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Opinión

Elecciones 2017: la decadencia del presidencialismo

por 11 febrero 2016

Elecciones 2017: la decadencia del presidencialismo
Parece un poco patético para nuestra democracia tener que recurrir a ex Presidentes constantemente como candidatos (Frei, Bachelet y ahora Lagos y Piñera), cuando en el siglo anterior apenas se reeligió a solo uno de ellos. Algo nos está diciendo.

“Una nueva era. Hoy 24 de Diciembre sale nuestro país de un régimen de esclavitud y miseria, y entra en un nuevo periodo, un periodo de Justicia y Confraternidad Social. La transmisión del mando que se efectuará hoy en la Capital, no es meramente un cambio de hombres en nuestro gobierno, sino que es la caída total de una oligarquía que durante más de un siglo mantuvo las riendas de una NACIÓN para su beneficio. Una ola de alegrías y esperanzas recorrerá hoy todos los pueblos de Chile, obreros y empleados con las caras demacradas pero sonrientes se lanzarán a la calle, y bajo el anchuroso cielo azul de nuestra Patria se escucharán los gritos, los coros y las arengas inflamadas de esperanzas y llenas del calor de una nueva vida, de una nueva era de PAZ y TRABAJO”.

El extracto corresponde al número 131 del periódico Claridad, del Partido Socialista de la ciudad de Puerto Natales, el día de la asunción presidencial de Pedro Aguirre Cerda. Mirándolo desde nuestro presente, podemos concluir al menos dos cosas: nadie podría dudar de la honestidad con que los editores redactaron dicha nota. Es decir, que verdaderamente la asunción del Presidente Aguirre Cerda provocaba tales sentimientos en dichos militantes, y no podría acusárselos (como se haría en la actualidad, por ejemplo) de intentar engañar a la población o algo parecido. Lo segundo y quizás más relevante, es que pese a tal intención escrita, el gobierno de Aguirre Cerda estuvo lejos de lograr tales objetivos, por motivos obvios.

Estos deseos y frustraciones tan intensos se explican, en parte, en la fe que durante muchas décadas pusimos los chilenos en la figura del Presidente de la República. Como lo muestra el extracto, el Presidente es elevado a tal punto que su asunción traerá la “caída total de una oligarquía”.

El llamado presidencialismo ha recorrido un camino dentro de nuestra política, en cuanto a sus fundamentos. Se instauró en la Constitución de 1833 por la idea portaliana de “el resorte principal de la máquina”. Decía Portales que a él no le interesaba mayormente el detalle de lo que dijera la Constitución, solo le interesaba que la maquinaría institucional funcionara, lo que dependía del resorte principal, es decir, el Presidente, quien debía contar con amplias y fuertes atribuciones.

Así se hizo durante varias décadas, y retomó bríos justamente durante el siglo XX, en parte porque para las fuerzas transformadoras era conveniente el presidencialismo. La otra alternativa, el parlamentarismo, se ve como una burocracia política propia de países “desarrollados” en que conviene administrar más que impulsar el desarrollo, lo cual es más simple concentrando poder en una sola persona. O más en lo concreto, los periodos de pseudoparlamentarismo en Chile demostraron justamente cómo la oligarquía administraba a su gusto, cayendo por el impulso popular mediante el presidencialismo de Alessandri Palma.

Creo que estamos próximos a dar pasos a una madurez política como sociedad; somos ahora conscientes de que se pueden llevar a cabo transformaciones y anhelos importantes, pero sabemos que para lograrlo no basta dejarlo en manos de una persona, sino que debe existir una organización colectiva mayor y, por ende, una institucionalidad respectiva que sea capaz de reflejar esta fuerza y voluntad.

Han pasado los años y distintos aprendizajes históricos, y hoy somos un poco más conscientes de las distintas limitaciones de nuestra sociedad, y sabemos perfectamente que ni un periodo presidencial es suficiente ni mucho menos basta con elegir un Presidente o Presidenta, ni siquiera acompañado de un Parlamento, para concretar los anhelos expresados en el citado extracto u otros, sino que existe todo un entramado complejo que sustenta las relaciones sociales, culturales y económicas en nuestro país (como en toda sociedad compleja). Es cosa de poner atención rápidamente al Gobierno de Salvador Allende, donde un Presidente que podría decirse más “comprometido” que Aguirre Cerda (en cuanto se trata de un presidente socialista de pura cepa, acompañado de un movimiento popular potentísimo), también fue incapaz de concretar sus objetivos, con el desenlace trágico ya por todos conocido.

Por ende, podemos ver que el asunto no se trata de la “voluntad” de quien ocupa el cargo, ni aun del contexto político y social, sino que al parecer nuestra institucionalidad resultó ser algo mentirosa para gran parte de la población. Ya aprendimos (algunos somos de aprendizaje más lento, y los procesos sociales lo son) que un Presidente por sí mismo no es seguridad de que cambie nada.

