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Columnas

26 de octubre de 2010

Mar de fondo

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Instituto Igualdad

Las opiniones vertidas por el Senador Pablo Longueira respecto a la demanda marítima boliviana cayeron como un baldazo de agua fría que ha empapado hasta los huesos  y dejado tiritando a diferentes sectores políticos y de opinión, y por motivos muy diversos y hasta contradictorios.

Una cierta derecha conservadora y nacionalista quedó maltrecha, perpleja y profundamente irritada frente a las audaces e inesperadas opiniones del Senador, y algo semejante parece haber ocurrido con cierto liberalismo de superficie.

Según  se puede apreciar, hay también un cierto progresismo y hasta un izquierdismo que  no logra salir  de su asombro y hasta de su rabia y frustración, discurriendo como es que pudo suceder que haya tenido que ser precisamente  Longueira quien dijera a viva voz lo que muchos piensan pero callan convenientemente. No por modestia, prudencia o convicción, sino por temor y acaso por oportunismo político.

Con todo, se agradece que haya sido el Senador, como se le agradecería a cualquier otro dirigente político de cualquier signo que se hubiese  atrevido a poner el dedo en la llaga, a llamar las cosas por su nombre, a apelar a las urgencias e incluso hasta a proponer un procedimiento, en su caso un plebiscito, para zanjar democráticamente cualquier diferencia sobre como abordar de una vez por todas la solución a una cuestión candente y demasiado antigua aunque de renovada vigencia.  La misma que  paradojalmente, se ha querido resolver desde tiempos inmemoriales bajo la premisa según la cual, aquí lo urgente es no hacer nada, dilatar, o en su defecto hacer lo menos posible aunque aparentando lo contrario.

Desafortunadamente, la cuestión aunque de importancia singular y estratégica carece de entidad en la agenda pública nacional. Y cuando aflora, como en este caso, su tratamiento denota escasa disposición al diálogo desprejuiciado, pragmático y constructivo, dando ocasión, por el contrario, a crispaciones,  descalificaciones y sospechas varias.

El obstáculo fundamental radica esencialmente en la renuencia ciudadana y en el efecto disuasivo de la misma sobre los actores decisivos, especialmente políticos y parlamentarios.

Sospechas como las que han comenzado a circular en el sentido de que la propuesta de un plebiscito, postulado a sabiendas del estado de opinión pública imperante, tendría como resultado inevitable un rechazo a cualquier proyecto que acogiera la demanda boliviana. De modo que la proposición plebiscitaria, según los mal pensados,  no tendría otro fin que el de exculpar ante la historia al mando político de cualquier responsabilidad frente al fracaso del intento de acordar con Bolivia, atribuyendo la culpa al pronunciamiento ciudadano. Es decir, a la opinión contraria de la misma ciudadanía a la que se ha venido intoxicando desde hace más de un siglo con  irrealidades y prejuicios.

Normalmente se tiende a estimar que en la izquierda o más ampliamente en el llamado progresismo, y casi como parte de sus señas de identidad más propias, existiría una posición más proclive a atender  la demanda marítima boliviana de modo integral. Mientras que por el contrario, se tiende igualmente a suponer que en la derecha en todas sus expresiones, así como también en una parte muy significativa del centro político, existiría más renuencia, cuando no franca oposición.

Más allá de las generalizaciones, hay que decir que lo que en verdad existe es una transversalidad de opiniones en uno u otro sentido. Se sabe de importantes líderes de la izquierda y el progresismo que prefieren evitar opinar abiertamente al respecto y de no pocos que se manifiestan contrarios a siquiera a considerar la aspiración boliviana.

Por otra parte, se conoce de connotados derechistas, de importantes referentes del empresariado afines a dicho sector político y de círculos vinculados a las FF.AA. que sostienen posiciones favorables o cuando menos,  se muestran partidarias de contrastar posiciones sobre la base de apuestas pragmáticas. Y es necesario recordar, por si hiciera alguna falta, que fue precisamente el dictador Pinochet, cuyas credenciales nacionalistas y derechistas no podrían ser puestas razonablemente en duda, quién  más lejos se atrevió a llevar una negociación con Bolivia.

