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Opinión

El día después de mañana: lecturas erradas después de la municipal

por 29 octubre, 2016

El día después de mañana: lecturas erradas después de la municipal
Es evidente que estamos en un proceso de desafección, pero es con este sistema político, no con la política en general, cuestión que se observa, por ejemplo, en la masiva y variada participación en marchas convocadas por distintos temas. En definitiva, hay una preocupación por lo político, pero no con la política actual.
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El domingo pasado la abstención se convirtió en el “partido más votado” (67%). Algo que ya se había pronosticado. Las democracias actuales, resisten altos niveles de abstención. No es lo mejor, pero como se dice por estos lados, las instituciones continúan funcionando y la democracia representativa también, aunque está puesta en entredicho con esta última elección.

Leer esta situación como una responsabilidad de quienes no fueron a votar, es una lectura facilista, que sólo pone la atención en el síntoma y no en la causa que provoca esto. Es evidente que estamos en un proceso de desafección, pero es con este sistema político, no con la política en general, cuestión que se observa, por ejemplo, en la masiva y variada participación en marchas convocadas por distintos temas. En definitiva, hay una preocupación por lo político, pero no con la política actual.

La desafección genera sentimientos de hostilidad hacia las instituciones, los procesos y valores del actual sistema político, que se manifiestan en actitudes y comportamientos no participativos. Precisamente lo que ocurrió el domingo pasado lo demuestra, y es la guinda de la torta de la crisis en que estamos.

Proponer reponer el voto obligatorio como solución a la desafección, es un camino que puede conducir a que la hostilidad se radicalice. Así, con voto obligatorio, la radicalidad podría expresarse no sólo en más votos blancos y nulos. Si por abc motivo, se levantara una candidatura de tipo populistas, se podría votar por ella como muestra de repudio y castigo al sistema. Así que, cuidado.

Lo segundo, no es correcto leer lo sucedido en las últimas elecciones, como un proceso de derechización del electorado. El análisis de las votaciones en Ñuñoa, Santiago y Providencia, por señalar algunos ejemplos, muestran que la derecha no aumentó su votación, y cuando lo hizo, ese aumento no es tan significativo. Sí se observa, una pérdida importante de votos en esas comunas por parte de la Nueva Mayoría (aproximadamente 12 mil para Ñuñoa y Providencia, y 19 mil, para Santiago), cuestión que ocurrió en muchas otras. Por lo tanto, no hay derechización del electorado. Lo que se vio en las elecciones del domingo, es el castigo a una forma de hacer política en general y, en particular, al conglomerado de gobierno y a su gestión.

Tercero, la debacle del proceso eleccionario municipal, es algo que golpea a todos. Ningún conglomerado puede hacerse el leso. Se asiste a un castigo a todo el sistema político y la clase política actual. El golpe es más fuerte para la coalición gobernante, que para la derecha. El electorado o simpatizante de la Nueva Mayoría, y el votante más cercano a “ideas progresistas”, me atrevo a decir, tiene un estándar más alto de exigencia política, ética y moral, que cierto electorado de derecha. Es “más rabioso” y se desilusiona. Cuando las cosas se han hecho mal, el castigo es más fuerte: no va a ir a votar. El de derecha siempre lo hace: llueva, truene; haya colusión o no, o tengan a la mayor cantidad de personas enfrentando problemas con la justicia por corrupción.

Cuarto, ¿se puede decir que la Nueva Mayoría obtuvo un resultado peor que el 2012 y, por lo tanto, quedó en mal pie para las elecciones del 2017? La respuesta es no. Al analizar el número de concejales y los votos obtenidos, que son los votos que valen para poder realizar una aproximación al escenario 2017, el conglomerado de gobierno obtuvo la mayoría de concejales (53,9% de 2240). Además, en votos, obtiene un 47% y la derecha sólo un 39,5% de un total de 4.545.005.

Quinto, la derecha no tiene asegurada la presidencia. No puede cantar victoria y sobarse las manos por adelantado como si para las elecciones del 2017 tuviese la carrera ganada. No obtuvo más votos en concejales que es precisamente el indicador de fidelidad partidaria. O sea, si las elecciones presidenciales se hicieran hoy con los votos de los concejales -y también con los de alcaldes-, la Nueva Mayoría gana. Por otro lado, en procesos eleccionarios con escenarios tan complejos, líquidos como el actual, quién logré encantar y sumar más ciudadanos al proceso eleccionario, ganará. Precisamente, ese es el desafío, para todos y particularmente para el conglomerado gobernante. La derecha sólo tiene la pole position a nivel simbólico. La carrera es larga y hay muchas vueltas.

La pregunta es, ¿Cómo encantar a quienes ejercieron el derecho/elección a no votar?

El procedimiento no es recurrir a un flautista de Hamelin, que hipnotizando arrastra al electorado, sino que, se debe aprender de nuevas experiencias más participativas y ciudadanas. Por ejemplo, como la que llevó a Jorge Sharp del Movimiento Autonomista a la alcaldía de Valparaíso. En ese sentido, el ex presidente Lagos, más que pedir consejos dentro de la NM, los debería pedir precisamente a aquellos que pudieron convencer a una ciudadanía a participar y dar el batatazo, que no es el primero. Ya se vivió con Gabriel Boric. Ambos han derrotado al duopolio actual. La receta funciona para activar las ganas de participar.

Por último, las elecciones del domingo, muestran que en las del 2017, debe haber un giro, casi copernicano, si se quiere revertir la baja participación. Quizás una posibilidad a explorar, y que tiene que ver con mitigar la sensación de que todo está cortado, bueno, lo está, dado que, por ejemplo, casi siempre estamos eligiendo dentro de dos conglomerados, es hacer más competitiva la presidencial. Por ejemplo, hacer de la primera vuelta una primaria ciudadana. Así, que se presenten los que quieran competir: Lagos, Guillier, Walker, Atria, MEO, Piñera, Ossandón, etc. Se abre, “un abanico de posibilidades”, que hace más atractivo la participación, o por lo menos, aparece con más fuerza la idea de competencia, tan alejada del imaginario ciudadano actual.

El problema es que esto asusta a los dos conglomerados, particularmente al de gobierno, ya que ambos están acostumbrados a dirimir todo dicotómicamente. A ambos les asusta una ciudadanía activa, reflexiva, pensante. Así, hemos construido una “democracia dicotómica”, que siempre es más de lo mismo. Salirse de esa lógica, sería un aporte a la construcción de una democracia un poco más radical y que aliente a la participación. Se acabó el tiempo de una democracia homogeneizante y estandarizada. Necesitamos una democracia que recupere la diversidad.

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