Miércoles, 28 de septiembre de 2016Actualizado a las 22:32

Cronista Cristián Alarcón reconstruye el asesinato de miristas que comandó el diputado RN:

“El desafuero de Rosauro Martínez es un caso paradigmático, central y vital para la democracia chilena”

por 9 abril 2014

“El desafuero de Rosauro Martínez es un caso paradigmático, central y vital para la democracia chilena”
Durante los últimos años Cristián Alarcón, periodista y director de revista Anfibia, ha investigado la historia detrás de la matanza de Neltume. Su trabajo reconstruye el desenlace que en 1981, bajo las órdenes del actual diputado Rosauro Martínez Labbé (RN), tuvo la persecución y muerte de once militantes miristas. Una historia que involucra pasiones, olvido y traiciones, y que se publicará como novela de no ficción. “El Estado chileno, con la excusa de la eliminación del enemigo subversivo, produjo una cacería que terminó con una masacre”, dice Alarcón desde Valdivia.

Dice que sería pretencioso hablar de años, porque durante ese tiempo ha trabajado en varias cosas más. Sí es cierto, asegura, que ha dedicado los veranos, inviernos y tiempos libres que ha podido a hacer entrevistas en el sur de Chile.

Cristián Alarcón, director de la revista Anfibia y de la Agencia de Noticias Judiciales (INFOJUS) de Argentina, trabaja hace tiempo en un libro sobre “el apogeo de una idea de socialismo real, como el que se vivió en el complejo maderero de Neltume, hasta la convicción de estos jóvenes que creían en una utopía casi demencial, que era poder construir un foco de resistencia a una dictadura tan poderosa como la chilena”.

Esta semana estuvo en Valdivia para seguir de cerca una de las últimas etapas del juicio que pide el desafuero del diputado de Renovación Nacional (RN), Rosauro Martínez Labbé, por su participación, en 1981, en el asesinato de tres militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Ha escrito dos libros –Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (2003) y Si me querés, quereme transa (2012)– sobre lo que considera un tema central de las narrativas latinoamericanas: “La violencia rural en sus múltiples formas”. A la historia de Neltume, Alarcón llegó por los relatos de un abuelo socialista acerca de lo que había sucedido allí y sobre el ‘Comandante Pepe’, Gregorio José Liendo Vera, uno de los líderes del Movimiento Campesino Revolucionario, facción rural del MIR, fusilado en 1973.

Hace unas semanas publicó la primera parte de su investigación sobre esta historia que tuvo como protagonista al diputado Rosauro Martínez, entonces capitán y líder de la Compañía de Comandos Nº 8 del Regimiento ‘Llancahue’. El punto clave es, según Alarcón, la matanza del 21 de septiembre de 1981, dirigida y ejecutada por Rosauro Martínez, donde fueron asesinados los miristas José Eugenio Monsalve Sandoval, Patricio Calfuquir Henríquez y Próspero del Carmen Guzmán Torres.

“Hay una diferencia fundamental cuando hablamos de bandos. Los jóvenes que integraron el MIR habían sido campesinos y obreros del complejo maderero. En la década del 70 habían sido capturados, torturados y puestos en la cárcel, sobre todo en Valdivia. Muchos de ellos cuando cayeron presos en el 73 no eran del MIR y se sumaron a éste cuando estaban detenidos. Una vez en el exilio tomaron la decisión de participar en un movimiento insurreccional, fueron entrenados en Cuba y entraron por su propia voluntad a Chile a lo que se llamó el ‘Toqui Lautaro’, nombre que tenía el destacamento guerrillero en Neltume”.

Ésta es quizás una de las zonas institucionales menos investigadas de esta particularísima democracia que viven y experimentan los chilenos, amarrados todavía a una Constitución que fue la piedra de cambio impuesta por el dictador para poder abrir las puertas a las elecciones democráticas. La justicia chilena, como muchas otras de América Latina, pero en particular la de nuestro país, sigue jugando con los mismos soldaditos de plomo ante los que debió vendarse los ojos por las atrocidades de la dictadura.

-¿Y los del otro bando?
-Los jóvenes soldados de La Unión, Paillaco, Puerto Nuevo no tuvieron ninguna alternativa. Fueron reclutados por el teniente Mario de Toro Gallardo, uno de los cuatro de la compañía al mando de Rosauro Martínez Labbé. Fueron sometidos a una golpiza desnudos en un gimnasio y seleccionados entre los más fuertes para ser entrenados como grupo anticomando con las técnicas que sus jefes habían aprendido en la Escuela de las Américas. Durante los meses de entrenamiento fueron sometidos a torturas frecuentes para fortalecer su carácter y su físico. Cuando estuvieron en la montaña la mayoría de ellos no eran los que tenían en sus manos la decisión sobre la vida de los guerrilleros, sino que fueron usados como carne de cañón. Como lo que habitualmente ocurre en las guerras, donde los más jóvenes y los más pobres van al frente y ponen el cuerpo por los jefes y los que están más encumbrados en las estructuras militares.