Sin embargo, más allá de elementos episódicos, es indudable que un conjunto de acontecimientos recientes y otros que están por venir, parecen  presagiar un nuevo aire para las negociaciones bilaterales en torno a la demanda marítima boliviana. Efectivamente, numerosos  pronunciamientos, gestos  y señales a uno y otro lado de la frontera nos hacen suponer que bien podríamos estar ante la inminencia  de acontecimientos decisivos para la resolución de una controversia que viene perturbando de modo cruel y sistemático el normal desenvolvimiento de las relaciones entre dos países hermanos. Cuyos futuros, por determinación geográfica, política, económica y cultural, están destinados a converger y cooperar, y de ningún modo a perseverar en la disputa y la discordia.

Tradicionalmente, nuestra política  frente a la demanda marítima boliviana, expresada bilateral y multilateralmente, consistió  esencialmente en negar la sola existencia del problema, arguyendo la noción de límites geográficos claros y precisos, reflejados en un  tratado de límites libremente suscrito por ambas partes en 1906. A partir de esta negación, se construyó todo un edificio argumental auto referente y auto complaciente el cual hicieron suyos sin matices ni mediaciones nuestros políticos, salvo contadas excepciones, también nuestros historiadores y de modo rotundo nuestros diplomáticos y jefes militares, quienes han venido coincidiendo por más de cien años en que con Bolivia en materia de límites Chile no tiene ningún asunto pendiente, nada de que conversar ni mucho menos que negociar.

Incluso algunos entusiastas, no contentos con el argumento formal, han venido predicándonos con esmero y desde diferentes púlpitos, que la llamada demanda marítima boliviana en realidad no existe. Que aquella no es más que un invento antojadizo, una especie de arma arrojadiza que ciertos sectores bolivianos se han construido con el fin de manipular a su opinión pública con propósitos políticos y electorales inconfesables. Estas tesis tranquilizadoras,  al fin de cuentas apuntan a dejar las cosas más o menos tal y como están, en el convencimiento de que el tiempo que todo lo cura hará un día el milagro de hacer que los  bolivianos olviden su aspiración marítima, se cansen o se aburran de insistir.

Hay incluso hasta quienes  suelen argumentar olímpicamente que Bolivia no necesita del mar, que nunca lo ha tenido o que a la postre, a los fines del desarrollo económico y social, la condición mediterránea no es capaz por si misma de hacer ninguna diferencia, como lo demostrarían infinidad de países poseedores de extensos litorales, pese a lo cual son igualmente pobres y subdesarrollados.

Que hay un tratado de límites vigente, que el problema no existe, que los territorios en cuestión fueron ganados y regados con la sangre de nuestros antepasados, que Chile no tiene en Bolivia interlocutores válidos y serios, que nuestro país ha otorgado ingentes facilidades a Bolivia para acceder a nuestros puerto chilenos  para facilitar su comercio, etc.  He ahí la esencia de los argumentos, la retórica del auto engaño de los que han venido bebiendo generaciones de chilenos desde la más tierna infancia. Todo  ello si mencionar los sentimientos racistas, despreciativos  y patrioteros que por lo general y lastimosamente suelen condimentar estas elucubraciones.

Adicionalmente, bajo pretexto de la prudencia, nuestra diplomacia o más bien sus agentes circunstanciales, han juzgado necesario tratar estos asuntos con sigilo, cuando no bajo estricto secreto. Con lo cual se nos ha privado de conocer de que se habla cuando se habla, que se negocia, que se conceda y al final, de todo cuanto concierne a un asunto que nos compete a todos y no solamente a quienes tienen el privilegio auto conferido de hablar a nombre del país.

Es por ello que los chilenos mayoritariamente responden como lo hacen cuando son consultados respecto a si estarían o no de acuerdo con conceder una salida al mar a Bolivia. Bien se sabe, porque los sondeos de opinión así lo demuestran de modo sistemático y contundente, que los chilenos son abrumadoramente contrarios, precisamente por efecto del predominio de una especie de pensamiento único, el cual por regla general no admite ni tolera disidencias como acaba de quedar demostrado una vez más.  De modo que cualquiera que postule una posición contraria, corre el inminente  riesgo de ser tildado de irresponsable,  antipatriota o vende-patria, sin más trámite ni contemplaciones.

Pese a todo, probablemente por influjo  de la propia realidad que esta siempre allí para el que quiera verla, ciertos sectores comienzan a abrirse a nuevas perspectivas, no sin dificultad.

