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Opinión

El profundo temor a las primarias y al aumento de participación

por 17 marzo 2016

El profundo temor a las primarias y al aumento de participación
Si a este cóctel de potencial incertidumbre y miedo de los partidos tradicionales a lo que se viene, le agregamos los más de doce partidos nuevos que podrían llegar a las elecciones municipales (25 o 26 en total, más los antiguos partidos), no debería extrañar dicha paralización o falta de incentivo a reformar las reglas estables del juego, que tanto beneficio les han dado a estos partidos históricos.

Si en los próximos días no se legisla y termina de modificar la actual ley inservible de primarias (no permite optar entre candidatos de pactos distintos de concejales), no tendremos una competencia real o la aparición de nuevos actores políticos y, por cierto, un aumento de la participación electoral en las elecciones municipales de este año. En esta línea, si uno analiza fríamente el actuar del gobierno en la tramitación de esta ley, ha sido –por decirlo elegantemente– pasivo. Solo la motivación de un puñado de diputados, que al parecer no le temen a la competencia democrática, ha permitido sacar adelante el proyecto casi en su totalidad, pues el sentido de urgencia por mejorar la calidad de la democracia y la participación no se ha visto en el gobierno y menos en las urgencias y energías que debería tener. ¿Qué se esconde en esta pasividad? o ¿a qué le temen algunos dirigentes históricos de los partidos tradicionales? ¿Qué hay detrás de esto?

Básicamente, miedo.

Miedo a perder el control sobre lo conocido, a que nuevos electores se agreguen a los que normalmente han votado y por esa vía perder las cuotas estables de representación con votantes que se conocen desde hace años. Miedo a que quieran participar nuevos y más jóvenes dirigentes, desafiando a los que llevan decenas de años en los mismos cargos. Si no hay definición competitiva en primarias para los cargos de representación popular, la burocracia de los partidos negocia centralizadamente con los aliados, fortaleciendo a las dirigencias existentes y asegurando que no se produzcan “desequilibrios” al interior de los pactos. En otras palabras, comienzan a operar los “blindajes”, subvenciones y también la nefasta filosofía “del que tiene, mantiene”.

Se habla de aumentar la participación electoral ante la severa abstención, con discursos que proponen reponer la obligatoriedad del voto, en otras palabras, el camino corto normativo. ¿Pero hay realmente voto voluntario en Chile? Pienso que no. Lo que hay es una mezcla del antiguo sistema de inscripción voluntaria con votación obligatoria, donde solo se cambió el padrón por uno generado centralizadamente, donde supuestamente estamos todos los que podemos votar.

Pero, ¿hay algún incentivo, facilidad o condiciones para votar convenientemente?, es decir, ¿atraer a los electores a la participación sin que haya excusas? Creo que no. No recuerdo ninguna campaña gubernamental que incentive la participación política o electoral, tampoco un paquete de medidas que faciliten la votación en familia, la elección del local cerca de la casa o tener el tiempo adecuado para ir a votar cuando se está en el trabajo. Impensable el trasporte público gratuito en el día de la elección o el cambio vía internet del local de mesa antes de la elección. Para qué hablar de tener abiertos los locales más que el solo día de la elección. Ni pensar en incentivos académicos o tributarios para jóvenes que voten continuamente. Es el viejo sistema con un padrón automático, sin ningún cambio que facilite la participación.

Cuando los sistemas políticos y de partidos pierden legitimidad como el chileno, sea por los escándalos de corrupción, la escasa renovación o la binominalización que esta culturalmente asentada en el Parlamento y las instituciones políticas, no solo queda el camino de la transparencia para mejorar, sino también aumentar sustantivamente la cantidad de democracia.

Si a este cóctel de potencial incertidumbre y miedo de los partidos tradicionales a lo que se viene, le agregamos los más de doce partidos nuevos que podrían llegar a las elecciones municipales (25 o 26 en total, más los antiguos partidos), no debería extrañar dicha paralización o falta de incentivo a reformar las reglas estables del juego, que tanto beneficio les han dado a estos partidos históricos.

En este contexto, se parecen mucho los problemas del fútbol chileno y su violencia en los estadios con nuestra democracia electoral. A muchos les da igual que la gente vuelva a los estadios, pues los incentivos están puestos en la televisión de paga. En nuestro sistema electoral, a muchos también no les “incomoda” que vaya poca gente a votar, lo que explica la pasividad ante reformas que puedan generar mejor y mayor competencia al interior de las alianzas, dado que corren peligro de perder posiciones de poder. La reforma a la actual ley de primarias municipales es un ejemplo de esta “quietud”.

Cuando los sistemas políticos y de partidos pierden legitimidad como el chileno, sea por los escándalos de corrupción, la escasa renovación o la binominalización que esta culturalmente asentada en el Parlamento y las instituciones políticas, no solo queda el camino de la transparencia para mejorar, sino también aumentar sustantivamente la cantidad de democracia.

No mata a nadie y a la larga fortalece la convivencia social.

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