Columnas
25 de Mayo de 2012
El caso tsunami y el estado de la política
Desde que vi por primera vez el video de la Onemi no me pareció que reflejara la flagrante falta de liderazgo, ineptitud e indecisión que hasta ahora se les intenta endilgar a las autoridades políticas presentes. Obviamente, me doy cuenta que mi opinión es minoritaria y por eso mismo la he sometido muchas veces al debate en la expectativa de cambiarla, aunque sin éxito.
A Bachelet se le ha criticado que se mostraba indecisa, dudaba y no daba órdenes claras. Al ministro Vidal se lo ha acusado de “estar durmiendo” o bien “hablar poco”, como si “hablar mucho” fuera sinónimo de hacer un aporte. A partir de críticas de este tipo da la impresión de que la gente hubiera esperado una reunión en que todos hablaran casi simultáneamente, sin dejar lugar a dudas ni vacilaciones, y, sobre todo, sin hacer preguntas ni reflexionar. Y que luego tomaran decisiones irrefutables y dieran órdenes taxativas.
A mi me parece, humildemente, que esto habría sido aún peor. Las peores reuniones son aquellas en que todos hablan precipitadamente, nadie se atreve a preguntar nada ni menos darse un tiempo para pensar y, en consecuencia, todos proponen ideas resolutivas y categóricas que al final chocan entre sí. Quizás esta actitud sirva para exhibir autoridad o, más probablemente, para sacar a relucir el ego, pero dudo que tengan mucha utilidad para enfrentar una catástrofe de este tipo. Aquí lo que se requería era más bien lo contrario: controlar el estrés, recoger la opinión de todos los expertos o especialistas, sopesar la información disponible y luego intentar definir el mejor curso de acción a seguir.
A estas alturas, es obvio que el juicio por las responsabilidades del tsunami debe seguir adelante, por respeto a las víctimas y a sus familiares, por respeto al país. Pero eso no me impide pensar que el show político que se ha montado al respecto es grotesco, tratando de presentar un error obviamente involuntario, producido a partir de información técnica errónea, como si fuera poco menos que un homicidio planificado.
Obviamente, la reunión falló de manera trágica en la decisión relativa al tsunami, que es el elemento central que ha suscitado el debate ulterior y que hoy se encuentra en los tribunales de justicia. Pero no me parece que este error fatal se debiera a una falta de liderazgo o indecisión. Por el contrario, buena parte de la discusión estuvo precisamente orientada a elucidar este punto, y el video muestra explícitamente el momento en que Bachelet cuestiona al Jefe del Estado Mayor Conjunto (general Le Dantec), para obtener seguridad de que no se producirá un tsunami.
Es obvio que la Presidenta tenía en mente las declaraciones del alcalde de Juan Fernández, así como otros testimonios, y dudaba. Ante esta disyuntiva, y bajo la presión enorme de decidir en un lapso muy estrecho, creo que el raciocinio de Bachelet fue racional y lógico, aún cuando a la postre se demostrara equivocado.
“Por un lado, tengo el Jefe del Estado Mayor que me asegura que no hay tsunami” debe haber pensado la Presidenta, “es la autoridad competente y posee la información de la Armada y del SHOA, que son los organismos especializados. El hombre tiene formación militar, ha sido entrenado para dar este tipo de diagnósticos bajo situaciones extremas, de hecho, una guerra. En añadidura, no se muestra dudoso ni en incertidumbre, por el contrario, completamente seguro de lo que está diciendo. ¿Cuáles son, por ende, las probabilidades de que esté equivocado? Muy bajas, más bien nulas”.
Y luego, considerando el otro lado de la balanza: “Es raro que haya algunos alcaldes que digan que hubo tsunami en sus zonas, pero quizás vieron olas grandes, y lo interpretaron como tsunami, hay que tomar en cuenta que deben estar sin luz, todo está muy oscuro, y el nerviosismo sin duda ha jugado un rol. Los alcaldes son autoridades electas, no especialistas, tal vez ni siquiera saben técnicamente lo que es un tsunami, quizás han visto algunas marejadas o subidas leves de la marea y han decidido dar la alerta”.
