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Editorial

14 de octubre de 2011

Chile y la crisis de las elites dirigentes

El ingreso del conflicto estudiantil a un escenario sin agenda ni diálogo entre estudiantes y gobierno pone un acento de incertidumbre a la política nacional. La  intransigencia de los actores pone en evidencia un deterioro en la calidad cívica y de gobierno del país, que no tiene su origen en una lucha social encarnizada, la violencia política incontrolable o la complejidad de los temas de la coyuntura. Simplemente es el resultado de una merma de la calidad de la elite política, que acumulada en el tiempo y con contadas excepciones, explota hoy como su impotencia  para encauzar soluciones de mínima de racionalidad en un fluido escenario de cambios sociales.

La decisión del gobierno de remitirse a la vía parlamentaria y al debate presupuestario para solucionar el tema educacional es muy parecida a la de la dirigencia estudiantil de tomar un avión y partir a Europa a buscar apoyo para sus movilizaciones: ambas ponen la solución en el jardín de al lado.

El gobierno es el responsable del diseño e implementación de las políticas públicas. A su vez, la Ley de Presupuesto encarna la consolidación financiera de las prioridades de políticas públicas del gobierno. Por lo tanto, si resolvió la vía parlamentaria para el tema, y a través de la Ley de Presupuesto, quiere decir que fijó sus prioridades, las que  corren por fuera del petitorio estudiantil. Independientemente del vasto apoyo ciudadano que ellas puedan tener, y de la tensión que agregan a la agenda. ¿Sordera social o fanatismo de mercado? Para evaluar la calidad da exactamente igual y en estricto rigor no corresponde imputarle al Congreso una responsabilidad que no le compete.

Ese intento formador de elites que deben tener las democracias es el que viene fallando en nuestro país y que se ha transformado en baja calidad promedio de su elite política. En una democracia son irreemplazables las voluntades políticas, de todo orden doctrinario, orientadas a la prevalencia de valores  republicanos.

El viaje a Europa de los dirigentes de la CONFECH es también, como la ruta parlamentaria del gobierno, una mala señal. Porque se da en medio de un conflicto gremial que en su ausencia queda en tierra de nadie, al menos en materia de vocería.

Los líderes no se hacen, simplemente surgen en determinados contextos sociales. Pero su formación y maduración como tales es un proceso que está determinado no solo por las oportunidades que brinda el sistema para acogerlos o rechazarlos, sino también por la libertad de sus decisiones y por la manera como asumen su responsabilidad de  representar los intereses gremiales.

Para aquellos que tratan de cambiar el modelo educativo, el viaje es un excelente mecanismo para golpear la imagen de un gobierno ciego, sordo y mudo frente a la opinión de una mayoría social significativa. Pero desde el punto de vista estrictamente gremial, la responsabilidad de los dirigentes está en el país, para ayudar a despejar la ambigua situación creada por la decisión gubernamental, los desalojos de universidades y la tendencia a que el movimiento sea controlado por pequeños grupos adictos a la violencia.

Inevitablemente, deben reconocerlo, el viaje crea, aunque sea por pocos días, al menos la imagen de un vacío de poder, que le hace daño a una causa que ellos han contribuido a levantar y dignificar en muchos sentidos.

Las elites políticas son todos aquellos cuyas acciones y decisiones influyen en el curso de los acontecimientos, definición sociológicamente aceptada,  independientemente del grado de responsabilidad que a cada uno de los que la componen le cabe. En ella entran, por lo tanto, desde el gobierno y la oposición, hasta los dirigentes estudiantiles y los que hoy generan opinión.

Pareciera que repentinamente, ahora adulta en democracia, esa elite  hubiera recaído en los trastornos del llamado Déficit de Atención con Hiperactividad-Impulsividad (ADHD): fallas para escuchar al otro, elusión de todo lo que implique un esfuerzo mental sostenido, distracción ante estímulos ambientales, hiperactividad física, dificultades serias para integrar actividades colectivas, poca serenidad en el habla, baja tolerancia a la frustración, oscilaciones anímicas frecuentes, explosiones de carácter.

El síndrome, muy común en la niñez y que se suponía disminuía con los años hasta desaparecer, se sabe hoy  que entre el 60 y 70% de quienes lo padecieron, lo llevan también a la vida adulta, por lo que requiere atención preventiva.

De igual manera, una democracia, para evitar los riesgos de trastornos severos que conlleva  tener una elite con síndrome ADHD, requiere cultivar el espíritu del diálogo y la responsabilidad cívica, más que necesarias para el desarrollo de una república democrática en forma.

Las elites políticas no surgen de la nada. Son el resultado de mezclar muchos elementos como el poder económico, el vínculo político o social, la representación social, las aptitudes cívicas personales, en las reglas de oportunidad que brinda el sistema político. Ello ocurre de mejor forma en las sociedades mesocráticas, es decir en aquellas en que las clases medias son escuchadas y atendidas, y operan como un gran equilibrador social. Allí, los sistemas electivos, verdaderas arenas políticas institucionalizadas como son los gobiernos comunales y los parlamentos, hasta los partidos políticos y el funcionamiento de los gremios y movimientos sociales bajo el amparo de la democracia funcionan adecuadamente formando cívicamente los liderazgos.

Papel fundamental también juegan en ellas los medios de comunicación, para transparentar el escenario y ser canales aptos para el ejercicio del escrutinio público.

Ese intento formador de elites que deben tener las democracias es el que viene fallando en nuestro país y que se ha transformado en baja calidad promedio de su elite política. En una democracia son irreemplazables las voluntades políticas, de todo orden doctrinario, orientadas a la prevalencia de valores  republicanos. Ello ayuda significativamente a que la suerte del país no quede entregada a la pugna  de los extremismos del mercado con los de la violencia cotidiana como argumento frente a cualquier problema.

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