Columnas
16 de Mayo de 2012
¡Tsunami, tsunami!: el mito de la tecnociencia y la Presidenta Bachelet
En el catálogo de los terrores más elementales del ser humano, terremotos y maremotos ocupan un lugar de privilegio. La antigüedad clásica supo expresar esa estructura profunda de nuestro “inconsciente colectivo” en mitos, imágenes y metáforas elocuentes. Así —y cito aquí al filósofo alemán Hans Blumenberg, en su ensayo Naufragio con espectador (1979)— “El mar cae bajo la jurisdicción de poderes y dioses que con la mayor tenacidad se sustraen al ámbito de las potencias clasificatorias. Del océano, que rodea los límites del mundo habitable, proceden los monstruos míticos más alejados de las figuras conocidas de la naturaleza y que no parecen ya comprender el mundo como cosmos [es decir, como un lugar ordenado, familiar y habitable para el ser humano].” El mar aparece, tanto para los griegos como para los primeros cristianos, agrega Blumenberg, “como límite natural del espacio de las empresas humanas”, como “ámbito de lo imprevisible de la anarquía, de la desorientación…en la iconografía cristiana el mar es el lugar de manifestación del mal…entre las promesas de Apocalipsis de San Juan se cuenta aquella según la cual en el estado mesiánico ya no habrá mar (he thalassa ouk eti, en el griego del Apóstol)”.
Thalassa o Thalatta era, en la mitología griega más arcaica, la diosa del mar: la exclamación Thálatta! Thálatta! puede ser expresión tanto de júbilo, como de un horror primordial. Y el horror, del cual las citas de Blumenberg dan cuenta, tienen que ver, en último término, con la transgresión de un límite: aquél que separa al “mundo habitable” de las fuerzas incontrolables que lo circundan y amenazan. En el maremoto esta transgresión es explícita y visible. Pero además, bajo la jurisdicción de Poseidón, el dios que en la mitología griega posterior sustituye a la arcaica diosa, se encuentran los terremotos: es decir, aquéllos fenómenos en virtud de los cuales la “tierra firme” pierde su firmeza y se transmuta en convulsionado mar.
Quizás nuestra actual predilección por el término “tsunami” (es decir, por una palabra extraña), por sobre el español “maremoto”, constituya un resabio de ese horror primordial. De ese horror, así como de las supersticiones asociadas a él; poderes ambos de los cuales la civilización moderna, ciencia y técnica mediante, prometió liberarnos, aunque, quizás, al precio de terminar sumidos en ellos de un modo aún más radical.
Quizás nuestra actual predilección por el término “tsunami” (es decir, por una palabra extraña), por sobre el español “maremoto”, constituya un resabio de ese horror primordial. De ese horror, así como de las supersticiones asociadas a él; poderes ambos de los cuales la civilización moderna, ciencia y técnica mediante, prometió liberarnos, aunque, quizás, al precio de terminar sumidos en ellos de un modo aún más radical. Con esto, aterrizo en el tema de esta columna: el intento, propiciado por una Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados con mayoría de derecha, de asignar una responsabilidad a las autoridades de la época por las muertes ocasionadas por el terremoto y tsunami del 27/F. Y es que, más allá del anecdotario y de la evidente maniobra política que hay tras esto (socavar la popularidad de la hasta ahora incombustible Michelle Bachelet), lo que esta acusación moviliza es, precisamente, la más sobresaliente superstición moderna: aquella asociada al complejo ciencia-tecnología y, más particularmente, esa gigantesca maquinaria de administración social, el Estado. Superstición del progresismo que, paradójicamente, ha tenido entre sus más profundos detractores a pensadores de derecha: conservadores críticos del progresismo tecno-científico; liberales reticentes ante el Estado.
Por una parte, la superstición moderna tiene por contenido la creencia de que sería posible gozar de una seguridad total, de modo que si ello no ocurre, la causa del fracaso radicaría necesariamente en la actuación negligente de alguna entidad, individual o colectiva. El caso de la medicina es ejemplar. Ya casi nadie muere “por causas naturales”: más bien, alguien o algo, un médico o un hospital, tuvo que cometer un error. Y es que la promesa de inmortalidad constituye la idea-fuerza que legitima a la profesión médica y a todo el creciente complejo tecno-industrial que la rodea. A su vez, y cada vez con mayor frecuencia, los “pacientes” (¡!) y sus familias o deudos internalizan esta promesa. Y la cobran, cuando se da el caso, entablando juicio a médicos y hospitales. Y éstos, para protegerse, se ven obligados a utilizar tecnología de última generación (y siempre hay una nueva “última generación”). De este modo, se multiplican los equipos, los exámenes, y el círculo se cierra: lo que empezó siendo una superstición tecno-científica termina siendo el factor decisivo en la movilización de recursos destinados al desarrollo de tecnologías que, a su vez, la alimentan.
Esta componente de la superstición, el progresismo tecno-científico, concuerda plenamente con lo que históricamente fue la izquierda, sea en su ala bolchevique, sea en su ala social-demócrata. La misma izquierda ecologista contemporánea, por más que se oponga al lado “tecno-industrial” de la superstición, comparte su lado “científico” (no hay partidarios más acérrimos del supuesto carácter incondicional de las verdades de la ciencia que los ecologistas). Pero con ello, esta izquierda se instala en la incoherencia resultante de ignorar que la ciencia moderna (y en especial la más “pura”) es, desde su origen, voluntad de orden en un universo caótico. Es decir, tecnología.
