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Pobladores de la cima de Valparaíso viven en el olvido

Los cerros que abandonó el Estado

por 16 abril 2014

Los cerros que abandonó el Estado
En Valparaíso dicen que el Camino Cintura –que parte la ciudad por la mitad–, funciona como un límite social. Hacia arriba: históricas tomas de terrenos que parieron las actuales poblaciones. Ahí vivieron y viven los trabajadores y los más pobres. El incendio que devastó miles de casas el fin de semana, sólo afectó a los que habitan las alturas. Sus pobladores reclaman falta de agua, caminos y limpieza de quebradas. Dicen que nunca ven a las autoridades y que se trata de un problema “de siempre”, pero que sólo ahora estalló gracias al fuego que lo quemó casi todo. Recorrimos los cerros junto a un fotógrafo, y esto fue lo que encontramos.

En su libro Valparaíso (1963), Joaquín Edwards Bello dice que en el puerto conviven dos ciudades: “La parte europea reside en el ‘plan’ y la parte derrotada, de mestizos, se retira a los cerros y las quebradas”.

Un documental del francés Joris Ivens, A Valparaíso (1964), también destaca las diferencias entre el plan y los cerros: “Sobre los cerros existe otra ciudad. No una ciudad, una federación de aldeas. Una por cerro, 42 cerros, 42 aldeas. No es otra ciudad... es otro mundo. Dos mundos comunicados por rampas, por escaleras, por los ascensores”.

La ciudad que se observa en ese documental de hace 50 años no es muy distinta a la que hoy existe en las cimas del puerto.

Excepto, tal vez, por las antenas satelitales chamuscadas que aparecen entre las casas quemadas.

Ya han pasado más de 35 horas desde que las llamas comenzaron a quemar las alturas de Valparaíso.

El fuego se inició en una quebrada, en una de tantas.

La basura, los pastizales y el fuerte viento sur funcionaron como el combustible perfecto para expandir el fuego entre las casas de madera y latones.

Pero ahora es de noche, y nada se distingue tan bien.

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En la oscuridad se adivinan los latones en el suelo, los restos de lavadoras y automóviles. Personas, que a esta hora son sombras, escarban en lo que quedó de sus casas. Una foto, un recuerdo, algún documento, algo.

Ni siquiera la clase social de los que bajan llorando por Avenida Washington.

Arriba, al final del cerro, el fuego volvió a tomar fuerza y horas más tarde sabríamos que consumiría más de 200 casas de Ramaditas y Rocuant.

Antes, otras 2 mil ya han sido quemadas.

Si en Santiago para vivir la miseria hay que “bajar” de Plaza Italia, en Valparaíso hay que “subir”. Subir y subir. Al final de las calles, donde se termina la ciudad, las personas y sus casas son el alimento del fuego.

El sonido de las sirenas es la banda sonora. Las calles estrechas no permiten el paso de más de un carro de bomberos. El puerto y sus curvas les trancan el paso. No hay grifos.

Las mangueras de los carros cisternas se alimentan de un estanque de agua que usan los vecinos de Ramaditas para abastecerse a diario, porque tampoco hay alcantarillado. Pasada la medianoche, el estanque se va a secar.

Mientras algunos periodistas de farándula corren porque un grupo de vecinos saqueó un carro de bomberos, otros cientos de personas intentan pasar al sector donde lo que quedó de sus hogares humea, pero a ellos no los alumbrarán los focos de las cámaras.

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Hay humo, mucho humo. Tanto humo, que apenas se distingue el mural que hace unos días pintaron los vecinos del sector.

Un carabinero que evita el paso de pobladores y periodistas a la zona incendiada se acerca y pide un cigarrillo. Argumenta que lleva todo el día parado en ese lugar y que “necesita un puchito”. Se va a fumar a un rincón y el acceso queda despejado.

