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Columnas

1 de junio de 2010

La nueva forma de triangular

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PhD en ciencia política. Subdirector Académico del Instituto de Asuntos Públicos, Universidad de Chile.

Si Michelle Bachelet representó algún tipo de ‘cariñocracia’, fue solamente en la medida que los chilenos la llegaron a conocer – o creían que la estaban conociendo – a través de la pantalla chica. Ese contacto, la visita diaria que hacen los políticos a los livings y dormitorios de Chile – es una de las razones de por qué las habilidades comunicacionales son tan fundamentales en la política actual. Es una razón también, como demuestra la reciente campaña electoral británica, que ayuda ser joven, energético y telegénico.

Otra razón por las cuales las habilidades comunicacionales son claves es que un buen porcentaje del trabajo de un líder es vender. El marketing no se emplea solamente durante campañas electorales, sino que siempre, y tal como ocurre con los zapatos o los chocolates, implica un conocimiento del mercado, del cliente, de la competencia, y de cómo empaquetar el producto para que sea atractivo. En este sentido, un presidente con experiencia empresarial es bastante lógico. No hay que ir más lejos que observar la casi unánimemente positiva reacción al discurso del 21 de mayo. La Concertación, cuya energía y atención está mucho más enfocada en sus elecciones internas y en descalificar a los suyos cuando se atreven a sugerir que han cometido errores, no pudo hacer más que aplaudir lo prometido pero cuestionar si realmente el Presidente iba a alcanzar a hacerlo todo en cuatro años (sin darse cuenta que Piñera repetidamente se puso un plazo de ocho años).

Piñera cree, sin duda, que la UDI lo acompañará porque a) no tiene donde irse, y b) le va a tomar el gustito al poder. En esto es muy posible que el Presidente se equivoque.

¿Cómo lo logró Piñera? ¿Qué hizo y qué dijo que llevó a la clase política a ironizar  el ‘quinto gobierno de la Concertación’?

Una lectura del discurso permite identificar dos estrategias, de forma y de fondo. En cuanto a forma, Piñera usó un lenguaje que derechamente implica la continuidad. El Presidente no solamente tuvo la cortesía de homenajear a los presidentes de la Concertación, sino que se hizo cargo de su legado: ‘Seguiremos mejorando nuestro sistema de educación superior’, por ejemplo. Respecto al fondo, los contenidos del discurso incluyeron muchos elementos que no solamente no estarían de más en un 21 de Mayo de la Concertación, sino que van derechamente en contra de los dogmas tradicionales de una derecha neoliberal.

La de Piñera no es la derecha de Milton Friedman, y menos de Jaime Guzmán. ¿Existe un problema? Creamos un ministerio. ¿Sigue la pobreza? Le tiraremos bonos y subsidios. ¿Una sociedad de valores? Entonces no discriminemos por origen étnico, religión u orientación sexual. ¿Problemas con los sindicatos? Ampliaremos la negociación colectiva.

La estrategia es brillante, pero no es nueva. A mediados de los noventa, el asesor de Bill Clinton, Dick Morris, le puso un nombre: triangulación. Fue pensada como una medida recuperativa luego de los difíciles primeros años de la administración de Clinton y la pérdida del control del Congreso en 1994, y consistía en apoderarse de una cantidad de políticas asociadas con el partido o candidato opositor. Para diferenciarse del pasado, se marketearon como New Democrats, dejando de lado sus ambiciosos planes para reformar el sistema de salud, y se comenzaron a implementar políticas ‘Republicanas’ como los tratados de libre comercio y la reforma al sistema de bienestar. Tony Blair, bajo el estandarte de New Labour, hizo algo parecido, reformando los sectores de salud y educación (donde entre otras cosas creó un porcentaje pequeño de Academy Schools, parecidos a los colegios subvencionados chilenos), entre otros tipos de colaboración público-privado.

La triangulación, entonces, no es algo nuevo, pero tampoco viene con garantía de éxito. Por un lado, cuando un líder triangula corre el riesgo de perder su base política. Blair la perdió cuando apoyó a Bush en Irak. Piñera cree, sin duda, que la UDI lo acompañará porque a) no tiene donde irse, y b) le va a tomar el gustito al poder. En esto es muy posible que el Presidente se equivoque. La UDI es un partido testimonial, con muchos dirigentes que prefieren salvaguardar el legado de Guzmán que conseguir pitutos en algún ministerio. Cuanto le durará la paciencia a la UDI es una de las grandes incógnitas de este gobierno.

Por el otro lado, la triangulación funciona cuando sus políticas vienen envasadas en una gran y atractiva narrativa política, y son promovidas por líderes con personalidades seductoras. New Labour se acompañó con el ‘Cool Britain’ de Oasis y las Spice Girls, y, por supuesto, el carisma de Tony Blair (Blair perdió las bases, pero fue Brown el que perdió la elección). Los New Democrats se apoyaron en la inteligencia y el sex appeal de Bill Clinton (su sex appeal lo llevó a ser impugnado por el Congreso estadounidense, pero fue Al Gore el que perdió la elección). ¿Qué vende Sebastián Piñera? Desde la campaña hasta el discurso del 21 de Mayo, el Presidente vende continuidad con mejor gestión. Como él mismo dijo en el Congreso, la Nueva Forma de Gobernar es cumplir metas –que los niños vuelvan a clase dentro de 45 días, que se construyan 50 mil viviendas, que se crean un millón de nuevos empleos.

New Labour. New Democrat. Nueva Forma de Gobernar. El primero era cool. El segundo era sexy. El tercero es gestión.

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