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Columnas

5 de agosto de 2011

Educación: Piñera no es el profeta

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Facultad de Humanidades de la Usach

Ayer fue un día especial. Fue como estar viviendo dentro de una de esas canciones de Rage Against the Machine o dentro de esos relatos rocambolescos de Carlos Monsiváis. Se sentía en las calles una extraña neurosis colectiva colmada de miedos y reminiscencias; pero también se sentía exuberancia y delirio. Siempre hay un auto con el tubo de escape en mal estado, pero esta vez el ruido bombástico de la aceleración era totalmente inoportuno: todos nos dimos vuelta a mirar y todos nos sorprendimos, unos a otros, ridículos en el miedo.

Pero de que fue un día violento, lo fue. ¿Qué está sucediendo? Aparte de la ineptitud del gobierno y la insignificancia de la clase política (cuéntese a los compañeros comunistas con todo respeto), están comenzando transformaciones importantes en nuestra sociedad. Ellas comenzarán por la educación y por la juventud, lo que no es ni paradojal, ni contraproducente.

Ellos son la nueva conciencia social chilena sin los miedos atávicos por Pinochet como la Concertación. Es más. Son los “hijos no deseados” de la Concertación, los “hijos por fuera” de la clase políticamente correcta.

Los jóvenes de hoy son el “efecto mariposa” de aquellos que aprendimos a convivir en el odio soterrado, la descalificación en sordina y la hipocresía pequeño burguesa.

Ellos son los que ya no soportan las culturas “adultas” del sistema, y menos, del sistema educativo.

A lo menos son tres las culturas que vivían al interior de nuestro sistema educativo: desde las escuelas hasta los liceos o desde el ministerio hasta las “seremías”, y muy especialmente, al interior de las universidades públicas, privadas y tradicionales. Convivían estas culturas abigarradas, sin concierto, pero soportándose unas con otras, como tres serpientes dentro de un canasto, evitando el mordisco venenoso y letal.

¿Que hay jóvenes soliviantados por rancios comunistas, leninistas, sovietistas, stalinistas? Los hay. ¿Que hay jóvenes anarcos contrasistémicos violentos? Los hay. ¿Que hay jóvenes delincuentes? Los hay. Pero son los menos y amplificarlos –como lo hace el gobierno- no es más que seducirlos para que sigan con sus estúpidas molotov en las calles y para criminalizar la primavera del movimiento.

Se trataba de un modelo de convivencia “adulto”, “académico”, que evitaba los conflictos y que de una u otra manera contenía a los estudiantes y les ponía paños fríos a demandas de justicia social, justicia educativa, y de una igualitaria distribución del capital cultural y cognitivo que -por el sólo hecho de vivir en una misma tierra y en una misma nación- todos los jóvenes debiesen poder desarrollar.

Ese modo de convivencia, dados los hechos, a saber, la enorme desigualdad del sistema educativo; la irritante condena de un niño nacido en cuna de mimbre; la desintegración social de escuelas, liceos y universidades; la individualización de responsabilidades hasta el hartazgo; la sobre pauperización del profesorado; la neoliberalización paradigmática en todo el engranaje de toma de decisiones; en resumidas cuentas, dadas las actuales condiciones en la que en los hechos opera, funciona y se reproduce el sistema educativo, ese modo de convivencia llegó a su fin, lo que en los hechos está implicando el fin del modelo educativo chileno de las últimas décadas.

Antes de hacer una reflexión en torno a este fin, grafiquemos mediante tres simples caricaturas  -para que se comprenda mejor- ese modo de convivencia.

Usemos las universidades como croquis.

Como dijimos, serían tres culturas las que conviven hoy en las universidades. Tres símbolos con sus doctrinas, mitologías y liturgias.

Está la “Universidad para todos”, esa universidad llena de romanticismo pre-dictadura de Pinochet, pre-intervención autoritaria, donde todos estudiaban gratuitamente, construían críticamente la nación, aportaban con su “concientización” al desarrollo de un país más justo y democrático, sobre todo, porque al interior de ellas mismas se respiraba y se vivía la tan mentada tri-estamentalidad.