En la oscuridad se adivinan los latones en el suelo, los restos de lavadoras y automóviles. Personas, que a esta hora son sombras, escarban en lo que quedó de sus casas. Una foto, un recuerdo, algún documento, algo. En el epicentro del desastre ni siquiera hay sollozos. Los ojos rojos por el humo no son capaces de botar una lágrima, y los labios cerrados por el shock no saben qué responder cuando un grupo de voluntarios ofrecen café y pan.

El reloj avanza lento en Ramaditas.

Entre las cenizas que se tomaron suelo y cielo, un hombre de edad avanzada cuida lo que le quedó. Su casa está intacta, pero le robaron una oveja.

Por ahora le quedan dos burros. “Con ellos trabajo. Prefiero que esto se queme, pero con todo adentro. No le voy a regalar lo mío a nadie”, dice sentado en un tronco junto a su hija. Su casa está cerrada con llave. Además del fuego, le teme a los demonios que el caos liberó en los cerros.

Algunas llamas aún arden en medio de los escombros.

Un poco más adelante, el fuego sigue vivo gracias al vertedero clandestino que colinda con las casas de Rocuant.

Hay humo, mucho humo. Tanto humo, que apenas se distingue el mural que hace unos días pintaron los vecinos del sector.

“Solo la organización de los vecinos podrá dirigir a nuestra población hacia la conquista de agua potable y alcantarillado", dicen las letras medio borradas por la lluvia de ceniza. Era un sueño para los habitantes. No sólo las casas se quemaron esta noche.

“El fuego llovía”

Se ven dos grifos al inicio de la Avenida Alemania.

Allá arriba, donde se inicia la calle que recorre Valparaíso por la mitad, la misma que unos kilómetros más adelante pasa a llamarse Camino Cintura, por lo pronunciado de sus curvas.

Se ven dos grifos, que se supone servirían para extinguir las llamas en el Cerro Las Cañas. Pero ese par de grifos estaba seco.

Es mediodía del lunes y Luisa Bruna se apoya en una pala para descansar un momento.

Lleva toda la mañana recogiendo escombros en el terreno donde antes estuvo su casa.

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“Yo no veo nunca más películas de ciencia ficción después de lo que pasé ese día. Venía del Cerro La Cruz con mis hijos, arrancando, con el fuego atrás. No pudimos entrar a nuestra casa, tuvimos que seguir corriendo, llovían bolas de fuego. Fue terrible”, dice Luisa.

 

Al mismo tiempo que sonríe frente a la avalancha de jóvenes voluntarios que invaden el cerro más dañado por el fuego, reclama contra las autoridades: “Vivimos hace años aquí, y nunca nadie se ha preocupado de este sector. Ni siquiera han pavimentado. Los grifos nunca han tenido agua, siempre advertimos a la Municipalidad de los problemas, pero nunca han hecho nada. Para los inviernos, todo esto se inunda y se abren grietas en la tierra. A una de las casas que estaban aquí se le rompían las cañerías y caían todos sus desechos a la calle. Nadie venía a limpiar”, asegura.

Cuando el sábado las llamas consumieron casi todas las casas de Las Cañas, Luisa y su familia decidieron arrancar.

“Yo no veo nunca más películas de ciencia ficción después de lo que pasé ese día. Venía del Cerro La Cruz con mis hijos, arrancando, con el fuego atrás. No pudimos entrar a nuestra casa, tuvimos que seguir corriendo, llovían bolas de fuego. Fue terrible”.

Frente al terreno que ahora es limpiado por Luisa, murieron dos abuelos. Juanita y Manolo, ambos de 85 años. Los vecinos cuentan que en medio de las correderas de vecinos que arrancaban de las llamas, ellos se encerrron en su casa y murieron calcinados. Los diarios han dicho que cuando los encontraron estaban abrazados, pero eso nadie lo sabe con certeza.

En Las Cañas huele a muerte. Bajo los escombros que remueven los miles de voluntarios que trabajan limpiando el sector, aparecen cadáveres de perros. Entre el olor a humo y a neumático quemado, se cuela una estela de putrefacción.

En medio del desastre, los antiguos habitantes de las casas ahora ocupan los terrenos con carpas. Se suman los reclamos. No hay baños químicos, tampoco colchones.

