Columnas
17 de Mayo de 2012
Transformemos la sociedad construyendo educación pública de excelencia
Como dejaron de manifiesto las movilizaciones del 2011, el modelo educacional chileno está sumergido en una profunda crisis estructural. Sus objetivos, metas y formas de financiamiento fueron diseñados para un momento histórico ya rebasado. Hoy, gran parte de la sociedad entiende que los sistemas educacionales —al igual que el sistema político, la cultura y los medios de comunicación, entre otros— son parte de una superestructura social, y por tanto, pueden servir como herramienta de reproducción o de transformación de un orden social determinado.
En la diversidad de regímenes en el mundo, los modelos educacionales han estado asociados a los mecanismos de consolidación del poder y a la estructura de acumulación. En Chile el caso del sistema universitario es un ejemplo ilustrativo. En el comienzo del sistema educativo se concibieron universidades para las élites nacionales que buscaban consolidar las clases dominantes y formarlas para poder gobernar; luego en el siglo XX se pasó paulatinamente a universidades con mayor inserción de masas que acompañaron los procesos de industrialización y el surgimiento del Estado de bienestar; después en la dictadura hasta la actualidad las universidades han acompañado los procesos de liberalización económica, con una masificación hacia lo privado y la generación de rentabilidad económica a partir de la educación-mercancía, esto con el fin de formar asalariados cualificados para la producción-circulación de mercancías y la reproducción de desigualdad, de castas sociales y de una ideología neoliberal dominante, basada en el individualismo, la competencia y el consumismo.
Gracias a las movilizaciones de los estudiantes, profesores, rectores, trabajadores de la educación y miles de familias chilenas, hemos vuelto a conmover al país y al mundo entero para poner en el centro del debate la necesidad de abordar la crisis estructural del sistema educativo y avanzar hacia una reforma integral de la educación chilena, que no tenga como norte perpetuar, mantener, profundizar o modernizar la sociedad actual, sino que transformarla por otra que ponga como eje central el desarrollo del ser humano en armonía con su entorno y no en la acumulación de capital en manos de unos pocos a costa de la depredación ecológica y la precarización de la vida de millones.
Hoy en día se habla de sociedades del conocimiento (para no decir economía del conocimiento), ligadas a la producción de servicios inmateriales, intensiva en saberes especializados, las cuales necesitan de universidades empresa, de fábricas de profesionales dispuestas de manera dinámica y rentable a cumplir con esa “labor social”. Lo que hemos visto con la educación, y en particular con las universidades, es que han estado asociadas a reproducir nuevas formas de capitalismo, más no a intentar construir otro tipo de sociedad.
Momento particular vivió Chile con el proceso de Reforma Universitaria de fines de los ’60, donde las transformaciones al interior de la universidad, guiadas por el deseo fundamental de construir una Universidad cuyo único norte fuera Chile y los intereses de su Pueblo, apostaban a una transformación social que, en sintonía con los movimientos campesinos y sindicales, lograron materializar el gobierno de la Unidad Popular en 1970. A su vez, apuntaba a que dicha transformación se realizara con la participación del conjunto de la comunidad universitaria, propugnando la generación de gobiernos universitarios triestamentales, en donde todos los estamentos construían en conjunto el devenir de la universidad.
Nuevamente hoy, gracias a las movilizaciones de los estudiantes, profesores, rectores, trabajadores de la educación y miles de familias chilenas, hemos vuelto a conmover al país y al mundo entero para poner en el centro del debate la necesidad de abordar la crisis estructural del sistema educativo y avanzar hacia una reforma integral de la educación chilena, que no tenga como norte perpetuar, mantener, profundizar o modernizar la sociedad actual, sino que transformarla por otra que ponga como eje central de desarrollo del ser humano en armonía con su entorno y no en la acumulación de capital en manos de unos pocos a costa de la depredación ecológica y la precarización de la vida de millones.
No ha sido menor que detrás de la demanda de fin al lucro en la educación se hayan levantado con mucha fuerza discursos y movimientos que apuntan a rechazar el modelo neoliberal y su lógica mercantilista en múltiples aspectos de la vida. En desmedro de eso, surgen propuestas que apuntan a la necesidad de una transformación profunda del modelo para construir una sociedad distinta a partir de lo público, de la recuperación de nuestra soberanía y estableciendo una relación de sustentabilidad con el medio ambiente.
El sistema educacional chileno no ha estado diseñado para alcanzar la sociedad democrática deseada, sino como un medio para adaptar y someter a los “ciudadanos” al orden establecido. La educación no ha sido utilizada como herramienta para el ejercicio de la democracia, donde los individuos aprendan a ejercer sus derechos y convivir en sociedad, sino para entender sus deberes en una sociedad jerárquica, patriarcal y además mercantilizada.
Tenemos hoy como gran desafío cambiar de manera colectiva el modelo patriarcal, tradicional y mercantil con el cual avanza nuestra sociedad.
En esta tarea la educación pública juega un rol fundamental y necesitamos pensarla con los ojos nuevos del siglo XXI. Necesitamos de una educación pública entendida como aquella democratizada en su acceso, tránsito y egreso para que toda la sociedad se vea representada y beneficiada de ella; educación pública para contar con espacios de encuentro común entre diferentes grupos sociales (étnicos, religiosos, territoriales, socioeconómicos, etc.); educación pública para terminar con la proliferación de lo privado y la lógica de maximización de las ganancias y de los intereses corporativos; educación pública para la democratización en la generación y distribución del conocimiento; educación pública para garantizar derechos humanos y sociales universales, generar riqueza para el desarrollo humano desde su perspectiva integral y para garantizar nuestra soberanía intelectual, política y económica; educación pública para que a los educandos no se les ayude a aprender a hacer, sino a aprender a aprender, aprender a convivir y especialmente a aprender a ser (*); educación pública para que los estudiantes no sean meros espectadores y repetidores de lo que se les enseña, que no terminen siendo pasivos ante el mundo, la naturaleza y la humanidad; educación pública que permita a profesores, estudiantes y trabajadores tener ganas de asistir a la escuela y a la universidad, de investigar en vez de memorizar, de cooperar en vez de competir, de crear en vez de repetir; Educación pública para pasar de la “educación control” a la educación al servicio de la liberación de cada uno(*) y la emancipación moral, intelectual y material de la sociedad toda y no solo de unos pocos.
En definitiva, no queremos formar más robots sin conciencia ni porvenir, con educadores y educandos que sean y acepten ser los objetos de una sociedad centrada en el rendimiento, la ganancia y lo superfluo. Si no superamos ese tipo de formación el resultado seguirá siendo seres humanos dóciles, manejados, automatizados, sin visión futura, capaces sólo de manipular a los demás, producir, vender y contentarse con la pseudo democracia (…) utilizando las instituciones no para ponerlas al servicio real de las necesidades apremiantes y relevantes de la sociedad, sino para aprovecharse de ella (*).
Educación para un nuevo Chile y un nuevo Chile para una nueva educación.
(*) Diesbach, Nicole. Prefacio al libro “Cambiar la educación para cambiar el mundo” de Claudio Naranjo. Editorial Cuarto Propio, 2007
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