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Columnas

2 de septiembre de 2011

Cuerpos desnudos

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Director Fundación Chile 21

La “Sociedad sin relato” es el último libro del antropólogo Néstor García Canclini y en él rechaza la idea que no existan discursos que agrupen a las personas o instituciones, el problema sería el que no hay un  “meta relato”  que articule todos esos discursos dándole cierta coherencia a la sociedad.  Considerando lo anterior se puede afirmar que el “olvidado” argumento, del ahora ministro de Economía  Pablo Longueira, acerca de la carencia de relato por parte del gobierno es correcto pero a la vez incompleto, pues también hay una ausencia de relato en la coalición concertacionista. Por decirlo de alguna manera,  estamos en presencia de una explosión de microrelatos que expresan muy bien la crisis que vivimos.

Una sociedad sin relato, que esté impotente para integrar  su diversidad de discursos, explicita la existencia de un proceso muy importante de transformaciones culturales,  que está poniendo fin a un tipo de hegemonía discursiva que había logrado operar como si fuese natural  el orden socio político que normaba la vida cotidiana de los y las chilenas. Ese orden aceptado por convicción o por su potencia para articular la vida cotidiana, se autoexplicaba el abuso y  el lucro como meros accidentes (según señaló el ex ministro Fontaine para el caso de La Polar) y las desigualdades y discriminaciones como diferencias naturales en la competitividad y el emprendimiento personales.

Lo que el movimiento social por la educación ha hecho es derrotar culturalmente al orden discursivo generado en la época de la dictadura.  Por ello, el discurso que era hegemónico como el del Intendente del Bío Bío cae en el descrédito, al relacionar violencia, odio y familias no constituidas en el matrimonio; por eso el discurso a favor del lucro en la educación carece de simpatizantes en la actual opinión de la mayoría de los chilenos y chilenas.

Creo que no es casualidad que al inicio de las movilizaciones, el 21 de mayo recién pasado, un manifestante se haya desnudado frente a carabineros en Valparaíso y hubiese corrido hacia ellos dejándolos impávidos. Luego vendría el suboficial de carabineros Ripetti que se desnuda frente a sus compañeros de institución reclamando por las calificaciones arbitrarias de sus oficiales. Posteriormente será un padre que lo hace en protesta porque su hijo estudia gratis en Argentina viviendo un exilio educacional pues él como taxista no pudo pagarle la universidad en Chile. Tres desnudos, tres empelotamientos ante la situación actual del país que están comunicando la crisis en distintos niveles.

El desnudo comunica la impotencia por no ser escuchados en sus argumentos. Es la sordera de la autoridad, que en su concepción de sociedad no ve otras formas posibles de organizarla, salvo aquellas que en su dicotomía significan el caos.  Es la reiteración del “nada es gratis en la vida”.

El desnudo nos dice que nos mostramos tal cual somos. El que habla con su cuerpo desnudo no tiene nada que esconder, se le acabó la vergüenza, el pudor y la pasividad y se muestra tal cual es: único, sobrepasando las normas de “la moral y las buenas costumbres” para hacerse ver por nosotros y la autoridad, concentrando la mirada, para que se le ponga atención a sus “microrelatos” que claman por ser oídos.

El desnudo, en este caso es de hombres, como protesta individual, pero en un marco de movilizaciones sociales. El hombre desnudo, ante los millones de telespectadores, con sus cuerpos cotidianos, sin contextos eróticos, está revelando también la impotencia que se siente “como hombre” de cumplir con aquella demanda social de ser o llegar a ser el sostén de la familia. Es una crisis en la masculinidad que es exigida a ser un proveedor que se transforma en impotente. En esta tensión consigue abrir otra dimensión de esta crisis cultural: el viejo rol del hombre se ve acosado, compulsado a cambiar, por un movimiento social que tiene como principal líder a una mujer.

Los cuerpos desnudos han hecho caer el velo de la ideología neoliberal que organizó la sociedad durante 40 años y deja al descubierto una sociedad inquietante, llena de desigualdades, discriminaciones y excluidos que no se ven ni sienten integrados al orden construido.

Entonces, lo que el movimiento social por la educación ha hecho es derrotar culturalmente al orden discursivo generado en la época de la dictadura.  Por ello, el discurso que era hegemónico como el del Intendente del Bío Bío cae en el descrédito, al relacionar violencia, odio y familias no constituidas en el matrimonio; por eso el discurso a favor del lucro en la educación carece de simpatizantes en la actual opinión de la mayoría de los chilenos y chilenas; por lo mismo, el abuso de diverso tipo (retail, banca, Transantiago, etc.) soportado estoicamente porque “es lo que hay”, ha dado paso a la ira, la exigencia de ponerle fin y a unas autoridades que reconocen que se les había pasado la mano en la tolerancia al abuso y ahora buscan regularlo, pero no tanto.

La sociedad chilena parece haber estado “cohesionada” durante décadas, más por una política desde el poder que usó el temor o la persuasión de hacer “lo posible” definido desde el mismo poder y no se instituyó un orden desde un ethos compartido. Así, lejos de trabajar los disensos que se acumulaban y los discursos críticos que se anclaban socialmente, como los malestares sociales y culturales que se evidenciaban ya desde el 97, se promovió el gran relato de la transición impecable, el país ejemplar, el “fin de la historia” a la chilena.

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