Volviendo a la actualidad política de nuestro país, nos encontramos ad portas de vivir una nueva elección presidencial, quizás una de las más atractivas desde el retorno de la democracia por variados motivos. En primer lugar, por motivos obvios, al comprobar si es posible la continuidad de la coalición gobernante en unidad, sin la figura de Michelle Bachelet a la cabeza; por lo demás, se espera que en cualquier caso sea más reñida que la anterior, y cuál será el debate que se instalará es algo bastante difícil de determinar. Y sin duda el factor corrupción y la desconfianza generalizada de la ciudadanía hacia la política van a ser quizás lo más relevante.

A lo anterior debemos sumar un elemento interesante, respecto al estilo de gobierno que ha dejado Bachelet, en cuanto existe un fuerte compromiso público respecto del programa gubernamental. En este sentido, la Presidenta ha demostrado que para su mandato no es determinante el nivel de aprobación de ella o de las reformas, sino que lo más determinante es el compromiso previamente adquirido. Lo importante deja de ser el valor de la figura presidencial, incluso en el ámbito más personal, y lo más relevante pasa a ser el cambio comprometido. Esto parece ser un factor relevante en un giro de enfoque del presidencialismo en cuanto a la vanidad y orgullo propios de quien ocupa el cargo presidencial.

Sin embargo, cuando observamos a los posibles candidatos el panorama es desalentador. O al menos podemos decir que se nos enreda la pista. Quien hubiera pensado el 2011 o 2012 que Sebastián Piñera era un serio candidato a la reelección. Quien hubiera pensado el 2009, luego de que declinara competir contra el propio Piñera (por miedo a perder, más que por otra cosa al parecer) que Ricardo Lagos, con 80 años, buscaría la reelección en 2017. Y en las demás cartas posibles encontramos como mayor fortaleza la novedad, sin que exista una figura con un gran apoyo o confianza popular o atributos reales de presidencia. Y ahí es donde está el problema.

Es en estos “atributos presidenciales” en donde el presidencialismo está quedando obsoleto. En un época en que comprendimos que el Presidente de la República no es un todopoderoso hacedor de cosas, pero que sí tiene mucho poder institucional, por ejemplo, para nombrar un sinnúmero de puestos públicos, parece que nadie “da el ancho” o siquiera da la confianza mínima para poder ejercer el cargo, en este periodo de desconfianza.

Y, por lo mismo, es bastante sintomático que algunos nostálgicos recurran a los viejos baluartes, a ex Presidentes de otra época, de otra alcurnia, en que los presidentes mandaban y se los obedecía, o más claramente, donde las encuestas y el apoyo al Presidente eran más relevantes respecto del manejo del Gobierno (podrá decirse que Piñera logró sobrevivir al 2011, pero nadie podrá negar que su Gobierno quedó completamente inmovilizado). A esto debemos agregar que parece un poco patético para nuestra democracia tener que recurrir a ex Presidentes constantemente como candidatos (Frei, Bachelet y ahora Lagos y Piñera), cuando en el siglo anterior apenas se reeligió a solo uno de ellos. Algo nos está diciendo.

Lo que me atrevo a aventurar es que al parecer ya no queremos elegir más presidentes. Si preguntamos en una conversación cotidiana a una persona cualquiera quién le gustaría que fuera el próximo Presidente, difícilmente encontremos a alguien con una respuesta que esté dispuesto a defender con convicción. Se ha vuelto una carga demasiado pesada para nuestros tiempos.

Esto no significa que queramos desterrar nuestro sistema democrático, sino que no queremos elegir más presidentes en estas condiciones, con estas desconfianzas, con las falsas atribuciones en que se sostiene el mito presidencial. Creo que estamos próximos a dar pasos a una madurez política como sociedad; somos ahora conscientes de que se pueden llevar a cabo transformaciones y anhelos importantes, pero sabemos que para lograrlo no basta dejarlo en manos de una persona, sino que debe existir una organización colectiva mayor y, por ende, una institucionalidad respectiva que sea capaz de reflejar esta fuerza y voluntad.

En este tránsito debemos ser cautelosos. El 2017 habrá elección y se elegirá a un Presidente o Presidenta de igual manera. Lo relevante es lo que viene después, al momento de discutir nuestra nueva Constitución. La tarea, por lo tanto, es abocarse al desarrollo y construcción (en gran parte intelectual) de un sistema político alternativo que recoja esta nueva realidad y la conduzca hacia el establecimiento de una institucionalidad capaz de generar transformaciones relevantes y, por supuesto, elegir a un Presidente o Presidenta que esté dispuesto a terminar con el presidencialismo.

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