Pero es distinto que un alcalde alerte de un tsunami a que lo haga por televisión, y en directo, la primera autoridad del país, y Bachelet debe haber sopesado sin duda los riesgos de hacer una declaración de este tipo. Anunciar el riesgo de maremoto no es cualquier cosa, necesariamente iba a producir pánico, implicaría la evacuación de ciudades enteras, probablemente millones de habitantes. Es indudable que esto tendría costos, algunos accidentes o choques por lo menos, quizás muertes. ¿Era responsable que la Presidenta lo hiciera, aún en contra de la opinión del Jefe Militar encargado, amparada por reportes de algunos alcaldes?
Fatalmente, la respuesta era afirmativa, y el raciocinio correcto era el inverso al que debe haber seguido Bachelet. Es decir, que la Armada y el SHOA, que son las instituciones especializadas, estaban equivocadas, y los observadores ocasionales y no especializados, estaban en lo correcto. Pero esta conjunción improbable era muy difícil de prever, quizás imposible en verdad.
Más allá de estos raciocinios hipotéticos en todo caso, lo que sí me parece fuera de toda duda, es que ni Bachelet, ni ninguna de las autoridades presentes (incluidas las militares) tenía intención de ocultar el tsunami, ni menos aún de aumentar las víctimas de la tragedia. No opino esto porque sea partidario de Bachelet, de hecho, no soy particularmente asiduo a su figura, y menos aún me estoy frotando las manos a la espera de que vuelva al poder. Lo digo simplemente como un juicio objetivo, y estoy seguro que diría exactamente lo mismo si el gobierno hubiera sido de derecha.
Creo que el intento de obtener ventajas políticas a partir de cualquier cosa tiene un límite y este límite se traspasa cuando se intenta instrumentalizar una tragedia nacional simplemente para debilitar un adversario u obtener beneficios electorales. Tampoco me parece que esta práctica sea monopolio de la derecha, para nada, de hecho, creo que la Concertación la ha ocupado aún con mayor frecuencia. Por lo mismo me parece tan importante denunciarla, allí donde se produzca.
Se trata de una estrategia que puede dar resultados a corto plazo, y en apariencia cumplir sus objetivos, pero en el largo plazo devalúa profundamente el rol de la política. De hecho, creo que es una de las razones fundamentales por las cuales la ciudadanía se distancia cada vez más de la discusión pública, porque ve que son solo disputas competitivas con fines electorales, cada vez más divorciadas de una discusión real sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
A estas alturas, es obvio que el juicio por las responsabilidades del tsunami debe seguir adelante, por respecto a las víctimas y a sus familiares, por respeto al país. Pero eso no me impide pensar que el show político que se ha montado al respecto es grotesco, tratando de presentar un error obviamente involuntario, producido a partir de información técnica errónea, como si fuera poco menos que un homicidio planificado. No quiero decir con esto que haya que olvidar la dimensión humana de la tragedia, ni menos minimizar el dolor de las víctimas y sus familiares, sino por el contrario, que precisamente porque hay tantas vidas que se perdieron, resulta necesario ser extremadamente cuidadoso con el tratamiento político y mediático que se haga del tema.
Por último, una reflexión en torno a la tan cuestionada figura de los políticos en la actualidad. Es evidente que no se trata de los personajes más valorados del momento y que en muchos casos resulta incluso popular denostarlos abiertamente. Sin embargo, también es necesario reconocer que, en este caso, mientras la mayoría de los chilenos estaba en sus casas, tratando de recobrar la calma o proteger a su familia, los miembros del gabinete que ahora están imputados, se encontraban rumbo a la oficina de la Onemi, para imponerse de la situación y tratar de enfrentar de mejor manera la catástrofe. Por cumplir esta responsabilidad, de la mejor manera que pudieron, ahora están sometidos a juicio, y en la mira de todo un país.
Es fácil que la labor pública brille más por los errores y las equivocaciones que por los aciertos, pero alguien tiene que hacerla, y no son tantos los que están dispuestos. Por eso que es tan importante revalorizar el servicio público, tratar de mejorarlo constantemente y, sobre todo, reconocer que resulta imprescindible para organizarnos y desarrollarnos como sociedad.
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