustos, puestos de venta y paneles para avisos comerciales, tras construir bajo el mismo un gran estacionamiento subterráneo. Ud. estudió en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y sabe bien de lo que hablamos: le impresionará
el estado en que se encuentra lo que es hoy por hoy el ex-parque Gómez Rojas).
De acuerdo, el tiempo dirá, pero el deterioro del que le hablamos ya está en marcha. Entretanto, sin embargo, lo que sí es seguro es que los vecinos tienen derecho a pedir que se respete la ley ambiental y su consiguiente salud mental. Tienen derecho a poder quedarse en sus casas y hacer una vida normal los fines de semana y días feriados, precisamente los días de descanso; tienen derecho a no tener que elegir entre irse a otro lugar desde la noche antes de un evento o sufrir altos niveles de estrés,
rabiando durante las horas nocturnas con los martillazos y durante las diurnas con la amplificación que hace vibrar las ventanas (de abrirlas o salir a un balcón ni hablar).
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Estimada Alcaldesa, no se confunda. El primer disco que compró quien tipea esta carta fue de Los Jaivas (lamentamos el dato personal, pero no es simple retórica); la primera canción que aprendió a tocar en un instrumento, también (“Todos Juntos”). Durante el concierto –imposible no oírlo desde nuestras piezas– muchos nos emocionamos varias veces. Comprenderá que el problema no es ese. El problema es como sigue (y se lo ejemplificaremos tan sólo con este último evento para no alargarnos aún más relatándole las circunstancias diversas de la seguidilla de los mismos): se arma un escenario mecano el día miércoles durante la noche, trabajando hasta la madrugada y recomenzando a las 7 a.m del día jueves; a las 10.30 a.m. se inician las pruebas de sonido que más tarde desembocan en música embasada; a las 3 p.m. comienza el concierto en vivo, el cual, autorizado hasta las 8, termina a las 9.30 p.m.; entonces continúan los grupos de tambores. El resto es conocido, pues es el tipo de cosas que le interesa reportear a los medios: de un lado, los surcos que deja el guanaco transitando por doquier en el parque, donde arruina aún más el pasto ya apisonado y las raíces de los árboles, a lo que se suma el aire irrespirable gracias al zorrillo; de otro, vidrio quebrado por todas partes que se mezcla con el barrial, lo cual proviene del esperable contraataque a botellazos; también los fuegos prendidos en varios puntos del parque; también la basura, que dio pie a una sibilina discusión métrico-decimal acerca de si quedaron 50, 70 o 90 toneladas, lo que se replicó en otra acerca de si las obras de arte robadas del MAC costaban 5, 7 o 9 millones de pesos.

Ahora bien, lo que interesa mucho menos a los medios (con el consiguiente bajo impacto comunicacional y costo para el Municipio) son cosas como las que le relatábamos anteriormente u otras como las que siguen: la destrucción que se produjo de los arbustos y del pasto en un sector importante del parque; la destrucción de las cortezas que protegen los árboles y el rayado de los mismos, para no hablar de los
grafitis en las fachadas de los edificios colindantes (en los que, por cierto, ‘zona típica’ obliga, los residentes no pueden cambiar ni el marco de una ventana sin la venia de las instancias de protección patrimonial correspondientes). Continuamos, pues fueron miles –sí, ‘miles’, no cientos– las personas que orinaron esos mismos edificios durante el desarrollo de las casi siete horas de concierto. (Quien tipea esta carta, a eso de las 7 p.m., bajó y les pidió a los compungidos mujeres y hombres que hacían sus necesidades en la entrada del edificio en el que habita que por favor continuaran haciéndolo
directamente en la cuneta de la calle, apenas dos metros más allá, para que al menos el orín corriera hasta las tomas de aguas lluvias; esto porque estaban literalmente empapando los estacionamientos subterráneos del edificio con la orina que entraba por los respiraderos que existen todo a lo largo de la fachada. La respuesta fue una botella lanzada contra un servidor y un grafiti de 3 metros en la entrada del edificio que habita.)

No crea que fue fácil dormir finalmente esa noche del Jueves, o trabajar en casa al día siguiente: al desmontaje del escenario mecano y las torres de iluminación hasta bien entrada la madrugada, siguió el aseo intensivo y reparaciones durante todo el día Viernes, lo cual fue hecho usando aparatos de fumigación para el barrido de la basura y otros implementos motorizados excepcionales dada la dimensión de la suciedad y los daños. Había que borrar rápido todo rastro, por supuesto.

