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    Columnas

    31 de Diciembre de 2010

    Wikipiñera

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    Director de El Mostrador

    En esta apuesta por vencer en todas las batallas comunicacionales en la que está obsesionada La Moneda, era esperable que se optara por descalificar rudamente lo que los diplomáticos norteamericanos escribieron del mandatario. Especialmente eso de que “Piñera maneja tanto sus negocios como su política hasta los límites de la ley y la ética. Algunas de sus acciones, como prestar dinero a empresas ficticias, parecen cruzar claramente la línea de la incorrección legal”, en referencia a uno de los episodios que marcaron la campaña presidencial del 2009.

    Por eso la vocera contraatacó con vehemencia señalando que lo de los cables norteamericanos es “un recocido de informaciones usadas en forma engañosa y majadera durante las elecciones”. No faltaron los comentaristas del establishment que salieron a ridiculizar a la súper potencia del Norte por hacer política a partir de “cotilleos”.  El asunto incluso sacó un indignado editorial porque los cables  constataron que el poco impacto de las acusaciones contra el entonces candidato de la Alianza se debía, entre otros factores, a la ayuda de “la prensa de Santiago, generalmente conservadora”.

    El episodio Wikileaks ha dejado claro que para ser súper potencia mundial se requiere monitorear en detalle todo lo que pasa en el planeta. Y da la sensación de que el Tío Sam está haciendo eso con una razonable asertividad.

    Sin embargo, la lectura en contexto de los tres informes -el último de los cuales valora de Piñera el hecho de que trabaja siete días de la semana y que es una persona “inteligente y decidida”-, parece bastante ajustada a las percepciones de quienes están más informados en Chile. ¿Se puede ser trabajador, inteligente y decidido, y a la vez estar al borde de la ley y de la ética en los negocios y la política? ¿Es el Piñera que contra toda lógica puso audazmente el aparato del Estado para rescatar a los mineros el mismo que pedía por teléfono que un periodista reventara a su correligionaria Evelyn Matthei en un programa de televisión? Si no se cree ni en ángeles ni en demonios, sino que en personas de carne y hueso, por supuesto que sí.

    Pero claro, instalado en las alturas del Olimpo presidencial es mejor tratar de barrer debajo de la alfombra todo lo que no encaje con las benévolas biografías oficiales. Mejor olvidar episodios poco nobles que no estén a la altura de la majestad y las virtudes republicanas con que a los chilenos nos gusta, ilusoriamente, asociar la primera magistratura.

    Lo notable es que los mismos que consideran verdaderas tablas de la ley los informes de las calificadoras de riesgo norteamericanas o  citan como argumento de autoridad el último ranking del FMI,  ahora arrisquen la nariz por los cables que van armando el relato de la realidad que tiene el Departamento de Estado sobre Chile.

    Mal que mal, información es poder.  Y con ese tipo de datos y perfiles en la mano es que Estados Unidos ha intervenido decisivamente en Chile. Lo hizo para el Golpe del 73 en plena Guerra Fría y después presionó para que Pinochet saliera de La Moneda cuando el general ya no era funcional  a los intereses norteamericanos.

    No nos hagamos los cuchos. La elite chilena es absolutamente tributaria de Estados Unidos. De Bachelet a Piñera, de Andrés Velasco a Felipe Larraín (la lista es infinita), todos han pasado o quieren pasar por las universidades norteamericanas. Y aunque ahora esté de moda repetir que China la lleva y que tenemos que mirar al Asia, mientras exista Hollywood difícilmente otra potencia eclipsará nuestro imaginario como Estados Unidos. Y es saludable entonces saber cómo Norteamérica nos ve a nosotros.

    El episodio Wikileaks ha dejado claro que para ser súper potencia mundial se requiere monitorear en detalle todo lo que pasa en el planeta. Y da la sensación que el Tío Sam está haciendo eso con razonable asertividad.

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