Está la “Universidad vigilada”, la universidad del miedo, de la inseguridad, del temor, que es al mismo tiempo la universidad autoritaria, del orden y la disciplina, pero que a su vez, es la universidad de la pleitesía o el favoritismo, del soplonaje pusilánime. Es la universidad propia de la dictadura, la universidad del poder, que dio origen –pero que al mismo tiempo legitimó- a una tercera cultura universitaria.

Es la “Universidad del mercado”. Se trata de aquella creatura más novedosa que tiene como núcleo principal, todo el enjambre neoliberal o toda la visión que el capitalismo globalizado pueda tener del conocimiento, el saber y la educación. Es ya la universidad puesta a competir por “calidad”. Y es la que finalmente está llegando a su fin.

Estas tres culturas –a lo menos- conviven hoy en la educación superior. Fácilmente identificables. Son tres tipos de vivencia universitaria que se aceptaban mutuamente en vistas a la mantención de aquello que había costado muchas vidas, muchas libertades, recobrar, es decir, la democracia.

Sólo eso las mantenía conviviendo.

No obstante, todos saben “quién es quien” al interior de las universidades y rápidamente cada uno es puesto en tal o cual “subcultura”. La operación de calzar a cada quien en la horma de uno de estos “prejuicios caricaturescos” es el alma del rumoreo académico, la conversación de pasillo universitario y la sobre mesa de casino. Pero es también el filo de la navaja a la hora de elecciones democráticas intra-universitarias.

¿Y quién es quien? Están los herederos (y herederas por cierto) de la dictadura institucionalizados, en decanatos, direcciones, vicerrectorías o como simples académicos de jornada que esperan su jubilación y en algunos casos su hora nona. Están los “compañeros” de antaño, retornados, en cofradías, con símbolos y signos que se potencian entrado septiembre. Y están por cierto los que hacen negocios, ganan licitaciones, acuerdan convenios con el aparato público o empresarial y dan sostén al modelo de mercado en educación, finalmente.

Tres caricaturas por cierto –tres máscaras- pero que no dejan de referenciar la realidad mutatis mutandi.

¿Son las universidades públicas las más expuestas al desenmascaramiento? Claro que sí. Esto explica, por una parte, la excitación evidente del historiador Alfredo Jocelyn-Holt al develar en un programa político de la televisión abierta que hay académicos de la Universidad de Chile que ganan 14 millones de pesos al mes –digamos- sumando y sumando asesorías, seminarios, consultorías, etc. más el sueldo, por cierto, y todo en regla. Pero por la otra, explica la decepción al descubrir el pasado envuelto en lucro de un Joaquín Lavín o un Víctor Pérez.

Pues bien, esas subculturas herederas de los ‘70, ‘80 y ‘90 envejecieron terminalmente porque su modo de convivencia ya no es representativo para los jóvenes de hoy. No sostiene, en este caso el modelo educativo.

Para todos aquellos que convivir así era “cuidar la democracia”, para los jóvenes de hoy no es más que reproducir el cancerígeno status quo de la desigualdad social, cultural y económica.

¿Convivir cómo? Convivir aceptando un modelo impuesto, autoritario y creado fundamentalmente por civiles “competentes” en las áreas de la economía y la educación. Convivir en medio de simulacros como lo fue convivir en la era de la Concertación: no se puede ser un hipócrita burgués para siempre nos dicen los jóvenes en la calle.

Todo eso llegó a su fin, a su “apocalipsis ahora”.

¿Que hay jóvenes soliviantados por rancios comunistas, leninistas, sovietistas, stalinistas? Los hay. ¿Que hay jóvenes anarcos contrasistémicos violentos? Los hay. ¿Que hay jóvenes delincuentes? Los hay. Pero son los menos y amplificarlos –como lo hace el gobierno- no es más que seducirlos para que sigan con sus estúpidas molotov en las calles y para criminalizar la primavera del movimiento. Soliviantados y violentos también los hay de los otros.

El punto es otro.

Es saber escuchar este apocalipsis sistémico, y para eso, Piñera no es el profeta.

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