-¿Esto nos lleva al rol que jugó el actual diputado de RN Rosauro Martínez Labbé en esta historia?
-Rosauro Martínez podría haber sido un héroe si se hubiera enfrentado con dos mil militares a un ejército en plena acción con sus capacidades, sus armas, sus fortalezas y en buenas condiciones. Aquí la verdad es que el Estado chileno, con la excusa de la eliminación del enemigo subversivo, produjo una cacería que terminó con una masacre. No estamos hablando de una guerra donde hay igualdad de condiciones, ni siquiera una cercanía, entre un bando y el otro. Los que estaban en el campamento el 27 de junio, cuando fueron descubiertos por los militares, escaparon sin armas, sin comida, sin ropa. Ese día había sol, por lo que ni siquiera tenían una chomba. La cordillera estaba nevada, se fueron debilitando y enfermando en los subsiguientes 42 días, hasta que los dos grupos, habían permanecido separados, lograron juntarse. Continuaron alimentándose con la poca comida que habían guardado en esos refugios que habían construido en las montañas. La mayoría de ellos perdió kilos hasta convertirse en andrajos humanos. Eran realmente personas que no tenían fuerza para defenderse de absolutamente nada. Empezaron además a tener el ‘pie de trinchera’, en que a uno de ellos le tienen que amputar el pie por las gangrenas que iba adquiriendo por caminar con las botas mojadas por la cordillera.

-Y, entonces, ¿qué sucede y cuál es el momento determinante de las acciones de Rosauro Martínez?
-Esta cacería comienza con la detención de dos de los miristas, René Bravo y Julio Riffo, el 29 de agosto en las cercanías de Huellalhue. Esos jóvenes fueron llevados a Valdivia, puestos en manos de la CNI, que los tortura en Santiago en unas sesiones atroces, y que terminan con ellos regresando a la montaña para que señalen los puntos de encuentro con sus compañeros. Son soltados en medio de la montaña, atados con lazos para que se dirijan hacia los demás. Recién tres meses después, el 13 de septiembre, se produce la emboscada donde matan al primero. Era realmente un papelón el que estaba haciendo el grupo de Rosauro Martínez Labbé, la CNI, la unidad antiterrorista, la unidad roja que perseguía al MIR, el regimiento Maturana y el Cazadores. Era una operación de una dimensión descomunal que, sin embargo, persiguiendo a guerrilleros desarmados, hambrientos y enfermos, no había conseguido sacarlos de la montaña. Lo logran cuando los torturan, cuando los quiebran. Es ahí cuando comienza la ‘Operación Pilmaiquén’, que hasta entonces se había llamado ‘Operación Contraguerrilla Machete’, y que implica tortura de los dos y luego una emboscada donde muere Raúl Obregón Torres. Esos días fueron terribles, porque ahí se suceden las muertes. Ahí comienza realmente la cacería. Y esa cacería tiene un punto clave, que es por el cual están pidiendo el desafuero del ex capitán Martínez Labbé, actual diputado de Renovación Nacional.

-¿Es lo que ocurre en la casa de Floridema Jaramillo, donde Rosauro habría participado en el asesinato de José Eugenio Monsalve Sandoval, Patricio Calfuquir Henríquez y Próspero del Carmen Guzmán Torres?
-Ese es el hecho por el cual su abogado tuvo que presentarse en Valdivia a defenderlo, intentando una serie de nulidades jurídicas con la estrategia muy típica de los defensores de los genocidas en toda América Latina allí donde ha habido juicios por delitos de lesa humanidad. Conozco muy de cerca los procesos argentinos, porque mi familia se fue a vivir allí en 1975 y porque dirijo en Buenos Aires la Agencia Nacional de Información Jurídica que cubre cotidianamente los procesos judiciales en contra de los militares argentinos.

El fuero de Rosauro Martínez

-¿Cuál es la estrategia que está utilizando la defensa de Rosauro Martínez Labbé?
-No suele ser la de demostrar que no asesinaron, que no torturaron, que no mataron. Ellos en general, yo diría que por una cuestión de convicción, no niegan lo que hicieron, porque en el fondo de sus frías y calculadoras maneras de ver el mundo no consideran que hayan hecho algo malo. Lo que intentan es escapar de las manos de la justicia produciendo nulidades jurídicas. En este caso porque había existido un juicio a cargo de un tribunal militar en 1982, en el que, por supuesto, Martínez Labbé al mismo tiempo que era felicitado y ascendido por la dictadura de Pinochet, era absuelto de culpa y cargo por cualquiera de los homicidios.