Un poco más arriba, una mujer de 65 años, Emilia, camina lento.

Colgada de su mano va su hija que tiene síndrome de Down. Ambas miran todo con incredulidad. Su casa estaba aún más alto, entre el follaje que alimentó el incendio.

“Aquí nunca antes nadie vino. Siempre había problemas con los incendios, pero nunca tan grandes. Acá no hay grifos, pero ese no es el único problema. La escalera que conecta mi casa con la calle donde tomo la micro está que se cae. Es súper peligroso. Pero ¿qué le vamos a hacer?”, se pregunta, mientras con su mano izquierda limpia el sudor que le cae a gotas por la cara arrugada.

La tierra sigue caliente a dos días del incendio, y el sol hace lo suyo para incrementar la temperatura. Emilia recién vuelve a lo que fue su casa. No lo hace desde que la evacuaron los carabineros el sábado. Le dijeron que todo quedó reducido a cenizas.

“Los pobres no elegimos donde vivir, señorita”

En medio de la limpieza de escombros en el Cerro Merced, dos vecinos que se sumaron al trabajo hablan de muertos.

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En este sector ninguna casa quedó en pie. Algunas banderas chilenas chamuscadas cuelgan de los muros teñidos por el fuego. Sobre uno de ellos, los voluntarios instalaron los adornos que encontraron entre los restos de casas. Son más de 30. Un saludo a la dignidad de la dueña de casa.

Se cuentan sobre el destino de un hombre que no pudo arrancar del incendio. Dicen que tenía hijos repartidos por los cerros, que jugaba a la pelota, y que no alcanzó a esquivar las llamas. Pero no es tiempo de lamentos. Se abrazan, suben sus mascarillas, toman sus palas y vuelven al trabajo.

La calle La Virgen, que recorre de punta a punta el Merced, es un hervidero de voluntarios.

En este sector ninguna casa quedó en pie. Algunas banderas chilenas chamuscadas cuelgan de los muros teñidos por el fuego. Sobre uno de ellos, los voluntarios instalaron los adornos que encontraron entre los restos de casas. Son más de 30. Un saludo a la dignidad de la dueña de casa. Una galería simbólica de elefantes, unicornios y bailarinas de loza. Intactos.

Más abajo, en la calle Pajonal, Justiniano González cuenta que es nacido y criado en el Merced. Tiene 53 años y conoce la historia de Valparaíso por experiencia propia. Su casa no se quemó, pero estuvo a punto.

La calle La Virgen, que recorre de punta a punta el Merced, es un hervidero de voluntarios. En este sector ninguna casa quedó en pie. Algunas banderas chilenas chamuscadas cuelgan de los muros teñidos por el fuego. Sobre uno de ellos, los voluntarios instalaron los adornos que encontraron entre los restos de casas. Son más de 30. Un saludo a la dignidad de la dueña de casa. Una galería simbólica de elefantes, unicornios y bailarinas de loza. Intactos.

Repite lo que dicen muchos: que en el puerto, mientras más subes, también crece la pobreza.

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Está ella y los escombros. Ella y un desierto de cenizas. Morena, un aro en su nariz habla de su rebeldía, y le otorga sentido al lienzo pintado con spray que cuelga sobre el esqueleto de su ex casa: “Solo el pueblo ayuda al pueblo”.

Cuenta que hace 50 años estos cerros estaban despoblados. En ese entonces su casa marcaba el fin de la ciudad. Hace mención a los grupos europeos que, en un inicio, poblaron y compraron todos los terrenos para instalar sus navieras.

“Por eso los nombres de las calles: Avenida Alemania, Avenida España, Avenida Gran Bretaña”, asegura, y agrega que la mano de obra contratada por los empresarios extranjeros empezó a requerir viviendas, y que ya en ese tiempo el Estado no tuvo respuestas. “La gente se tomó estos cerros y levantó sus casas. Desde el Camino Cintura hacia arriba fueron puras ocupaciones ilegales”. Justiniano plantea que el Cintura funciona como una suerte de límite. “De ahí para abajo no pasó nada, los cerros quemados están todos en las alturas; Las Cañas, Rocuant, Ramaditas, El Litre, Mariposas, La Cruz”. Mientras más arriba, más pobreza.

