Columnas
16 de Mayo de 2012
Golborne: el político de la felicidad
Laurence Golborne, entrevistado el domingo en el programa Tolerancia Cero, al ser interrogado por su visión de país y prioridades, indicó que éstas eran: “que la gente sea feliz”. Basta acordarse de Voltaire, quien indicó que “buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una” o del también escritor francés Houellebecq, quien señala que “no hay que temerle a la felicidad: pues no existe”, para notar el problema en el que se encuentra el ministro-candidato.
Si alguien oficia de renovador de la política, lo mínimo, es honestidad sobre sus intenciones y claridad sobre sus ideas. Sobre todo si aspira, ni más ni menos, a la Presidencia de la República.
Lo anterior se hace más imperioso cuando el país se encuentra en un período de los más álgidos socialmente de los últimos años, con las instituciones devaluadas y la credibilidad del gobierno (del cual él es parte) altamente socavada. Más que el momento para responder con frases de manual aristotélico ramplón (Aristóteles indicaba que todo agente racional busca como fin último su propia felicidad) se necesita de quienes, legítimamente, quieren dirigir los destinos de la nación, que indiquen cuáles son aquellos grandes lineamientos que articularían su propuesta.
Tampoco se sortean con “pura buena onda, happy, happy” que implica suponer que la manipulación, generada por un marketing alimentado por recursos provenientes de la simpatía de los grupos económicos, haga olvidar a la población los problemas político-sociales reales. Se necesita una visión general de las reformas estructurales para una realidad cada vez más compleja.
Sumado a que la situación actual de nuestro país no se podrá disociar de la discusión internacional general sobre hasta dónde el sistema de democracia representativa, altamente minimalista en la participación, que Occidente consolidó y difundió desde fines de la Segunda Guerra Mundial y que fue de gran utilidad en la Guerra Fría, podría estar mostrando signos generales de agotamiento.
Esto último se notaría en al menos dos aspectos: primero, aumento de la desigualdad de modo creciente al ser el capital y no la industria el principal factor de enriquecimiento; segundo, colapso paulatino de las formas de gobernanza del liberalismo, a la Hayek, para responder a la creciente demanda de la ciudadanía por participación.
Eso requiere discutir hasta dónde la acumulación de poder en unos pocos puede terminar transformando a los ciudadanos en verdaderos súbditos contemporáneos, empoderamiento de asociaciones que pueden vigilar a las grandes corporaciones, descentralización, un Estado activo que controle la influencia de los grandes grupos económicos, mayor inclusión de distintas minorías, etc. Esos debates son hoy por hoy globales. Chile no se va poder substraer de modo simple de esos desafíos que implican una visión no cosista de la política ni de checklist de metas puntuales.
Tampoco se sortean con “pura buena onda, happy, happy” que implica suponer que la manipulación, generada por un marketing alimentado por recursos provenientes de la simpatía de los grupos económicos, haga olvidar a la población los problemas político-sociales reales. Se necesita una visión general de las reformas estructurales para una realidad cada vez más compleja.
Al final las sociedades, aunque algunos sueñen con hacerlas parecidas, no son un mall. Requieren líderes con proyectos, no filosofía simplona.
Toda la razón Montaigne: “Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis”.
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