-¿Crees que esto configura la necesidad de desaforar a Martínez?
-El desafuero de Martínez Labbé es un caso paradigmático, central y vital para la democracia chilena. Estamos hablando del primer desafuero después del de Pinochet. Y ya no hablamos del desafuero del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y ex presidente dictatorial de Chile, sino de uno de esos instrumentos con los que la dictadura construyó su impunidad, su régimen de terror, su manera de someter a un país entero a la ilegalidad. Acá estamos hablando de la calidad de la democracia chilena. Si Martínez Labbé pierde su fuero, van a posibilitar una investigación profunda sobre un hecho que ha sido negado no solamente por las derechas sino que también por las izquierdas. Los hechos de Neltume, al estar teñidos de esa página de culpabilidad en torno a la existencia de una guerrilla que se oponía a la dictadura, no han sido objeto de revisión casi en ningún sentido. Solamente los sobrevivientes y pocos familiares, los abogados heroicos, diría, que asumen estas causas, han intentado revisar lo que ocurrió en las montañas. Si la justicia se atreve a ir en contra de estas estrategias dilatorias que exhibe un abogado que fue capaz de defender a Paul Schäfer, Fernando Saenger, quien defendió a su amigo Martínez Labbé, estamos a las puertas de un cambio que podría significar una justicia más creíble, más confiable para los chilenos.

-Sólo faltaría conocer el acuerdo en el que quedó el juicio este lunes…
-Un acuerdo del que yo tengo grandes esperanzas y expectativas de que abra estas puertas hacia la verdad. Es trascendental, porque estaría pasando por encima de los argumentos de las defensas de los militares en torno a la validez de la justicia militar, que fue la que dejó amarrada la impunidad que evita la responsabilidad de los jefes militares en estas masacres en Chile. La idea de que una justicia militar pudo haber juzgado a Martínez Labbé, mientras que cuando terminó la masacre de Neltume fue enviado a dar clases sobre cómo hacerlo a las Escuelas de las Américas a Panamá, implicaría que hubo un juicio justo. Que los jueces militares tuvieron la intención de condenarlo, de juzgarlo verdaderamente por las muertes de los miristas. La Corte Interamericana de Derechos Humanos plantea que tiene que haber una intención clara y manifiesta de juzgar de parte de tribunales para que esto sea válido. El argumento del defensor de Martínez fue que dos de los jueces que firmaron aquellas absoluciones luego formaron parte de la Corte Suprema. Eso no estaría hablando de una legalidad que protegiera el hecho jurídico del juicio militar que lo absolvió en el 82, sino que de uno de los problemas centrales de la justicia chilena. Ésta es quizás una de las zonas institucionales menos investigadas de esta particularísima democracia que viven y experimentan los chilenos, amarrados todavía a una Constitución que fue la piedra de cambio impuesta por el dictador para poder abrir las puertas a las elecciones democráticas. La justicia chilena, como muchas otras de América Latina, pero en particular la de nuestro país, sigue jugando con los mismos soldaditos de plomo ante los que debió vendarse los ojos por las atrocidades de la dictadura.

-Estás trabajando en un libro sobre esta historia, ¿podrías adelantarnos algo de lo que vamos a encontrar en él?
-En este caso es un libro que va a intentar reconstruir una época que va de 1968 a 1981. El apogeo de una idea de socialismo real, como el que se vivió en el complejo maderero de Neltume, hasta la convicción de estos jóvenes que creían en una utopía casi demencial, que era poder construir un foco de resistencia a una dictadura tan poderosa como la chilena, en unas montañas nevadas y alejadas de todo como las de Neltume. Pero más allá de la verdad histórica, más allá de la verdad jurídica, mi trabajo como escritor, como cronista, como un periodista que escribe desde la literatura con las herramientas de la investigación, es acercarme a unos nodos más sutiles, subjetivos, personales, íntimos sobre cómo es la relación de los chilenos con la memoria. Estoy muy conmovido por la dificultad enorme de mi propia generación, de los que ya estamos en lo que podríamos llamar los cuarenta, que es la edad de los hijos de estos militantes, de los hijos de estos soldados, de estos militares. Los hijos de una época que crecimos rodeados de múltiples silencios y a los que se nos dificulta no sólo la búsqueda de una justicia sino que la búsqueda de una identidad que se construye sólo a partir de mirar hacia el pasado sin miedo para forjar el futuro. El libro es una novela de no ficción y va a intentar acercarles una historia que está llena de pasiones, traiciones, olvidos y de eso que es la vida cotidiana en el sur de Chile, donde la lluvia, el frío, la nieve y la belleza de un paisaje único en el mundo alimentan lo que yo creo que tiene mucho de literatura.

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