En síntesis, incluso si nos obligan finalmente a renunciar defender el parque de la destrucción que se le viene y se le sigue ocasionando –como le decía, algunos, tras muchos años de campaña y concientización, comenzamos a perder las esperanzas de que exista realmente la voluntad política de preservarlo para la comunidad–, no pueden obligarnos a soportar 48 horas seguidas de ruido. Lo cierto es que no pueden obligar a los vecinos y usurarios del parque a soportar ni quince minutos de ruido a volumen ilegal, mucho menos varias horas como fue el caso y es el caso repetidamente. Pues comprenderá que el problema es que la contaminación acústica, que a diferencia de la basura no se ve ni se pesa en toneladas, que no sale en las pantallas de la televisión ni en las páginas de los diarios, es la misma si hay decenas de miles de personas escuchando un concierto, como ocurrió el Jueves pasado, que si se autoriza a un llanero solitario para que promueva por altoparlante las últimas maravillas del producto de turno, sean zapatillas deportivas, comida para perros u otras mercancías presentadas en envases
algo más espirituales.

De nuevo, no se confunda Alcaldesa. El concierto fue ciertamente maravilloso, un éxito, absolutamente impresionante: qué duda cabe que las 70.000 personas que llegaron tuvieron una experiencia musical y comunitaria inolvidable; qué duda cabe que los mismísimos Jaivas sacarán una versión memorable de este concierto en vivo, o al menos un videoclip con su merecida celebración, en que agradecerán entre otros al Municipio, a las Juntas de Vecinos, e incluso se disculparán por las molestias y los daños 'colaterales’ ocasionados.

Pero la pregunta es otra, a saber, ¿en qué principios y legalidad se ampara el Municipio, otras veces la Intendencia, ya no decimos para sacrificar la calidad de vida de parte de los residentes de la comuna, sino para violar sistemáticamente los derechos ambientales básicos de ciertos habitantes en vistas a darle el gusto a otros? Más aún cuando hay explanadas adecuadas para este tipo eventos, sea masivos o amplificados, en áreas no residenciales de Santiago. Representamos a muchas personas de este y otros sectores de la comuna al decirle que no entendemos el arte de gobernar como una contabilidad que suma y resta para sacar cuentas alegres (pues las cuentas en este y otro tipo de eventos son ciertamente alegres: los contentos son muchísimos más que los indignados). Entendemos el arte de gobernar como un arte de generar programas de desarrollo de lo público, de lo común (de donde la palabra ‘comuna’), sobre la base de un respeto de los derechos básicos de todos y de cada uno. Sabemos que esta concepción de la política no está hoy de moda, en una era en que las encuestas han reemplazado los programas, en tiempos en que se ha confundido a la democracia con la estadística. Pero creemos comprender que Ud. sí la comparte, o al menos tiene una concepción de la política que no es incompatible con un arte de gobernar tal, ajeno al puro cálculo utilitarista y respetuoso de los derechos fundamentales de todos.

Es esta convicción sobre su persona la que nos llevó a oponernos en su momento a una parte mayoritaria de los vecinos y usuarios del parque en general, quienes, ante la situación muy parecida a la actual que generó el concierto “Patagonia sin Represas” (no es necesario agregarle que compartimos la causa, ¿no?), quería hacer una demanda en Tribunales contra el Municipio y la Intendencia; esto es, quería judicializar lo que nosotros y algunos Concejales que nos asistieron insistimos había sido un lamentable
malentendido debido al aprendizaje del nuevo equipo municipal (el problema es que entonces fueron 20.000 personas, esto es, exactamente el número que ¡se esperaba! ahora, aún si no se hubiese triplicado o cuadruplicado la asistencia). Lo mismo ocurrió poco después, con la amplificación que sufrimos tarde tras tarde durante las dos semanas de lecturas y eventos de la Feria del Libro: nuevamente se acordó que había sido un malentendido y los vecinos aceptaron limitarse a entregar al Municipio tan sólo un dossier gráfico con los daños que ocasionó a los árboles la gran carpa instalada
durante semanas. Mientras se escriben estas líneas –es Domingo 18 de Agosto, en la mañana– llevamos una hora escuchando música embasada que sale de los parlantes instalados en la Plaza Francia (en el parque, frente al Bellas Artes), música sobre la cual un locutor llama a gritos para que más gente se incorpore a la clase de baile que se imparte auspiciada por el Municipio: ha logrado poner a bailar a once personas y espantar a todos los adultos mayores que a esta hora se pasean en ese sector del parque.
Comprenderá que esta vez no tengamos ya la cara para oponernos a lo que de seguro pedirá la mayoría de los vecinos y usuarios del parque en general.