A Justiniano todos lo conocen. Sus palabras cada tanto son interrumpidas por saludos de vecinos que suben y bajan con sus palas. Porque conoce la historia del barrio, es que se atreve a vaticinar conflictos: “Esto es terrible, la gente ahora no tiene ni carné. El desastre recién está empezando. Ahora se viene la

agitación social, la impaciencia por la falta de soluciones”.

Las casas cuelgan de las quebradas en los cerros al final de Valparaíso. Una periodista de TVN le pregunta a uno de los pobladores afectados por qué viven ahí, que es tan riesgoso, y la respuesta viene como una bofetada de sentido común: “Los pobres no elegimos donde vivir, señorita”.

Otro cerro, mismo cuento

18 horas, cerro Mariposas. La casa de Constanza Pizarro –22 años, estudiante–, fue totalmente devastada.

Está sentada sobre lo que antes fue el piso de su hogar y que ahora es una superficie teñida de negro. Está ella y los escombros. Ella y un desierto de cenizas. Morena, un aro en su nariz habla de su rebeldía, y le otorga sentido al lienzo pintado con spray que cuelga sobre el esqueleto de su ex casa: “Solo el pueblo ayuda al pueblo”.

A pocos metros del terreno, una enorme quebrada estaba hasta hace dos días llena de desechos. Nunca nadie la limpió. Constanza cuenta que cuando los vecinos le pedían al municipio que fuera a desmalezar, limpiar y podar los árboles más grandes, les respondían que no tenían los implementos necesarios.

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"“Intentaremos no poner cara de tristeza”, dicen Sandra Gallardo y Daisy Torres en el cerro Mariposas y esbozan una sonrisa mientras se dispara el flash de esta foto.

“Se encendió la quebrada y en cosa de 15 minutos todas las casas de este lado estaban en llamas. Mientras todo se quemaba, mi papá cortó con una motosierra los árboles que había, pero fue muy tarde”, señala.

El relato de Constanza coincide con el que se esparce por los otros cerros. Hasta el momento sólo han llegado a ayudar voluntarios civiles. A la autoridad no se le ha visto la punta de la nariz.

Sandra Gallardo, que vive unos metros más abajo, dice que los carabineros y los bomberos sí han estado presentes, pero se queja de que ni el Gobierno ni el municipio han llegado a las alturas.

Sandra vive sola con sus dos hijas, y en los últimos días no ha pegado un ojo. Desde que el sábado las llamas provenientes de la cima del Mariposa amenazaron a la Población Esmeralda, su vida ha sido a sobresaltos.

“La falta de agua y los pocos grifos siempre ha sido un problema”, cuenta Sandra y sigue su relato: “Nunca se limpian las quebradas y por estos caminos casi no caben los bomberos. Cuando empezó el incendio, a los carros se les acabó el agua”, comenta la mujer que durante el lunes recibió la ayuda de sus hermanos –así los llama ella–, de la iglesia Pentecostal para intentar sacar toda la maleza que rodeaba su casa, que por poco se salvó del fuego. Una de esas personas de iglesia que fue en su ayuda es Daisy Torres, quien dice que “las autoridades nunca están presentes”.

Ambas cuentan que muy de vez en cuando un camión municipal se pasea por la población con un megáfono avisando que recogen escombros, pero, como no avisan antes, la gente no está preparada y no los toma en cuenta.

Mientras los helicópteros y aviones siguen combatiendo algunos focos de fuego que se mantienen encendidos, y cuando aún las alarmas de bomberos y carabineros resuenan por entre las curvas del puerto, Sandra y Daisy acceden a tomarse una foto. “Intentaremos no poner cara de tristeza”, dicen, esbozando una sonrisa y abrazándose mientras se dispara el flash.

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