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Columnas

29 de junio de 2011

Ideología v/s universidad pública

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Periodista. Académico de la Escuela de Periodismo del ICEI de la U. de Chile. Licenciado en Historia de la Universidad Católica de Chile. Documentalista, Máster en Documental Creativo de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Cuando uno viajaba al extranjero en la década de los ’90, había dos tópicos espinudos que, viniendo de Chile, había que explicar: que Pinochet estuviese aún en la Comandancia en Jefe, y que las Universidades Estatales fueran pagadas. Muerto el general y asesinado el arquitecto político de su régimen –el senador Jaime Guzmán- su ideología económica ha perdurado al punto de calar hondo en los cimientos de la sociedad chilena.

Tolerancia Cero. Canal 11, cuatro panelistas inteligentes. Villegas, pensador agudo, le cuestiona a la Presidenta de la FECH que por qué tanto escándalo con el lucro en la educación, si es normal que para todas las necesidades humanas –da el ejemplo de los alimentos- se pague. Milton Friedman debe haber saltado alborozado de su tumba, a casi 40 años desde que su ideología comenzara a ser aplicada en Chile. Sus máximas son simples: el mercado es el mejor generador y distribuidor de recursos. El Estado sólo obstaculiza, burocratiza, lo enreda todo. Quien invierte para vender un producto o servicio (léase Lavín cuando invierte en la Universidad del Desarrollo), es legítimo que obtenga ganancias. Quien quiera comprar (léase los estudiantes, y/o sus familias) debe pagar. Suena raro. Con esa misma lógica, podríamos llegar a pagar por el derecho de respirar. Tan raro suena, que la propia ley de educación de la dictadura prohíbe el lucro… Pero en el Chile de hoy, plantear todo esto ha llegado a ser “natural”.

La universidad auténticamente pública amenaza la ideología imperante y el negocio que resulta de ella. Pues allí no llegan clientes consumidores de un determinado “target”. Llegan estudiantes de distintos orígenes socioeconómicos (desde el ABC1 hasta el E) y culturales, con la mente abierta para formarse en una profesión, pero también para reflexionar y comprender su país y el mundo. Amenaza la ideología, porque una universidad auténticamente pública –como todas las del mundo, menos de Chile- es financiada mayoritariamente por el Estado.

Vamos por otro lado. Somos el único país latinoamericano donde las universidades públicas son pagadas. No lo son ni la Universidad de Sao Paulo ni la Universidad Nacional Autónoma de México, las mejor rankeadas a nivel mundial de la región (ojo: ninguna de las primeras 300 que figuran en este ranking obtienen lucro). Y el único país del selecto grupo de la OCDE donde quienes administran el Estado se desentienden a tal punto de sus Universidades –o sea las de nuestra propiedad, en cuánto ciudadanos- que hacen descansar el 70% del costo de las carreras en los estudiantes y/o sus familias, es Chile. ¿Por qué? Como vemos, no es por una cuestión técnica (ningún estudio dice que la calidad dependa del lucro, como le espetó lúcidamente Camila Vallejo a Villegas). Tampoco por una cuestión macroeconómica (nuestro Producto Interno Bruto es el más alto de América Latina, por ende plata hay). Es por un asunto ideológico, que incluso conduce a transgredir la ley. Esto ya huele a fanatismo.

La universidad auténticamente pública no calza con esa ideología del mercado como valor absoluto. Este se compone de inversionistas y consumidores. Los dueños de cada universidad deben buscar su “público”, su “nicho”. Hay entonces una universidad del Opus Dei, otra de los Masones, otra de los Jesuitas, otra de la UDI… cada una con sus clientes: ABC1, C3, C2… en este abanico alcanza hasta para el D.

La universidad auténticamente pública amenaza la ideología imperante y el negocio que resulta de ella. Pues allí no llegan clientes consumidores de un determinado “target”. Llegan estudiantes de distintos orígenes socioeconómicos (desde el ABC1 hasta el E) y culturales, con la mente abierta para formarse en una profesión, pero también para reflexionar y comprender su país y el mundo. Amenaza la ideología, porque una universidad auténticamente pública –como todas las del mundo, menos de Chile- es financiada mayoritariamente por el Estado. Amenaza el negocio, porque los mejores estudiantes optan por esas universidades públicas –incluso por una razón económica, es decir por su costo- y las privadas se reparten el resto de la demanda.

Es cierto, la tendencia mundial es que los estudiantes paguen por sus estudios universitarios, aún en las universidades públicas. Lo están haciendo en Europa –dependiendo de la capacidad de pago de cada cual-, incluso los estudiantes de la China comunista lo hacen. Pero esto siempre es en un porcentaje minoritario. El resto lo pone el Estado.

¿Por qué los chilenos debemos aceptar esta originalidad en el concierto mundial? ¿En qué parte de nuestro ADN está incorporada una supuesta resiliencia ante este absurdo sacrificio?

Dado que la clase política no da el ancho para administrar nuestras Universidades Públicas, ¿tendremos que recurrir a la Justicia, demandando a quienes delinquen al lucrar con la Educación?


 

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