Columnas
8 de Diciembre de 2011
Libertad e igualdad: el horror de la pobreza
Imagine un supermercado con sobreabundancia: productos de los más variados, provenientes de los más diversos y exóticos lugares del mundo, es más, es un lugar paradisíaco para satisfacer sus necesidades, apetitos y deseos de todo tipo. Pero hay un problema, usted no tiene nada de dinero, no por descuido sino por carencia. La pregunta entonces es: ¿es libre de elegir en ese supermercado entre los múltiples bienes que ofrece?
Hay dos posibles respuestas: Sí, es libre. En ese caso usted afirma que el acto de elegir se satisface con su materialización mental, sería un “estado de nuestra mente”. Lo otro es que usted crea que esa persona en estado de privación de recursos monetarios no puede elegir, por tanto usted considera la elección como un acto material, concreto, el cual no es separable de su realización fáctica.
Si en nuestras sociedades la “capacidad para elegir” en cuanto condicionantes externas está determinada por el dinero y la educación, es necesario analizar la distribución del primero y el equitativo acceso a la segunda. Los límites internos a nuestra libertad, por ejemplo la locura o falta de salud general, pueden ser considerados partes de la fortuna y providencia, los externos son en buena parte obras de los individuos y las sociedades.
Si es así y la falta de dinero afecta la capacidad de elegir, la pobreza debería ser considerada como una interferencia en la Libertad. Es así como no es comparable “falta de dinero” con “no poder desdoblarse”. Lo primero es un elemento simbólico generalizado intrínsecamente ligado en una sociedad de mercado a “poder elegir”. Lo otro, o no existe o es propio de gente excéntrica tipo Buda o David Copperfield.
La relevancia del tema es evidente: cuando se discute mejorar la distribución del ingreso, la calidad y acceso a la educación, no se trata de otra cosa que de aumentar la libertad de los individuos. Si se considera que la libertad es inseparable de la capacidad de elección (free-choice), los medios que permiten la materialización de ésta son constitutivos de cuánta libertad se posee. Por eso no basta que la Constitución diga que nacemos todos libres e iguales si en la práctica las posibilidades de vivir las diferentes elecciones en la vida están distribuidas de modo muy desigual.
Si en nuestras sociedades la “capacidad para elegir” en cuanto condicionantes externas está determinada por el dinero y la educación, es necesario analizar la distribución del primero y el equitativo acceso a la segunda. Los límites internos a nuestra libertad, por ejemplo la locura o falta de salud general, pueden ser considerados partes de la fortuna y providencia, los externos son en buena parte obras de los individuos y las sociedades.
Llama la atención cuando se invoca en el debate público la libertad y la igualdad como dos conceptos naturalmente contrapuestos. No lo son. Los grandes debates que vive nuestra sociedad son sobre la libertad. Cuando constatamos los índices de diferencia de la calidad educacional que se imparte en nuestro país o la muy desigual distribución del ingreso, en ambos casos, sólo pasamos a estadísticas la desigual distribución de las posibilidades de vivir la libertad que se registran en nuestra sociedad.
Se avanza bastante en el tratamiento de la pobreza si se toma conciencia que la carencia material y cultural que la acompaña conlleva hombres menos libres. Por eso, quienes oponen la libertad a la igualdad y la equidad, deberían ser capaces de sostener que la libertad o es “un estado mental” o simplemente no dice relación con la elección.
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