Más bien, es en la derecha conservadora más dura donde alguna vez se encontraron los críticos más radicales de este progresismo. Me refiero a pensadores de los siglos XVIII y XIX, como Joseph de Maistre y Donoso Cortés, o del XX, como Martin Heidegger y Carl Schmitt. Así, en sus Noches de San Petersburgo (1821), De Maistre escribía: “La tierra entera, continuamente empapada en sangre, no es sino un inmenso altar en el que todo lo que vive debe ser inmolado sin fin, sin medida, sin descanso, hasta la consumación de las cosas, hasta la extinción del mal, hasta la muerte de la muerte.” Es decir, sólo del apocalipsis, de “la consumación de las cosas”, y no de la tecnociencia, sería posible esperar “la muerte de la muerte”, la inmortalidad. No es raro entonces que los pensadores de la Escuela de Frankfurt (allí la distinción izquierda/derecha; liberal/ conservador hace crisis) hayan recurrido a ellos —y también a Nietzsche y Freud, transformados en inesperados compañeros de ruta de Marx— para su crítica radical de la Modernidad. En su Dialéctica de la Ilustración, y en relación a estos “pensadores negros de la burguesía”, como los llaman, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno escriben: “Mientras que los escritores luminosos cubrían, negándolo, el vínculo indisoluble entre razón y delito, entre sociedad burguesa y dominio, aquellos expresaban sin miramientos la verdad desconcertante”.
Por cierto, estos “pensadores negros de la burguesía” tampoco logran ser coherentes. Porque si bien son conscientes del carácter supersticioso del progresismo tecno-científico, le contraponen la idea de un Estado despótico, a cuyo poder confieren un fundamento divino. Es decir, no se hacen cargo de que, en condiciones modernas, el Estado no puede ser sino la expresión concentrada de la tecnociencia. Combaten el fuego con gasolina. El mismo gesto, en espejo, es repetido por los liberales: abrazan la tecnociencia y el mercado, pero desconfían del Estado.
El caso del 27/F se puede inscribir en este marco. Si bien no hay ningún científico medianamente serio que sostenga que los sismos se pueden predecir (en realidad, nada se puede predecir científicamente con total certeza), la superstición se traslada aquí a las tecnologías de prevención: a la alta dirección de la ONEMI y de otras organizaciones del Estado (y, un poco más allá, hasta la Presidencia de la República) las cuales, según la acusación, serían judicialmente responsables de la muerte de las 181 víctimas del terremoto y posterior tsunami. Por cierto, y sin ningún cinismo, se podría decir que la cantidad de víctimas fue menor de lo esperable ante un cataclismo de tal magnitud. Pero si además se analiza la actuación de los organismos involucrados, desde el Shoa hasta la ONEMI, lo que se encuentra, finalmente, es a un grupo de falibles seres humanos quienes, en pocos minutos, deben tomar decisiones en un ambiente de gran complejidad, a partir de información incompleta y a menudo contradictoria.
En un libro publicado en los años ’90 (Normal Accidents. Living with High-Risk Technologies), el sociólogo norteamericano Charles Perrow analizó detalladamente una decena de catástrofes vinculadas a la tecnología. Dos rápidas conclusiones se pueden extraer de su lectura. En primer lugar, en “tiempo real” (y en estos casos el tiempo es siempre real: distinto es cuando se ve escenas por la tele) las llamadas “fallas humanas” son normales: así, en el accidente del reactor nuclear en Three Mile Island (New Jersey,1979), los operadores del reactor no tuvieron más de 15 segundos para tomar decisiones que, más adelante, condicionarían todo el desarrollo del evento. Y, en segundo lugar, las mismas precauciones, al agregar complejidad a los sistemas, pueden ellas mismas dar lugar a accidentes (así habría sucedido en el caso de Chernobyl).
No se trata ciertamente de ignorar el dolor causado por la muerte y la destrucción. Pero, por tratarse un juicio de carácter político, es lícito preguntarse por la coherencia intelectual de sus promotores, la derecha chilena (de la coherencia de la izquierda, mejor ni hablar). A estas alturas, por cierto, la distinción neta entre liberales y conservadores se ha difuminado; sus contradicciones terminaron por revelarse como lo que eran, meros espejismos.
Perdida la antigua tensión ideológica, sólo se diferencian en la “cuestión valórica”, versión blanda, postmoderna, de sus antiguas diferencias. Coinciden en más mercado, más tecnología, estado “subsidiario”. Y nada malo hay en esto: a estas alturas, para un país pequeño como el nuestro, pretender sustraerse de la ola —el tsunami— de la globalización (otro nombre para la expansión de la Modernidad, es decir, del capitalismo) sería algo así como hacerse el harakiri (en rigor japonés: seppuku).
Esta derecha de ideas blandas, y de mano ocasionalmente dura es, en último término, crudamente pragmática: a la hora de la verdad cree en las encuestas y no en supersticiones. Pero, justamente por ello, está dispuesta a usarlas. Así, el juicio a los supuestos responsables de las muertes del 27/F constituye un intento de manipular los sentimientos de una teleaudiencia —¿ciudadanía?— ya condicionada a confiar supersticiosamente en los poderes de la tecnociencia y del Estado.
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