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Opinión

La Iglesia y la homosexualidad: ¿nueva teología?

por 11 febrero 2016

La Iglesia y la homosexualidad: ¿nueva teología?
No cabe duda que el mensaje que la Iglesia ofrece a las personas con tendencia homosexual es difícil: están –como todos los seres humanos– llamadas a la castidad (Catecismo 2359). Pero este mensaje, que a primera vista puede parecer crudo o frío, esconde una cálida acogida.

No sorprende el revuelo que ha causado la columna del presbítero Jorge Costadoat, titulada “Hacia un concepto teológico de la homosexualidad”. Más aún, en tiempos donde, con cada vez más frecuencia, la Iglesia es acusada y presionada para que modifique su doctrina y se abra hacia una nueva comprensión del hombre y la sociedad. Detrás de todo esto, subyace una errada comprensión de la caridad y, sobre todo, su desvinculación de la verdad.

Con todo, la columna del sacerdote jesuita es útil para aclarar dos cuestiones que quedan dando vuelta en sus palabras: la primera tiene que ver con el mensaje que la Iglesia Católica ofrece a los homosexuales; la segunda, sobre si la Iglesia tiene la posibilidad de modificar su doctrina.

El problema de la homosexualidad no es fácil de abordar, sobre todo en medio de un contexto cultural que ha pisoteado la sexualidad, desligándola casi totalmente de su orientación a la procreación. No cabe duda que el mensaje que la Iglesia ofrece a las personas con tendencia homosexual es difícil: están –como todos los seres humanos– llamadas a la castidad (Catecismo 2359). Pero este mensaje, que a primera vista puede parecer crudo o frío, esconde una cálida acogida.

La Iglesia afirma que las personas homosexuales deben ser tratadas con delicadeza y jamás ser marginadas o excluidas injustamente: se debe evitar, respecto de ellos, todo signo de discriminación injusta (Catecismo 2358). Asimismo, las invita a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición, sabiendo que en Él pueden encontrar el consuelo que necesitan (como cualquier persona puede encontrarlo). Este es el sentido de las palabras del Papa cuando se preguntaba: “Si una persona es gay y busca al Señor y está dispuesto a ello, ¿quién soy yo para juzgarla?”. De esta manera, la pregunta teológicamente compleja del padre Costadoat, sobre cómo una persona homosexual se puede donar a los demás, encuentra plena respuesta en las enseñanzas de la Iglesia: deben entregarse a los demás, de la misma forma que todo cristiano debe hacerlo según sea su estado particular: soltero, casado o célibe. Por otro lado, hay que considerar que la capacidad de donación del ser humano no se reduce al sexo; lo contrario sería desconocer toda la riqueza interna de la persona.

El segundo tema es el más complejo y el que genera, por cierto, más expectación periodística. Ya en el conclave de 2013, donde fue electo Francisco, mucho se especuló sobre si el próximo pontífice sería conservador o progresista (quedó claro, en todo caso, que el Papa solo es –con la profundidad que esto significa: católico-romano). Es la misma expectativa que genera la exhortación apostólica que el Papa publicará durante este año: son muchos los inquietos que esperan que el Papa, de una vez por todas, acepte, entre otras cosas, que los divorciados que viven una nueva unión puedan comulgar. A lo anterior se suma ahora el comentario del padre Costadoat, quien afirma que, a la luz de las nuevas investigaciones científicas, el Magisterio debería modificar sus enseñanzas sobre la homosexualidad: si antes se desconocía el origen psíquico de la homosexualidad (Catecismo 2357), ahora se conoce en tal grado que la OMS la considera como una variante más de la sexualidad humana y no como una patología.

La Iglesia no puede alterar el contenido o significado de las verdades que protege; está –por decirlo de algún modo– amarrada a ellas. Por esta razón, es posible afirmar que la teología católica tiene una fuente de inspiración inmutable.

El razonamiento del presbítero, sin embargo, esconde dos errores. Por lo pronto, un error sobre la comprensión del método científico: las “verdades” que arroja la ciencia son, por definición, verdades sujetas a futuras refutaciones por parte de otras investigaciones científicas (puede que, en este mismo momento, un científico en EE.UU. esté llegando a una conclusión completamente opuesta a la sostenida por la OMS). Además, como decía en una oportunidad el profesor Daniel Mansuy, la ciencia no es capaz de responder la pregunta sobre si la homosexualidad es o no una patología, porque ni siquiera la definición de enfermedad es meramente científica. Por lo mismo, no es razonable sostener una conclusión de esa naturaleza a partir de un cambio en las “verdades” científicas. El segundo error es todavía más grave, y tiene que ver con la naturaleza de la teología católica.

La opinión que la Iglesia tiene sobre la homosexualidad, no radica en descubrimientos científicos, sino en ley natural y en las verdades reveladas. Por esta razón, la misión de la iglesia, encomendada por Cristo, no es otra que la de conservar el depósito de la fe (Constitución Apostólica Fidei Depositum). No le cabe a la Iglesia modificar las enseñanzas de Cristo, lo que, en estos términos, equivaldría a renunciar a ellas (o, como dice el escritor agnóstico Mario Vargas Llosa, a desaparecer).

La Iglesia no puede alterar el contenido o significado de las verdades que protege; está –por decirlo de algún modo– amarrada a ellas. Por esta razón, es posible afirmar que la teología católica tiene una fuente de inspiración inmutable. A esto se refiere Benedicto XVI cuando, reflexionando sobre los límites de la teología católica, señala que, si bien uno es libre de pensar lo que quiera pensar en conciencia, no lo es para afirmar que lo que dice es teología católica. Aquí hay una especie de marca registrada protegida que el Magisterio está llamado a defender (Naturaleza y misión de la Teología, p.14). A la misma conclusión llega el Papa Francisco en su primera encíclica, asegurando que, la teología católica, para tener la certeza de beber la Palabra de Dios, debe considerar al Magisterio como un momento interno constitutivo (Lumen Fidei n° 36), Magisterio que afirma las verdades que ya hemos dicho sobre la homosexualidad.

Al comenzar el año de la misericordia, es bueno recordar el mensaje del Papa Francisco, quien sostiene que Dios no se cansa de perdonar y acoger, de amarnos en definitiva, no obstante el límite de nuestros pecados y la habitualidad de nuestras faltas. Pero la misericordia es incomprensible si se desentiende de las verdades del Magisterio, que son fuente de justicia y caridad. De la mano de Benedicto XVI, podemos decir que la caridad, y todavía más la misericordia como expresión viva del amor de Dios, encuentra su contenido –y sentido– en la Verdad, sin la cual sería como un envoltorio vacío: pura apariencia y sentimentalismo.

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