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    Columnas

    22 de Mayo de 2012

    Obama, Lagos y la evolución moral

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    Periodista. Magíster en Comunicaciones y Educación PUC-Universidad Autónoma de Barcelona.

    El Presidente de EE.UU., Barack Obama, en una entrevista concedida a la cadena de televisión ABC se declaró recientemente a favor del matrimonio homosexual, mientras el ex Presidente chileno, Ricardo Lagos, entrevistado por el diario La Tercera, se abrió a la posibilidad de despenalizar el consumo de drogas. El primero, quien inicialmente rechazaba la posibilidad, dijo que ha tenido dicha evolución, en parte, debido a los argumentos y creencias de amigos homosexuales y conversaciones con su señora e hijas. El segundo ha explicado su punto afirmando que la guerra contra los estupefacientes se está perdiendo y hay que buscar nuevas alternativas de carácter supranacional.

    Aunque, por cierto, homosexualidad y uso de drogas no son comparables, sino sólo en tanto se trata de conductas que eran consideradas dañinas por la sociedad hasta hace pocos años, la apertura de líderes políticos destacados a “legalizarlas”, sea por “tolerancia” o “convicción”, las conecta en el tracto histórico de oscilación ética en cuanto “fracasos” del control social sobre aquellas. En la primera —más allá del derecho a la no discriminación— en muchos casos es sólo “tolerancia”, no simpatía, frente a una diversidad que para aquellos sigue fuera del marco de una ética social conveniente para la vida; en la segunda, la legalización se asume como estrategia para contener la drogadicción de manera más eficaz que la aplicada hasta ahora, siguiendo, por lo demás, el ejemplo del alcohol y la nicotina.

    Sea por evolución de perspectivas o por fracasos de ciertas normas en la contención de conductas consideradas perniciosas, el hecho es que las miradas se van modificando y la sociedad termina por aceptar los nuevos vientos. Por lo demás, la globalización tiende a relativizar valores que en el pasado —menos integrado e intercomunicado— eran más estables y compartidos.

    Ambos temas nos ubican pues, en un escenario moral vago, difuso, discutible, aunque novedoso, y es previsible que su puesta en la mesa nos lleve hacia otras polémicas pendientes en este ámbito: el aborto (terapéutico o no), eutanasia, eugenesia, clonación humana, vientres de alquiler, adopción por parejas homosexuales y en fin, toda esa gama de potenciales opciones que tiene la voluntad humana cuando surgen los medios, pues la evidencia muestra que cuando podemos, lo intentamos.

    La post modernidad, con todas sus implicancias en nuevas formas de democracia y participación cada vez más amplias, la explosión de derechos y libertades y la globalización económica con la consecuente expansión de los mercados, ha generado un mundo de oportunidades de información y conocimientos que está cambiando radicalmente costumbres hasta hace poco resguardadas por fronteras naturales o políticas, dado un intercambio cultural y moral sin barreras que antaño posibilitaban ordenes locales de más simple gestión.

    Estas nuevas condiciones son un desafío para las libertades específicas, si es que se las entiende como aquel conjunto de acciones y conductas que las personas pueden expresar con autonomía y sin restricciones, en el marco de un contrato previamente acordado por el conjunto social. Sin ese acuerdo, no hay libertades, sino libertinaje, y lo que rige no es la ley de la razón, sino la del más fuerte.

    Pero dicho orden es siempre mayoritario y difícilmente de consenso absoluto. De allí que hasta la propia Justicia —valor tan caro como la libertad, si se entiende como a cada quien lo suyo— sea tópico controvertible y que muchos de sus fallos, cuando opera institucionalmente, resulten polémicos. La Justicia requiere del poder y legitimidad que le otorga la mayoría que propuso y aprobó las leyes sobre las que los Tribunales basan sus sentencias, y de la potestad que emana de esa autoridad manifestada en la fuerza punitiva que el fallo tiene sobre las personas enjuiciadas. Como dijera Pascal, intentado definir su ámbito, la Justicia sin fuerza es impotente, la fuerza sin justicia es tiránica.

    En momentos de cambio, como el que vivimos, empero, muchas normas, leyes y costumbres se ponen en entredicho. Hace 30 años nadie habría apostado que dirigentes políticos relevantes darían su apoyo público al matrimonio entre personas de un mismo sexo o a legalizar el uso de drogas. Sea por evolución de perspectivas o por fracasos de ciertas normas en la contención de conductas consideradas perniciosas, el hecho es que las miradas se van modificando y la sociedad termina por aceptar los nuevos vientos. Por lo demás, la globalización tiende a relativizar valores que en el pasado —menos integrado e intercomunicado— eran más estables y compartidos.

    De esta forma, no obstante los cambios, habrá siempre quienes quieran mantener los antiguos cánones y defenderán su prerrogativa a hacerlo. En democracia, ellos tienen el justo derecho a que permanezcan incólumes las libertades y derechos que se lo permiten, especialmente si tienen la convicción moral que las modificaciones sobrevinientes son remedios peor que la enfermedad. En una sociedad libre, por lo demás, el hecho que una norma legalice ciertas conductas, no obliga, a quienes no participan de ellas, a practicarlas. Es decir, podemos hacer todo aquello que no esté expresamente prohibido por la ley.

    La democracia, gracias a estas características normativas, es un modo de gobierno cuya principal virtud es que permite la resolución pacífica de conflictos, aun cuando genere —siempre— mayorías y minorías. Así y todo, ambas son legítimas y quienes forman parte de ellas, mantienen sus plenos derechos individuales a conducir sus vidas con arreglo a sus creencias, sin ser enjuiciados por ello. Las minorías de hoy pueden ser las mayorías de mañana.

    En las actuales condiciones de intercambio de información, conocimiento y crecimiento humano, la evolución del pensamiento de cada cual, incluso hacia posturas que pudieran parecernos condenables, no sólo es inevitable, sino hasta conveniente para el progreso, porque es de la controversia que surgen los fundamentos que sustentan mejores decisiones.

    Tolerar la diversidad y/o legitimar ciertas libertades que pudieran parecernos non sanctas, es una conducta consistente con un nuevo mundo de ineludibles cruces culturales, éticos y morales, si es que queremos vivir en paz. Aunque con la sola condición indispensable que tolerar —no simpatizar— sea una práctica de todos y hacia todos y que quienes consigan socialmente una nueva libertad o derecho, no busquen luego imponer su logro al resto de los que desean mantener sus vidas en el marco de las virtudes tradicionales, aduciendo su cualidad mayoritaria, porque aquella también es circunstancial, si se tolera el derecho al sano desacuerdo de las  minorías contingentes.

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