Columnas
24 de Mayo de 2012
Presidenciables: el símbolo de los tiempos
Especialmente en países presidencialistas como Chile, el peso simbólico del cargo es alto. Esto no solo cuenta para el sentido de autoridad que fluye de ocupar tal posición; no se trata solo del aura de inmunidad y trascendencia que tanto pueda atraer a cualquier mortal. Se trata también del modo en que la ciudadanía se entiende a sí misma a través de la presidencia y de la política misma. Quiéralo uno o no, el ejercicio del cargo genera un discurso, un relato que totaliza la experiencia de ser parte de un grupo gobernado por alguien. La presidencia simboliza, y de tal modo une lo diverso bajo una construcción política de la identidad de un período histórico, y también une a los que están contra el tipo de simbolización que se proyecta con la presidencia.
Lagos, por ejemplo, pudo construirse como un símbolo de la nueva época que se iniciaba con el siglo XXI, una idea de república moderna caracterizada porque ‘sus instituciones funcionaban’, inserta en un mundo global, pero no sumisa ante él. El mayor símbolo de esto fue su negativa a la Guerra de Irak. Proyectó con eso el ‘orgullo de la independencia’, de chico aniñado que no se deja pasar a llevar por el big brother. La ‘República Independiente de Chile’ habrían dicho los sanmiguelinos de los sesenta. Pero al chico aniñado también se le teme y se le rechaza por su arrogancia. Eso preparó el camino para el Chile de sobremesa de domingo que Bachelet simbolizó, un diálogo igualitario y constante, pero sin mucha concreción.
Algunos de los aspirantes también tienen sintonías y lejanías con esta demanda simbólica. Longueira por cierto, pero le será difícil apartarse del discurso de Chacarillas. ¿Velasco?, si se quita un poco de Velasco de encima; lo mismo que Rincón; y Orrego, si alguna vez hace olvidar el zamarreo que le dio Lagos cuando fue su ministro.
Ya su sola elección nos convenció de lo bien que lo hacíamos en términos de equidad, especialmente de género; de que en este país cada uno podía hablar y cada uno sería escuchado. ‘Gobierno ciudadano’ nos decía la Presidenta. Proliferaron las mesas de diálogo y se abrieron las grandes alamedas que los pingüinos fueron los primeros en aprovechar, hasta que el Transantiago las llenó de filas esperando micros con ciudadanos hartos de las ‘ineficiencias concertacionistas’. Piñera leyó bien la transición simbólica: ‘Hemos hecho en 20 días lo que la Concertación no hizo en 20 años’. Eficiencia fue su marca, y por su historia, parecía el indicado para eso. A punta de letra chica ha lanzado un proyecto tras otro, y en todo el espectro político —lo reconozcan o no— fluye la sensación de que ha propuesto e incluso realizado más de lo que se esperaba. Pero se le vino encima el 2011 y su demanda simbólica por inclusión igualitaria generalizada, frente a la cual la eficiencia es demasiado técnica y fría, aunque pueda ser efectiva.
Frente a esa demanda simbólica de inclusión igualitaria generalizada, ¿qué presidenciable se alinea mejor? Bachelet se escucha al unísono en la mitad más uno. Pero el gobierno ciudadano funcionó en la conversación, no en las reformas concretas que se suponía se debían derivar de ella. Tanto no funcionó que a un año de dejar el cargo, el símbolo de la protesta se apoderó del país, y el gobierno ciudadano se significó como ‘un engaño’, o al menos como una estrategia para que todo siguiera como siempre. ¿Golborne?, está cerca, al menos en el gesto nureyeviano, al decir de Matthei. La pregunta es qué condiciones tiene para transformar el símbolo en facticidad, es decir, para satisfacer las demandas, porque ahora no se requiere solo escuchar, sino también hacer. Golborne funcionó ciertamente en el ámbito privado, pero le está prohibido vanagloriarse de eso pues gran parte de la demanda simbólica actual tiene como su opuesto el abuso privado.
Si no tiene cuidado, Golborne puede convertirse en lo antisimbólico, es decir, en lo diabólico que separa y disgrega. Allamand funciona al revés, desde la política a la gente. Consistente liberal en un país donde serlo implica recibir críticas constantes de derecha, izquierda y centro, se acercó en los desastres con la emoción suficiente y la eficacia necesaria. Pero carga la cruz de continuas derrotas electorales y de travesías por el desierto sin que haya sido necesario hacerlo tan públicamente.
Algunos de los aspirantes también tienen sintonías y lejanías con esta demanda simbólica. Longueira por cierto, pero le será difícil apartarse del discurso de Chacarillas. ¿Velasco?, si se quita un poco de Velasco de encima; lo mismo que Rincón; y Orrego, si alguna vez hace olvidar el zamarreo que le dio Lagos cuando fue su ministro. El próximo Presidente requiere no solo cercanía. Incluso esto es menos relevante que saber transformar la demanda simbólica en institucionalidad. En todo caso, les quedan dos años para lograr estar a la altura del símbolo de los tiempos.
º







El Huffington Post
La Tercera
Las Últimas Noticias
Diario Financiero
Términos & Condiciones
Ver Comentarios
Las opiniones vertidas en esta sección comentarios son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la línea editorial de El Mostrador.
Quienes entran a revisar y leer estos comentarios deben tener presente que, no obstante el esfuerzo permanente que realiza El Mostrador para que no ocurra, pueden encontrar expresiones ofensivas o groseras, proferidas por personas que no han respetado el ambiente de respeto y tolerancia que es consustancial a la línea editorial de El Mostrador.