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    Columnas

    30 de Marzo de 2010

    Un caso de planificación tributaria agresiva, en un país imaginario

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    Federico Joannon
    Abogado. Miembro del directorio de El Mostrador

    Sólo como una sana entretención de fantapolítica vamos a suponer un caso de “planificación tributaria agresiva”, en un país imaginario.

    Supongamos que un abnegado servidor público, por ejemplo, un senador de la República, aprovecha durante el año 1994 un precio de ocasión e irresistible (¿y quizás alguna información privilegiada?, uf, eso no se dice, es de mal gusto) para adquirir, en conjunto con unos amigos suyos de origen godo, un importante y controlador paquete accionario de la principal línea aérea del país imaginario, la cual, por entonces, no estaba volando alto bajo el mando de su anterior controlador, un conocido abogado y empresario. En la nación de fantasía esta compañía era antes una estratégica empresa pública de transporte aéreo, que fue privatizada a un precio vil en tiempos de una no suficientemente lejana dictadura militar.

    El senador, en medio de sus arduas y agotadoras tareas de servicio público, tuvo la energía suficiente para –también-  ocuparse, día a día y año a año, y de la mano con sus casi hispánicos amigos, de hacer crecer la mencionada línea aérea, “su” línea aérea, y así multiplicar el valor de sus acciones. Tuvo suerte, eso sí, porque nunca les faltó el apoyo del Estado para obtener las licencias y los permisos claves que necesitaba su negocio de aeronavegación, y no hubo interés gubernamental por investigar múltiples acusaciones de conductas monopólicas que clamaban quienes trataban de competirle. Más suerte tuvo aún, porque su línea aérea pudo consolidarse como proveedor monopólico en el transporte aéreo nacional, con enormes ganancias.

    Olvidaba relatarles que a nuestro protagonista imaginario le producía mucho placer comprar paquetes accionarios en empresas controladas por otros empresarios, y hacerles la vida difícil, hasta que éstos le compraban a un buen precio para que se fuera.

    Pero la fortuna, en sentido amplio, del entonces ex parlamentario (ya había terminado sus extenuantes funciones públicas en 1998), no acabó ahí. Por el contrario, tuvo el buen ojo e iniciativa de aprovechar –con las asesorías de ingeniosos hombres de letras y de números- un beneficio tributario circunstancial que en el año 2001 el país imaginario estableció para reactivar el mercado bursátil, muy deprimido por ese entonces por una crisis de color amarillo, tan lejana pero tan cercana. Al beneficio le dieron un nombre bastante críptico, algo así como “artículo 18 ter de la Ley de la Renta”. Y así pudo nuestro imaginario protagonista –¡oh, el colmo de la buena suerte!- eludir pagar importantes impuestos, varios años después, al momento de vender la parte más relevante de su patrimonio accionario en la monopólica línea aérea.

    El beneficio tributario aludido, impulsado por el gobierno de centro izquierda que entonces tenía el país imaginario (pero que era muy amigo de los grandes empresarios), tenía por finalidad incrementar el número de transacciones bursátiles, para lo cual –como incentivo a los que tenían lucas bajo el colchón y tentarlos a sacarlas para comprar acciones de empresas- eximió de impuestos a las utilidades o mayor valor que obtuvieran las acciones adquiridas bajo esa modalidad. Pero entonces nuestro ex senador, debidamente asesorado, se preguntó: ¿por qué no me traspaso a mi mismo mis propias acciones y así aprovecho también el beneficio tributario? ¡Brillante! “Total, no tiene importancia que yo ya las haya adquirido varios años antes”. Y así lo hizo, ocupando para esta hábil maniobra una –hasta ese momento- pequeña sociedad anónima llamada “Acción” (o algo así).

    Pero las cosas se le enredaron un poco a nuestro imaginario protagonista, porque quiso ser Presidente del país imaginario. Y las fuerzas políticas y la opinión pública le exigieron que, previo a ser Presidente, se deshiciera de su paquete accionario en la línea aérea. Para evitar conflictos de intereses, le dijeron. Para no enredar interés público con interés privado, le enfatizaron. Y bueno, nuestro imaginario ex senador tenía tantas ganas de ser Presidente que aceptó y se comprometió a vender sus acciones antes de asumir la más alta magistratura del país.

    Fue elegido Presidente, pero no cumplió oportunamente su promesa de desprenderse de sus valiosas acciones en la línea aérea, lo cual le significó gran número de críticas y algo de desprestigio. Pero la diosa fortuna no lo abandonó, porque entre el día que debió haber vendido sus acciones, un poco antes de las elecciones presidenciales, y el día que –por fin- las vendió, estos títulos tuvieron un importante plusvalor y así pudo recibir más dinero por ellas (no afecto a impuestos, como vimos). Además, la demora le dio el tiempo suficiente para conseguirle una buena socia estratégica a sus antiguos socios de origen ibérico. ¡No fuera a ser que algún personaje hostil se adueñara de su paquete accionario y le hiciera a sus amigos lo que a él le gustaba hacerle a otros! (olvidaba relatarles que a nuestro protagonista imaginario le producía mucho placer comprar paquetes accionarios en empresas controladas por otros empresarios, y hacerles la vida difícil, hasta que éstos le compraban a un buen precio para que se fuera).

    ¡Qué gran planificación tributaria! Lo relatado más arriba y un par de otras hábiles triquiñuelas, le permitieron al ahora Presidente del país imaginario pagar en impuestos -en total- menos del 10% del tremendo mayor valor que obtuvo por sus acciones. Nada mal en un país imaginario donde el ciudadano medio paga mucho más por mucho menos.

    Desde entonces, el clamor popular en esas tierras imaginarias se levanta exigiendo: ¡Planificación tributaria para todos! ¡No más impuestos! ¡Que la educación, la salud y la reconstrucción la paguen otros! ¡Ojalá puras teletones!

    Cualquier similitud con la realidad, es pura casualidad.