Y es que, como le venimos repitiendo, estamos muy cansados tras años trabajando en banda. La situación paradojal de que sean los residentes de la comuna los que deban fiscalizar al Municipio puede ser ‘graciosa’ una vez –por lo kafkiano, se entiende. Pero créanos que como modus operandi es realmente agotador. En este sentido, quizás nos haya llegado también a varios de nosotros el momento de tomar la
decisión de partir, como ya lo han hecho otros antes. En la mayoría de nuestros casos, sería tras cerca de veinticinco años viviendo en el sector de Bellas Artes, toda la vida adulta, de los cuales los primeros diez transcurrieron en tranquilidad y los siguientes cinco con problemas sólo episódicos. Era entonces una época en que, apenas derrocada la dictadura, se invitaba a la gente joven a habitar el centro de Santiago, a hacer ciudad y reconstruir la vida cívica. Era también una época en que no se confundía el esparcimiento con el estímulo externo permanente, donde los parques se concebían como lugares de recreación donde descansar los sentidos y no como estadios donde secretar adrenalina y escenarios para promover mercaderías de todo tipo.

Pero las cosas han cambiado, y tras más de cinco años en este juego inútil, sería bueno que el Municipio y la Intendencia sincerasen pública y definitivamente sus posiciones y los programas que tienen para el Parque Forestal y para el resto de las áreas verdes en las zonas residenciales de Santiago Centro. Si se ha decidido sacrificar la calidad de vida de los residentes y el esparcimiento de los usuarios de los parques en vistas a lo que se consideran ‘causas más nobles’ –lo decimos sin suspicacias: si la comunidad que acude a los parques va a seguir cautiva de una lógica donde la Alcaldía
o la Intendencia aparecen como una tarima comunicacional para fines que se consideran de mayor trascendencia política (asuntos estos que no constituyen caminos incompatibles, por cierto, pero que tampoco se superponen simplemente a la hora de las responsabilidades y las decisiones), tenemos derecho a saberlo y no seguir metidos en una farsa que se prolonga año tras año. Al menos así se podrán tomar decisiones con conocimiento de causa. Algunos residentes, ciertos de que los asiste el derecho
ambiental y de que se está cometiendo un delito, probarán suerte en Tribunales. Otros, los que nos agotamos del cinismo y utilitarismo ambiente, partiremos del sector con un cierto gusto amargo en la boca. Pues la nostalgia será no sólo por un parque en el que se encarnó durante cien años una idea de comunidad cívica posible, sino también por la promesa incumplida de una política republicana que considere a todos los habitantes de la urbe como sujetos a deberes y derechos básicos no transables. Es al menos hacia donde al fin parecía que queríamos avanzar todos... o al menos una gran mayoría.

No nos cabe ninguna duda de que lo que le expresamos en esta carta será descalificado por más de alguno como propio de un grupo de vecinos y residentes de Santiago Centro que supuestamente se creen dueños del parque (esta estrategia de descalificación comenzó hace años en la Intendencia, ganó pronto al Municipio, y ha sido ciertamente exitosa, al punto de que ya logró que se fueran del sector varias de las personas que en su momento dieron la pelea por preservar el patrimonio botánico del parque y la salud mental de los residentes; otros se han callado, resignándose a abandonar sus casas durante los días festivos). Habrá también los que dirán, más particularmente, que esta carta es muy propia de personas como sociólogos con conocimiento de problemas urbanos, un par de profesores universitarios de filosofía, en fín, gente algo nerviosa cuyo problema es que les resulta difícil trabajar en casa. Ni los
primeros ni éstos están del todo equivocados. Efectivamente, en lo que nos concierne, no tenemos la capacidad de cumplir nuestras tareas habituales con el ruido de amplificadores o de grupos de tamboristas; mucho menos de descansar en esas condiciones, o de dormir en medio del montaje y desmontaje de escenarios. De otra parte, si son muchos los que en Santiago, en Chile, sienten que el Parque Forestal es suyo, es porque la esencia de lo público es que le pertenece a todos, lo que nos obliga también a cuidarlo para todos. El Parque Forestal es público... y es un parque.

Atentamente,

Claudia Nuñez
Rosa María Bulnes
Francisco Ramírez
Ricardo Loebell
Andrés Claro

COMITÉ DE ADELANTO PRESERVACIÓN DE LA NATURALEZA Y PATRIMONIO DEL PARQUE FORESTAL

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