Hay atisbos de cambio de visión en el medio empresarial, quienes desde su pragmatismo y sentido de la oportunidad, observan no sin razón que la solución de la controversia con Bolivia crearía una circunstancia inédita en cuanto a ambiente de negocios en el extremo norte de Chile. Parecen existir también nuevas aproximaciones al problema desde el mundo militar, derivadas quizás del análisis del complejo  entorno de seguridad vecinal y, con toda certeza, derivadas de visiones más modernas y comprensivas de un mando institucional con niveles de formación inéditos en la historia de nuestras Fuerzas Armadas.  Hay también una contribución al cambio de visión desde el ámbito de la academia y las instituciones promotoras de la innovación del pensamiento, las cuales desde hace décadas han venido promoviendo aproximaciones nuevas y más realistas a una cuestión que requiere ser observada desde las transformaciones experimentadas por la sociedad internacional en su conjunto, con énfasis en la nueva realidad regional latinoamericana y los imperativos de la integración y el desarrollo regional y sub regional.

En las últimas décadas, solo algunas pocas voces aisladas han intentado, casi siempre infructuosamente, hacer una suerte de pedagogía ciudadana respecto a la necesidad de abordar la cuestión de la demanda boliviana desde otra perspectiva, tratando de hacer ver, en un sentido general, que a la larga el interés superior y más permanente de Chile se cautela de mejor manera accediendo a un entendimiento que  negándose o dilatándolo ad eternum.

La opinión pública chilena, por ejemplo, precisa conocer con todo detalle que la posición de Chile carece en lo absoluto de apoyos sustantivos en el ámbito latinoamericano y mundial, en otras palabras, que frente a esta materia estamos solos, aislados y huérfanos de sustentos externos. Y que por el contrario, la demanda boliviana es crecientemente popular, por lo cual es capaz de suscitar apoyos, solidaridades y simpatías implícitas y explícitas de gran amplitud y consistencia.

Los chilenos debiéramos conocer mucho más de las enormes posibilidades que involucraría para el norte chileno la normalización total y completa de nuestras  relaciones bilaterales con Bolivia, en el ámbito del comercio, el acceso a recursos acuíferos y fuentes de energía que nuestro país requiere imperiosamente. Todo ello se conecta directamente con nuestras perspectivas de desarrollo integral como nación y apuntan por lo mismo al logro de mejores condiciones de bienestar para todos los chilenos.

Además, los chilenos debiéramos saber que la inestabilidad política e institucional boliviana es hoy cosa del pasado, y que el liderazgo tanto interno como internacional del presidente  Evo Morales, lo convierten en un interlocutor sólido y confiable, y que de esa misma circunstancia, es preciso extraer las debidas conclusiones. También, seria necesario comprender y asimilar  que la cuestión marítima, lejos de ser un invento, es una cuestión sagrada e irrenunciable para el pueblo boliviano, por lo cual ha sido consagrada constitucionalmente como un objetivo nacional prioritario,  lo cual implica que los sucedáneos o las medidas paliativas que se puedan proponer para mitigar el enclaustramiento boliviano no tienen opciones verdaderas de prosperar en el tiempo.

Demasiados años han debido transcurrir desde la política de la negación absoluta hasta la agenda de los 13 puntos formulada en julio del 2006, en uno de cuyos acápites se reconoció e incorporó por primera vez la cuestión marítima como un asunto bilateral materia de diálogo. Dicha agenda, ha contribuido poderosamente a sistematizar la relación de Chile con Bolivia, fijando objetivos concretos y medibles en materia de integración física, libre tránsito, comercio bilateral, cooperación en materias de defensa, entre otros aspectos significativos.

Por todas estas razones, la agenda de los 13 puntos merece ser estimada como un momento de inflexión y un avance histórico y trascendente en la compleja relación chileno-boliviana. Por lo mismo, si algo positivo habrá de ocurrir en la relación chileno-boliviana en los tiempos venideros, será precisamente porque en su momento, pese a todo,  se hizo lo debido.

Queda pendiente todavía, sin embargo, el objetivo de remover el obstáculo principal, que no consiste precisamente en la fórmula de solución concreta, incluida la cuestión de la  soberanía sobre la franja de territorio involucrado.

El obstáculo fundamental radica esencialmente en la renuencia ciudadana y en el efecto disuasivo de la misma sobre los actores decisivos, especialmente políticos y parlamentarios.

Mientras las visiones se mantengan congeladas en el tiempo y no sean capaces de dar cuenta de las nuevas realidades mundiales y regionales, seguiremos en deuda con las generaciones futuras. Las que no podrán comprender nuestra miopía ni mucho menos la ceguera de las generaciones precedentes a la nuestra.


 

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