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Columnas

31 de marzo de 2001

A propósito de la flexibilidad laboral que queremos (para los otros)

El jueves 29 de marzo me he encontrado en un matutino con el siguiente titular: “Disney despide a empleados de todo el mundo”. Teniendo a Bambi en mi subconsciente, me apresuré en releer lo que mis ojos me decían y mi espíritu rememorativo rechazaba:



“La empresa de Walt Disney anunció anteayer el recorte de 4.000 puestos de trabajo en las divisiones que esa sociedad tiene en todo el mundo. “Debemos hacer frente a la desaceleración de la economía y para sostener la confianza de los inversores, es necesario recurrir a estos recortes”, explicó Mickael Eisner, presidente y administrador delegado de la empresa”.



Es decir, Bambi, se venga cincuenta años después, de los cazadores de su madre. Bambi despide a los humanos.



Pero lo que terminó de dejarme perplejo fue la consecuencia económica del despido masivo:



“Los títulos de la Disney en el New York Stock Exchange registraron hoy un alza del 4,94%”



Loca economía esta que estamos viviendo que cuando disminuye el trabajo sube el capital (aunque creo que algo de esto ya habló Carlos Marx). En el mundo de la globalización, la hegemonía de los mercados financieros es total. Menos del 5 por 100 de los intercambios monetarios corresponden a la cobertura del comercio de mercancías o servicios. No se produce nada y se especula todo. “El hombre al servicio de la economía y no la economía al servicio del hombre” diría escandalizado mi profesor de Doctrina Social de la Iglesia.



Mientras existió alternativa socialista y socialcristiana al capitalismo, los países desarrollados crearon un Estado que puso atajo a sus excesos: especulación y desigualdades. Hoy no hay nadie que lo detenga. El capitalismo no tiene contrapartida real alguna.



Paro estructural y empleo cada vez menos valorado, remunerado, estable e indefinido (los macjobs); ser competitivo es tener mucha tecnología y poco empleo; dualización social con un aumento de los excluidos, pero también de la recuperación de los excedentes empresariales; del desmantelamiento de un Estado de bienestar que ya no resiste el fraude social, la presión del cambio demográfico -que genera un peso previsional imposible y encarecimiento de la salud- ni la globalización en que entran países con costes salariales mucho menores, escasa normas medioambientales, sindicatos débiles; globalización que genera además una presión migratoria sobre los países desarrollados; empobrecimiento de países menos desarrollados y desintegración de continentes enteros.



Europa del este se incorpora al mundo capitalista en desmedro del sur del mundo. Africa se hunde. Los dragones del sudeste asiático, China y la India no logran ocultar la dura realidad asiática y mundial en que una quinta parte de la humanidad no tiene más norte que luchar por la sobrevivencia.



A propósito del debate chileno acerca de las reformas laborales, lo que me sorprende es que se alegue en pro de la flexibilidad para promover los ajustes que requiere el mercado y relanzar así el crecimiento económico que Chile vivió en los 90. Me sorprende porque lo que podría estar ocurriendo en Chile es que la magnitud del cambio sea tan grande que ya no haya arcadia a la cual regresar. Quizás vuelva el crecimiento económico, pero con desempleo estructural, empleo informal o parcial y dualización social. Es lo que viven muchos de los países desarrollados.



Ello nos obliga a ser más rigurosos en el debate. No vender la idea que si somos más prudentes, es decir, menos justos e igualitarios en materias impositivas, sociales y laborales, volverá el crecimiento y que este dará trabajo a los pobres. Eso no será necesariamente así. Lamentablemente.



Y, sobre todo, ser sí muy prudente cuando se reclama “flexibilidad, flexibilidad y flexibilidad” para los otros, es decir, “inseguridad, inseguridad e inseguridad” para millones de chilenos, cuando se tiene un cargo nombrado por el Estado, por ocho años, cargo que ya se ocupaba en los años sesenta.

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